miércoles, 19 de diciembre de 2007

One Step Back (y 5)


Por seguir la serie de entradas anteriores sobre la exposición Durero/Cranach, le ha llegado el turno, como no podía ser menos, al paradigma de la idea que anima esta exposición, el cómo toda una generación de artistas de gran talento se vio afectada por las novedades del renacimiento Italiano y sus intentos para mantener una personalidad propia, sin convertirse en meros copistas de las tendencias de moda. Una lucha en que los caminos adoptados fueron tan variados como las propias personalidades de estos artistas, desde el intento de convertir el renacimiento Italiano en un renacimiento alemán, como sería el caso de Durero, hasta el rechazo completo y rotundo de esas soluciones, aunque se las conociera perfectamente y se fuera capaz de replicarlas, como sería el caso de Mathias Grünewald.

Un artista que, en más de un aspecto es excepcional, paradójico. En primer lugar porque una personalidad de primera magnitud como la suya nos es conocida, no por por su nombre auténtico, Mathias Gothard Nithard, si no por el nombre erróneo que un cronista de siglos más tarde le atribuyera. Un detalle que apunta a un pintor provinciano, alejado de los centros culturales de importancia, y que, debido a ese mismo aislamiento, falto del conocimiento de lo que se llevaba en ese momento, no debía haber pasado de artista de segunda y tercera fila.... y por hacer un inciso, no resulta menos curioso, que ese aislamiento y ese provincianismo, ése estar fuera y alejado, siga siendo una constante actual de su arte, puesto que aquel que quiera gozarlo no debe ir a las grandes instituciones artísticas, sino a Colmar, una ciudad de provincias francesa, donde se guarda lo mejor de uno de los grandes artistas alemanes.

Pero la mayor de las contradicciones es una que constituye uno de los mayores problemas no resueltos (o que no se quiere resolver) del arte actual, puesto que suponemos instintivamente, que el artista genial, tiene que ser también revolucionario, o al menos vanguardista, mientras que en el caso de Grünewald, tenemos a un pintor genial, en el sentido de que su obra es distinta a todo lo que se hacía en su tiempo, pero que no es revolucionario, ni vanguardista, si no que utiliza un lenguaje y unos postulados artísticos, que nosotros hubiéramos calificado de conservadores y reaccionarios... por no llamarlos directamente repetitivos, faltos de originalidad, callejón sin salida.

Quizás sea ahí donde radique la originalidad, lo revolucionario de Grünewald, ese radicalismo y esa fiereza que también sabrían reconocer y admirar los expresionistas alemanes del XX. Simplemente Grünewald decidió ignorar las rutas que llevaban al futuro, a pesar de conocerlas y de saber como utilizarlas. Voluntariamente prefirió el callejón sin salida, el ser antiguo, el cultivar las formas caducas, y precisamente con ello, consiguió distinguirse y superar a todos sus contemporáneos, incluyendo a Durero, convertirse en el que resulta más cercano a nuestra sensibilidad actual, que detesta lo clásico, el equilibrio, el ideal y la belleza, y ama el desarreglo, la asimetría, la fealdad y la crueldad.

Sin embargo, hay otra lección aún más importante.

El hecho, comprobado cada día de que toda crítica artística no es más que un intento de hacer encajar a martillazos, un hecho complejo, multiforme y en sí, indefinible, en unas cajitas prefabricadas y confeccionadas de acuerdo con la moda del momento, y que en unos años, en unos meses quizá, serán completamente prescindibles, más aún, habrán sido completamente olvidadas, esas clasificaciones definitivas, como si nunca hubieran existido.... al igual que los artistas que la moda del momento haya elegido ensalzar.

O lo que es lo mismo, que toda crítica de arte es inútil y ociosa, puesto que roba el tiempo que debería utilizar en disfrutar de ese mismo arte, y como el ruido, solo sirve para confundir tanto al artista como al espectador.