viernes, 1 de febrero de 2008

Forwards/Backwards

Détruire la musique pour que résonne la musique des spheres. (Pierre Henry)

Destruir la música para que resuene la música de las esferas

un nouveau solfège pour les ingéniers-musiciens du futur (Pierre Schaeffer)


Un nuevo solfeo para los músicos/ingenieros del futuro.

..this prompted yet another change of course and the formulation of new dramatic conception, one which now dismissed the self imposed abstract principles, recognizing them as an outdated leftover of the sixties, Ulrich Dibelius on Ligeti


Entre las declaraciones del Tandem Henry/Schaeffer sobre la mítica Symponie pour Un Homme Seule y la realisation de Ligeti cuando componía Le Grand Maccabre median un cuarto de siglo años (1950-1978). Un aparente corto intervalo de tiempo, pero que en términos estéticos supone una separación de siglos, en el sentido de que los proponentes de ambos estilos son incapaces de entenderse mutuamente. Una revolución en las artes tan importante como la que tuvo lugar entre 1890-1920, pero que ha asumido un carácter silencioso, completamente opuesto, tanto voluntaria como involuntariamente, a la cadena de escándalos que parecía una característica involuntaria del arte de vanguardia.

Evidentemente cuando hablo de revolución en arte, me refiero a la transición ente formalismo/modernismo que tuvo lugar, por poner una fecha, hacia 1980; y cuando hablo de silencioso, me refiero a que no hubo, en ese tiempo y en este país una conciencia de transición, de tránsito a un nuevo paisaje cultural, algo que sólo se descubrió así en los 90, cuando nos lo contaron desde fuera.

Porque en 1980, y en este instante empiezo a hablar desde la experiencia, tanto Ligeti como Henry/Schaeffer producían la misma sensación en el oyente, un oyente, vale recordarlo, que aún no había asumido los productos del formalismo/modernismo, y que reaccionaba ante ellos como podía haberlo hecho una persona de principios de siglo XX, cuando ésa música y ese modo de ver el arte, estaban comenzando a convertirse en algo del pasado, con un interés meramente histora. Por ello, por esa situación especial del oyente hispano, la impresión que ambas músicas producían en el espectador era la algo fuera de la experiencia cotidiana, algo agresivo e impenetrable, una música que voluntariamente te negaba el placer de su audición.

Muchos años han pasado. Las polémicas de entonces se han acallado para dar paso a otras distintas. Yo he escuchado ya muchas cosas, quizás demasiadas, tanto de la High como de la Low Culture, hasta el extremo que mi sensibilidad se ha embotado. Estas músicas ya no me producen el efecto que antaño, esa repulsión teñida de fascinación por lo extraño, con las que las descubrí en la niñez. La impenetrabilidad de la que hablaba se ha desvanecido, y puedo entrar y salir de ellas sin dificultad, comprenderlas en su totalidad, sentir el mismo placer, la misma plenitud que con Bach, Beethoven o Wagner.

Como decía, ya son parte del pasado. Más aún, pertenecen al mismo pasado que esos otros egregios, vetustos y polvorientos compositores. Aquellos de los que no queda ya nada por decir, y aunque se diga a nadie interesa escuchar.

Sin embargo, esa translación al pasado, ese poder mirar las cosas con desapego, de forma casi ciéntifica, hace que descubra todas las diferencias entre ambos compositores, ese abismo cultural que separa a ambos compositores, a ambas obras, y del que hablaba al principio.

Porque la Symphonie pour un Homme Seule es como digo la obra de unos formalistas, es decir de unos creyentes en el arte. De personas que creen que van a poder modificar el mundo, derribar las estructuras establecidas, dar un paso más allá en una secuencia de progreso constante que nunca tendrá fin. Mientras que Le Grand Maccabre es postmodernista, en el sentido que sabe que todo se ha acabado, que ya no se puede crear nada nuevo, y que lo único que se puede hacer es repetir una y otra vez lo que ya se conoce, en un eterno círculo del infierno del que no se puede escapara. Una repetición que se hace con los instrumentos de la burla, la satira, y la de la destrucción sádica y despiada, tanto más cruel cuanto más se amara el objeto que se aplasta, porque el postmoderno es un descreído artístico, alguien que sabe que el arte no es más que una ilusión, una inutilidad, en la que no merece la pena perder el tiempo. Alguien cuya única misión, si podemos decirlo así, es desengañar a los demás.

Sin embargo, extrañamente, a pesar de esto, Henry, el formalista, el que creía en el arte y en su evolución, siempre ha experimentado en la misma caja cerrada, en el mismo ambiente estrecho de la música concreta y electrónica, mientras que Ligeti, el descreído, ha compuesto en todas las formas y modos imaginables, como si aún el ejercicio del arte le produjera algún placer.

Extrañas paradojas que desconozco si tienen algún significado o importancia.