viernes, 28 de diciembre de 2007

A little white cat (y 3)

Me duele escribir sobre esto:lo ucraniano y lo ruso se unen en mi sangre en mi corazón, en mis pensamientos. Pero mi dilatada experiencia en el trato amistoso con los ucranianos de los campos me reveló como les dolía a ellos. Nuestra generación no podrá evitar el pago de los errores de nuestros mayores.

Estampar el pie en el suelo y gritar "¡Esto es mío!" es el camino más sencillo. Incomparablemente más difícil es pronunciar ¡El que quiera vivir que viva!. Por asombroso que parezca, no se hicieron realidad las predicciones de la doctrina progresista en el sentido de que el nacionalismo se marchitaría. En el siglo del átomo y la cibernética, no se sabe porqué, ha florecido. Y nos llega la hora, nos guste o no nos guste, de pagar todos los pagarés de la autodeterminación y de la independencia, y debemos pagarlos por iniciativa propia y no esperar a que nos quemen en las hogueras, nos ahogen en los ríos o nos degüellen. Debemos demostrar que nuestra nación es grande no por la enorme extensión del territorio, ni por el número de pueblos sometidos a nuestra tutela, sino por la grandeza de nuestros actos. Y por la profundidad con que labraremos lo que nos quede de tierra una vez descontadas aquellas que no quieren vivir con nosotros.

Con Ucrania, será extraordinariamente doloroso. Pero hay que hacerse cargo de lo caldeados que están ahora sus ánimos. Ya que no se ha arreglado en el transcurso de los siglos, ahora nos toca a nosotros mostrar cordura. Estamos obligados a que sean ellos los que decidan, que sean los federalistas y los separatistas, a ver quien convence a quien. No ceder sería una locura y una crueldad. Y cuanto más suaves seamos, cuanto más pacientes nos mostremos, cuantas más explicaciones demos ahora, más esperanzas habrá de restablecer la unidad en el futuro.


Siguiendo con la lectura de Archipielago Gulag de Alexander Soljenitsin (aquí pueden leerse las entradas anteriores), este párrafo me ha hecho meditar, concretamente, en la situación actual de mi país, a pesar de lo alejados que estamos de Rusia y lo distinta que es nuestra historia de la suya.

Porque lo que Soljenitisin intenta poner de manifiesto es que el rigor (por llamarlo de alguna manera) sin sentido con que el estalinismo se aplicó en Ucrania al final sólo sirvió para consagrar la separación irreparable entre ambos pueblos. No hay que olvidar que ese rigor parecía propio de una venganza personal del dictador contra ese país, puesto que se manifestó en un intento de destruir todo lo ucraniano y casi de eliminar a los ucranianos, según la interpretación que demos a las hambrunas inducidas por la colectivización. De esa manera, en cuanto llegaron gobernantes más tolerantes y dialogantes, que permitieron que las opiniones políticas se expresaran libremente, fue imposible detener el proceso que llevó a la división de lo que había estado unido durante siglos... llegando a la durísima paradoja para los rusos de que la capital del reino medieval que consideran como el origen de su patria, el reino Rus fundado por los varegos suecos (¡otra paradoja histórica!), sea ni más ni menos que Kiev, la actual capital de Ucrania.

O por enlazarlo con mi tierra natal, aunque las cosas no llegaran al grado de exasperación que el soviético, de como la imposición a la fuerza por parte del régimen de Franco de una España monolítica e indivisible, eliminando, exiliando o represaliando a quien se atreviese a disentir en lo más mínimo, sólo sirvió para destruir cualquier lazo que pudiera unir a los hablantes de las diferentes lenguas ibéricas, eliminado cualquier sigo que pudiera hacernos pensar que existía una entidad superior, España, por llamarla de alguna manera, donde todos tuviéramos cabida.

En mi opinión, es inevitable que un futuro cercano, el País Vasco y Cataluña acaben por declararse independientes. Existe, por así decirlo, una especie de inercia política, un magnetismo irresistible que hace orientarse todo el sistema político hacia ese punto, y ante el que nada, ni la concesión de un grado mayor de competencias por parte del estado central, ni por supuesto, el golpe sobre la mesa y aquí se ha acabado todo, que pretenden algunos insensatos, servirá para evitarlo.

Y todo esto, esa especie de necesidad histórica que decían los marxistas, en mi opinión no obedece a otra razón que la mostrada por el pasaje de Soljenitsin. Franco, en su obsesión por salvar su idea de España, imponiéndola de buen o mal grado en el resto de la población, no hizo otra cosa que matar en las mentes de la mitad de la población el concepto que realmente importaba, el de España como casa común de todos los habitantes de la península ibérica, inculcando por el contrario el de España como madrastra, que abjuraba de sus hijos y los maltrataba.

Una educación a palos que convirtió así a la mitad de los españoles en apátridas dentro de su propio país, en personas crecidas sin sentimiento nacional, un sentimiento que parece inseparable, consustancial a todos los habitantes del planeta, simplemente porque ese sentimiento era propiedad exclusiva de una única ideología... cosa que en cierto modo aún sigue ocurriendo, para nuestra desgracia.

Así, ante ese vacío, similar al que queda cuando se pierde la fe religiosa, muchos corrieron a abrazar el sentimiento nacional alternativo que existía en sus tierras, y que, independientemente del color, rojo o azul, que tuviera, se estimaba opuesto a la dictadura totalitaria que les oprimía, y por lo tanto parecía noble, digno de ser abrazado, a pesar de las acciones y decisiones que tomara, en muchos aspectos similares a las de ese totalitarismo padre y madre.

Simplemente porque ese vacío anímico que supone ser un apátrida es insoportable, casi tanto como es el vacío que supone la perdida de la fe, y que sólo unas cuantas almas fuertes son capaces de soportar, puesto que implica que no hay una solución para el mundo, que no hay un plan maestro que al final vaya a solucionar todo, sea en otro mundo, como es el caso de la religión, o en este, como es el caso del nacionalismo.

Un vacío, que provoca que se construyan religiones y naciones substitutivas, dando lugar al espectáculo lamentable, de aquellos que, habiéndose librado del yugo de religiones universales y de imperios no menos universales, corren a los brazos de curanderos y adivinos, o de sueños esencialistas reducidos al valle de un río, a una aldea, al patio de una casa.

Mientras que yo, doblemente desengañado, persisto en mi ateísmo y en mi falta de raíces.