viernes, 7 de diciembre de 2007

A little white cat (y 1)

Durante estos días estoy leyendo el tercer volumen de la edición española de Archipielago Gulag de Alexander Soljenitsin, que contiene los libros cinco y seis de la obra. Un volumen que ha sido editado más de dos años después de los dos primeros (en verano y otoño del 2005), y que yo desesperaba de ver editado.

Como siempre la lectura de esas páginas, de lo que suponen, me impresiona y conmueve profundamente, ya detallaré el porqué, y esta entrada iba en principio a ser una sola, dedicada a un detalle increíble, especialmente para nuestro ambiente cultural de ahora mismo, pero en el tiempo en que iba escribiendo otras anotaciones en este blog, progresaba con la lectura, y el enfoque, las conclusiones, mi imagen mental, iba cambiando a medida que Soljenitsin añadía pincelada tras pincelada a ese universo inabarcable que era el Gulag, y del que esta obra inmensa sólo es un pálido reflejo.

Unas pinceladas y detalles, que contradecían lo que tenía pensado decir, pero al mismo tiempo lo corroboraban, si eso es posible. Por ello, no he tenido más remedio que convertir esa anotación única, perdida entre otras muchas, en toda una serie, no demasiado larga, espero....

Pero antes de comentar ese detalle que me impresionó tengo que retrotraerme a mediados de los años 80, cuando leí por primera vez los dos primeros libros de Archipielago Gulag, hacer un poco de historia, rememorar quién era yo, qué pensaba, como se veía esa obra en ese mundo de mi juventud, un mundo tan distinto al actual, que parece pertenecer a un universo paralelo, sin conexión con éste, una mentira imaginada por algún novelista barato, algo de lo que reírse, o por lo que aburrirse, como ocurre con las historias de viejo.

Porque en aquellos tiempos, la URSS, ese sistema cuyo horror y cuya abyección nos narra Soljenitsin, era aún el modelo soñado, el ensayo general del paraíso al que mirábamos muchos con esperanza y emoción, con anticipación, ansiando el momento en que la revolución habría de barrer nuestras estructuras anquilosadas e instaurar el único sistema justo, noble y necesario que habría de perdurar para siempre.

Un tiempo donde, nadie pensaba de otra manera, el sistema americano, occidental, se veía como débil, podrido hasta los cimientos, a punto de derrumbarse en cualquier momento, ante nuestros ojos regocijados, mientras que el sistema soviético, se veía como una roca indestructible, una máquina imparable, que país tras país iba liberando el mundo, entre las aclamaciones de los pueblos.

Es posible imaginar entonces el asombro, la estupefacción entre amigos y enemigos, cuando en 1989 el imperio soviético, las naciones hermanas que decía la propaganda, se sacudieran el yugo, y en 1991 fuera la propia patria del socialismo la que se hundiera sobre sí misma, mostrando al mundo que era un auténtico tigre de papel, mientras que el resto de los regímenes ideológicamente afines, excepto excepciones, emprendían un largo camino hasta configurarse como dictaduras y autocracias tradicionales, donde la ideología, los altos ideales que servían de propaganda para dignificar esos sistemas se convertían en el conocido you are what you earn, sin que ni siquiera intentasen disimularlo.

Todo esto, sin contar que al caer estos regímenes, al desaparecer los aparatos del poder, el control sobre la cultura y la opinión, las eficaces máquinas de propaganda, mostraban sin posibilidad de duda, lo que Soljenitsin ya nos había narrado en Archipielago Gulag, lo que muchos otros artistas de esos países nos habían narrado de manera críptica, que no eran otra cosa que inmensas cárceles, que nunca habían sido lugares donde la humanidad hallase su destino y sentido, o donde se construyese el paraíso en la tierra.

Puede con ello imaginarse el agudo dolor que yo sentía al leer esas páginas en los 80, al comparar la realidad que narraba Soljenitsin con los sueños, con la esperanza, con la fe que había sido inculcada en mí por mis padres y mis abuelos, y que aún entonces constituía una experiencia común de la izquierda. Una lectura que constituía una especie de piedra de toque, puesto que muchos, a pesar de tener enfrente la evidencia, la negaban, cerraban su inteligencia, prefiriendo la mentira que amaban a la realidad que les robaba su raison d'être.

Mientras que otros como yo, hablábamos de excesos, de desviaciones, de como la idea inicial de la revolución, esa idea sobrehumana, inmaculada, perfecta e incorruptible, había sido traicionada y destruida por unos cuantos malvados, que se habían adueñado del movimiento... en una ingenuidad semejante a la de tantos y tantos revolucionarios y no revolucionarios rusos, mencheviques, socialistas revolucionarios, etc, etc, que acabaron siendo devorados y aniquilados por los engranajes del mismo sistema que habían contribuido a construir con tanto entusiasmo u mayores sacrificios.

Un sistema que llevaba en su seno, desde su concepción, el germen de los horrores futuros.

Pero la imagen queda incompleta. Puesto que aquellos tiempos, además, eran los de la guerra fría. Un tiempo cuyo horror sobrehumano empieza a ser ya incomunicable para las generaciones jóvenes, como lo es cualquier cosa que se experimenta con las vísceras.

Porque aquel era un tiempo en que todos estábamos seguros de que una tercera guerra mundial estallaría inevitablemente, el día en que menos los esperáramos. Una guerra que sería nuclear y en la cual el primer objetivo de cualquiera de los bloques sería exterminar a la población del bando contrario, sin titubeos, sin reparos de conciencia, sin pensar en la propia población, sólo en que que quedase un mínimo que permitiese recuperarse en 20, 50 cien años.

Un conflicto que todos sabíamos, incluso aquellos que jugaban con porcentajes y probabilidades buscando predecir su curso, que sería corto, que acabaría con la humanidad, y en el que más valdría morir en el primer blast, que no agonizar desesperados en los días sucesivos.

Un destino seguro que hacía que mi juventud fuera la de un perpetuo desengañado. Yo, al contrario, que el resto de la humanidad que me precediera, sabía como iba a morir. No sabía cuando, pero sabía que sería pronto, con lo que no ténía ningún sentido hacer planes de futuro, mejor dicho, hiciera lo que hiciera, no era más que una ficción, algo con lo que entretener el tiempo hasta que nuestros generales y nuestros políticos decidieran apretar el botón.

Además, como persona que vivía al lado de una base de los EEUU, (la extinta de Torrejón en Madrid), los que me iban a convertir en polvo radioactivo el primer día de la guerra, iban a ser los míos, aquellos que decían estar construyendo el paraíso sobre la tierra, pero que cuando lanzasen los misiles, no pensarían en las ideas o las aspiraciones de lo que iban a desaparecer, solo que había un millón, dos, tres, menos de enemigos en el bando contrario.

Y así ocurría que, en la habitación donde estudiaba, sabía de qué dirección vendría el destello de la explosión y que si daba la casualidad de estar mirando hacia allí en ese instante, me quedaría instantáneamente ciego. También sabía el tiempo que tardaría en llegar la onda expansiva, los segundos que me restarían de vida, hasta que el aire ardiente me carbonizase, los cristales de las ventanas me traspasasen, el edificio entero se desplomase sobre mí.

Y así soñaba con el hongo atómico elevándose sobre mi ciudad, e incluso, para exorcisarlo, le escribía versos.

Como se hace con una enamorada de la que se ansía el encuentro.