martes, 22 de enero de 2008

Doodles


Hay importantes que pasan sin pena ni gloria, esas que no reciben las visitas de reyes o presidentes, ni son noticia en los telediarios, ni por supuesto, suponen hitos trascendentales en la historia de vetustas instituciones. Esto, por supuesto, no tiene que ver con su calidad o su importancia real, como es el caso de la exposición de Caligrafía Otomana abierta ahora mismo en la Academia de Bellas Artes de Madrid.


Una exposición que quizás haya que ser algo especial para disfrutarla. Entiéndase bien esto que digo, nos encontramos ante fragmentos escritos en un alfabeto, el árabe, ilegible para un occidental, y además, guardando una lengua, el turco, que tampoco es aquella para la que el alfabeto fue diseñado. Una doble adaptación que se nos escapa completamente, como se nos escapa el sentido de los textos escritos, la posible adecuación de las soluciones caligráficas a ese material o los sentimientos básicos que un espectador de ese ámbito culturar pueda experimentar sólo con ver estas muestras.


Y es que lo de especial viene a que la visión de estos escritos ininteligibles me provoca unos sentimientos muy particulares. El recuerdo de los tiempos en que era joven casi un niño, a primeros de los 80, y, sin saber nada de inglés, escuchaba las canciones producida al otro lado del canal, y al otro lado del charco. Una experiencia compartida por toda mi generación, en la que nos veíamos forzados a juzgar las canciones, no por lo que decían, si no por el modo en que estaban compuestas e interpretadas. Una experiencia en la que la forma era lo decisivo, mientras que el fondo, era algo que se conocía después, en traducción, y quedaba siempre un tanto desconectado, ajeno y extraño a la canción que acabábamos de escuchar.


O como ser formalista sin saber siquiera que la palabra existía.


Una experiencia y una forma de sentir, que son los que tengo que utilizar a la hora de disfrutar y juzgar esta exposición, por las razones que ya había expuesto. Una modo de conocimiento, que no deja de ser enriquecedor, puesto que al dejar de lado ese contenido y no intentar comprenderlo, convirtiéndolo en algo accesorio, se centra uno mejor en la expresión, pura, en el fondo, la manera y las diferencias. Algo que debió ser comprendido también por estos calígrafos, ya que ellos, en muchos casos, se limitaban a copiar textos ya establecidos, siempre los mismos, con lo que la única forma de distinguirse, era precisamente jugar con esa forma caligráfica, dejar su impronta personal en las palabras escritas y pensadas por otros.


Un camino de libertad, podríamos pensar, seducidos por el aspecto de garabato de las letras árabes. Algo cierto sólo en parte, puesto que esa aparente soltura, esas curvas que parecen surgir de un movimiento al azar del pincel, son producto de una disciplina durísima. Para demostrarlo, la muestra incluye libros de ejercicios, mejor dicho, muestras que los alumnos debían copiar exactamente, y a las que se han añadido una serie de símbolos y pautas para guiar al caligrafista novel.


¿En que consisten estas pautas? Como digo, las letras árabes parecen simples garabatos al occidental, trazados al buen tuntún. Sin embargo, antes de escribir cualquiera de ellas, el aprendiz debía de escribir una serie de líneas inclinadas paralelas y entre ellas, un serie de pequeños círculos. Las líneas servían de escalones para los tramos rectos de los caracteres, de forma que estos se espaciasen regularmente, mientras que el número de los círculos indicaba la amplitud del bucle, o mejor dicho, el espacio que la pluma debía quedarse en esa línea.


De esta manera, cada carácter podía ser reproducido de manera exacta y la simple variación del espacio entre las líneas, su ángulo de inclinación, y el número de círculos, permitía saltar de un estilo de letra a otro de manera casi automático. Un método de enseñanza realmente sencillo y elegante, que servía de andamio al aprendiz, hasta que este era ya lo suficientemente diestro como para poder prescindir de él.


Un instante en el que ya podía inventar y jugar con toda libertad, o al menos la libertad que se le tolerase, para conseguir maravillas como las expuestas en esta exposición. Los textos especulares, donde una frase, escrita en el lado derecho de una hoja, es reproducida en el lado izquierdo, como si reflejase en un espejo. Las largas líneas donde los trazos que se solapan, lo hacen imbricándose, como si se hubiera cortado un ojal en uno de ellos con unas tijeras, y se hubiera hecho pasar el otro por allí.


O El ejemplo más bello, similar a aquel con el que encabezo esta entrada. Donde una frase se inscribe en un pentágono, repetida cinco veces y cada una de ellas desciende en espiral hacia el centro, enroscándose con las otras.


Una belleza de un tipo en la que, como digo, no es necesario conocer el contenido. Más aún, conocer el contenido nos robaría parte del goce, puesto que lo descubriríamos banal y anodino, indigno de la forma con que ha sido ornado.