lunes, 14 de enero de 2008

Out of the sands

..pero el poder, el castigo y la gran ira ardiente a manos de todos los Ángeles de la Destrucción hacia aquellos que huyen y aborrecen los Preceptos. Porque no quedará de ellos restos ni supervivientes. Porque desde el principio, Dios no les eligió, porque Él supo de sus acciones antes de que fueran creados y Él odió a sus generaciones y Él hurtó Su faz de Su tierra hasta que fueran consumidos. Porque Él supo el año de su llegada y de la exacta duración de su tiempo durante todas las eras venideras y toda la eternidad. Y Él Supo de los sucesos de sus tiempos durante años perpetuos.... y Él condujo a la perdición a aquellos a quienes odió.

Manuscritos del Mar Muerto, El Documento de Damasco, Columna II, lineas 1 al15


No creo que haya alguien que no haya oído hablar de los manuscritos del mar Muerto. No tanto por su importancia histórica, fundamentales para la historia de las religiones, si no por el circo esotérico que se ha montado en torno a sus contenidos, puesto que se ha llegado a hablar de conspiraciones para mantener en secreto unas profecías que desvelaban el fin del mundo y/o destruían el cristianismo tal y como lo conocemos. Unas leyendas y rumores sin ningún fundamento y que sólo alcanzaron cierto crédito por el secretismo con que el equipo investigador desarrollaba su trabajo. Un secretismo que llegó al extremo de no querer hacer pública la lista de documentos descubiertos, y que sólo se debía a desidia y falta de interés, como muestra el hecho de que una vez nombrado un nuevo equipo en los 90, en apenas cinco años se publicaran estos documentos casi en su totalidad.

Como es el caso de la edición que estoy leyendo ahora, una traducción de estos documentos al ingles, partiendo de las fuentes originales, con una magnífica introducción, tanto sobre la historia del descubrimiento de estos documentos, como de la comunidad que nos los legase; y también con todos los problemas que un hallazgo arqueológico de este tipo presenta, que el hecho de trabajar con fragmentos dispares de un mismo documento, obliga a que cualquier reconstrucción sea un compuesto de diferentes fuentes, con sus correspondientes interpolaciones para dar algún sentido al todo. Una tarea que siempre es tentativa, exploratoria, y que por tanto tiene que estar apoyada por argumentos muy sólidos y que por esa misma naturaleza fragmentaria está perpetuamente sometida a crítica y revisión... sin contar claro está, con que los diferentes fragmentos pueden pertenecer a diferentes versiones/variantes del documento y esa variedad tiene que ser conservada en la reconstrucción, puesto que un pequeño matiz puede modificar toda la compresión del mismo.

Aunque los documentos son fascinantes por muchos motivos, hay dos que me gustaría destacar aquí, por una parte, la relación con fuentes externas, sea clásicas o cristianas, y por otra, por decirlo de alguna manera, la visión que nos da sobre el fanatismo. Una idea que nunca, hasta leer los documentos, se me habría ocurrido asociar con los esenios y Qumrán.

En efecto, según coinciden la mayoría de expertos, la comunidad que se refugió en Qumrán y que oculto sus libros sagrados en las cuevas próximas al mar muerto, eran ni más ni menos que unos viejos conocidos de los estudiosos de la antigüedad, los Esenios, descritos por Plinio y Flavio Josefo, más o menos en la misma época, en el último cuarto del siglo I, pero que existían desde mucho antes, desde el siglo II a.C, cuando los hebreos iniciaron una guerra civil y de liberación contra los soberanos seleúcidas, representantes del helenismo en Asia y contra los judíos que se habían dejado seducir por la cultura griega y abandonado la suya. Una guerra contra el enemigo externo e interno, liderada por la familia de los Macabeos, que fue al mismo tiempo civil y de independencia, política y religiosa, y que por tanto, llevó a intentar el exterminio físico de los del otro bando, especialmente de los judíos rebeldes y traidores, y que condujo al establecimiento de una teocracia hebrea en Palestina... y al nacimiento de un judaísmo que veía a Dios protegiendo sus ejércitos, algo que sería crucial en la catastrófica rebelión contra los romanos del año 70 y que desencadenaría la diáspora hebrea por todo el mundo.

En este mundo de opuesto, judios contra gentiles, y dentro de los judíos, filisteos, saduceos y zelotas unos contra otros, los esenios eran una facción más, un grupo aislado y convencido de su justicia y su victoria final, pero, curiosamente, un grupo con muy buena prensa según coinciden los testimonios externos, Plinio y Josefo, que nos han llegado. Un grupo que destaca por su pureza, su férrea adhesión a sus principios, su bondad proverbial y por su desapego de los bienes y glorias de este mundo. Casi como unos cristianos antes de tiempo, una interpretación que ha enturbiado durante mucho tiempo la visión y la interpretación de estos esenios.

En efecto, se ha hablado mucho de las relaciones del cristianismo y del esenismo, subrayándose las semejanzas entre el mítico maestro de justicia que fundara la comunidad esenia y la figura de Cristo, e incluso se aventuró que algunos fragmentos en griego de los manuscritos no eran sino versiones de los evangelios, como si los esenios y los cristianos fueran la misma cosa. Algo que tiene parte de verdad pero que es absolutamente falso.

¿Porque digo que es falso? Basta con pensar en la relación entre los esenios descritos por Plinio y Josefo, con los esenios que nos descubren los manuscritos. Se parecen mucho, pero al mismo tiempo hay graves omisiones y divergencias, las que esperaríamos de alguien que describe algo que no entiende completamente, el caso de Plinio, o al que la comunidad estudiada le oculta información, como le debió ocurrir al fariseo Josefo con los Esenios. De la misma manera, el cristianismo, el judaísmo rabínico que se desarrollo en la misma época y la mismo tiempo que el cristianismo, y el esenismo tienen todos un aire de familia. Cualquier cristiano, o simplemente cualquiera persona acostumbrada a leer la biblia, descubrirá un aire de familia en los manuscritos del mar muerto. Todos comparten el mismo estilo seco y sentencioso, parten de un mismo substrato cultural, el judaísmo del segundo templo, y se escriben en aproximadamente la misma época. de manera que las imágenes y los conceptos no pueden por menos que repetirse. Así, por ejemplo, muchos pasajes de los manuscritos parecen calcados del apocalipsis de San Juan (estrictamente sería al revés, pero sirve para señalar esas fuentes comunes de las que todos beben)

Pero ahí se acaban las coincidencias. Lo que es sorprendente, y para mí ha constituido una especie de shock, es como estos manuscritos del mar muerto se ocupan de demoler la buena prensa de los esenios y los convierten en unos fanáticos religiosos. El judaísmo del segundo Templo era ya bastante excluyente, producto de esa doble guerra contra el helenismo exterior y los judíos seducidos por la cultura griega. Una religión cuyo objetivo primero era purificar al pueblo de todo que no fuera tradición judía y rechazaba todo lo exterior, nuevo o simplemente distinto.

En el caso de los esenios esta ansia por la pureza se radicaliza aún más. Ellos son una escisión de una religión ya estricta, con lo cual se tornan aún más estrictos. No les basta con aplicar las leyes de la Torah, quieren ir más allá, legislando sobre cualquier punto obscuro y por supuesto tomando la vía más radical. Un extremismo que se refleja también en los castigos aplicados a los transgresores, que por la más mínima falta, son apartados de la comunidad por años enteros, negándoles la comida y la bebida, e incluso apartados a perpetuidad si reinciden, sin posibilidad de ser aceptados de nuevos, y con la amenaza de un castigo similar a todo el que les ayude.

Un fanatismo y un radicalismo que penetra toda la concepción que tienen de sí mismo. En efecto, ellos se ven como un grupo pequeño, reducido, mínimo, los únicos puros en un mundo diabólico. Gentes de continuo amenazados por los poderes del mal y en perpetua guerra contra él, en un mundo del que Dios había apartado el rostro. Una situación de la que serán salvados tras una guerra apocalíptica de cuarenta años de duración, en la que los esenios combatirán al mundo entero, enviado a Qumrán para aplastar a las fuerzas de la luz, y en la que el poder de Dios dará la victoria a los esenios y exterminará sin compasión al resto de la paz, tras lo cual reinará el paraíso y la felicidad eterna, pero sólo para esos muy pocos, apenas unos miles entre millones, que nunca cedieron en su fe.

Una concepción, propia de fanáticos e intolerantes y que, debido a ese substrato común que todas las variantes judeocristianas compartieron en su origen, aparecerá una y otra vez en la historia del cristianismo, como una maldición, un pecado original, que le llevase a negar una y otra vez su esencia, esa de la igualdad y la universalidad.

Para terminar, curiosamente, en el año 70, cuando los judíos se rebelasen contra los romanos, tendría lugar ese apocalipsis con el que soñaban los esenios, las fuerzas del mundo, las poderosas legiones romanas, reclutadas en todo el Imperio, atacaron Qumrán, antes de emprender el asedio de Jerusalén.

Ningún ejército divino vino a socorrer a los puros.