martes, 29 de enero de 2008

Forma Urbis (y I)


En la entrada sobre Escher de la semana pasada, hablaba de las megaexposiciones que suele organizar la madrileña Fundación Canal de Isabel II. Este sábado he visitado la última de ellas, dedicada al Imperio Romano y me ha sorprendido que no hubiera problema alguno para visitarlas, tipo colas inmensas, al contrario que exposiciones anteriores, como la dedicada a los guerreros de Xian o al antiguo Egipto.

Un fenómeno extraño, quizás producto de que consideramos al Imperio Romano, a la Latinidad, como algo demasiado cercano, demasiado familiar, cuando, si pensásemos un poco deberíamos asombrarnos, sentir el asombro que Occidente ha experimentado durante siglos, ya desde la edad media, ante esa civilización desaparecida.

Una admiración que ha teñido de un falso tinte positivo toda nuestra apreciación sobre ese Imperio. De niño, lo que uno aprendía de los romanos, se limitaba a calzadas, acueductos, circos, y templos. Los restos que habían sobrevivido al tiempo y que aún suponían un Kanon, una medida de calidad, para los arquitectos contemporáneos, al igual que sus leyes, su arte, su literatura, su pensamiento se pretendían también la piedra de toque para cualquier otra creación presente.

Sin embargo, ya de mayor, llevado por mi interés por todo lo que se refiera a la historia y mi pasión por esa civilización en concreto, descubrí el inmenso horror que se ocultaba tras el imponente cenotafio que los romanos se habían construido así mismo. Un horror que había estado siempre a la vista de todos, en las mismas fuentes históricas que ellos habían dejado escritas, y que nadie parecía querer ver.

Ese inmenso Imperio universal, garante de la paz y la prosperidad de sus habitantes, ocupado exclusivamente de las obras públicas, no había surgido de la nada ya construido, había tenido que forjarse a lo largo de los siglos. Una forja en la que su instrumento había sido la guerra, unas guerras que se habían librado de la forma más cruel posible, aniquilando, extirpando de la faz de la tierra a todo aquel que se les opusiese, atemorizando a los que se pudieran oponer, uniformizando a los ya sometidos, imponiéndoles la cultura romana, de manera que todas las regiones se gobernasen de la misma forma, independientemente del lugar, y los amos del mundo, los romanos, se sintiesen en casa en cualquier lugar.

Un imperio concebido por y para la guerra, con ella como razón de existencia, construido sobre cadáveres y mantenido por la esclavitud de los supervivientes. Un imperio que empezó a decaer cuando ya no pudo expandirse más, cuando sus recursos, sus armas eran impotentes para someter a los bárbaros del más allá del Rin y el Danubio, o para dar el golpe de gracia a los imperios, primero Parto, luego Sasánida, de más allá del Eúfrates y el Tigris.

Una situación en la que el Imperio ya no podía utilizar la fórmula de la agresión constante para mantener su riqueza ni para eliminar a sus competidores, sino que debía mantenerse dentro de sus fronteras, viviendo de lo que hubiera reunido tras esas murallas, y defendiéndolas contra una multitud de enemigos, a los que siempre derrotaba, pero siempre por separado y nunca de forma definitiva, hasta que un momento dado, todo el sistema se derrumbase sobre sí mismo, minado por dentro, empujado desde fuera, incapaz de soportar esa presión.

Sin embargo, a pesar de este conocimiento, mi fascinación por Roma no ha cedido un ápice. Desde que Roma cayó, en Occidente no ha habido un Imperio que haya podido hacerles sombra. Desde que los romanos salieron de Italia, con la primera guerra Púnica, hasta que el Imperio cuajó en la forma que todos conocemos, con Augusto, pasaron 300 años, 300 años en las que las armas de Roma casi siempre fueron victoriosas, y los pocos reveses pasajeros. Desde ese instante hasta su caída, pasaron 400 años, en la que la estructura imperial, superó crisis que habrían dado al traste con cualquier otro estado, aparentando mantenerse fuerte, sólido e invencible hasta casi el último momento.

Como digo entre todos los imperios que han existido en Occidente desde entonces, sólo ha habido uno que tenga una marca temporal similar al Romano. Se trata por supuesto del Imperio Español, puesto que los imperios ultramarinos europeos del XIX apenas duraron un siglo antes de desaparecer sin dejar huella. Pero aún el español no admite comparación con el Romano, no ya porque casi desde su creación se reveló débil, incapaz de defenderse, sino porque fue derribado por sus propios súbditos, mientras que los súbditos del Imperio Romano se convirtieron en Romanos, defendieron contra sus enemigos, la gobernaron mejor que los propios naturales y contribuyeron a que en todo el Mediterráneo, del Atlántico al Eúfrates, de Escocia al Sudán, se hablase la misma lengua, se viviese la misma cultura.

Un logro este que sería similar a que en el siglo XIX, Bolivar o San Martín, no se hubieran convertido en los libertadores de sus países, sino en los presidentes de una Republica Hispaniae, que englobará medio mundo y que mantuviese a raya al resto del mundo.

Y ése y no otro, es el gran logro de Roma, el haber conseguido que sus enemigos de antaño, los que soñaban con abatirla y destruirla, se convirtiesen en sus mayores defensores y valedores.