domingo, 24 de febrero de 2008

The taste of the skin (y I)

Aquellos que sigan este blog, habrán podido darse cuenta de que una buena parte de la producción del anime está dedicada al público juvenil, y que visita una y otra vez, por aquello del gancho, los lugares y situaciones que se suponen conocidos y vividos por ese mismo público. Asímismo, si suman dos y dos, también se habrán percatado como muchas de esas producciones se enfocan melodramáticamente, centrándose en el tiempo de esos primeros amores, idealizado y sublimados, así como de mi curiosa afición y gusto por ese tipo de historias.

Unas historias que, puede sorprender, reconozco como profundamente irreales, especialmente cuando las comparo con mis recuerdos de la adolescencia, apenas iniciados los años 80 del siglo pasado. En aquel tiempo, y supongo que en cualquier tiempo, desde que el mundo es mundo, el descubrimiento de la existencia de las mujeres se plasmaba de una manera completamente objetiva, como el deseo expreso y compartido de conseguir a cuantas más se pudiera, que es otra forma de decir, que estábamos más salidos que el pico de una mesa. Existía si, el romanticismo, el enamoramiento, la ternura, pero esos eran los temas que aparecían en la literatura, en la música, en el cine, que no ocurrían en la vida la vida real, y que cuando ocurrían, se intentaba ocultar frente a los amigos ("el ya cayó otro" famoso).

Desde ese punto de vista, y si, como es tan habitual en la artes de la narración, consideráramos el realismo como la medida de los logros artísticos, estas formas y estas expresiones deberían rechazarse, por no ser verdaderas, ni mucho menos sinceras, pero ya hace mucho que me curé del realismo, o mejor dicho, lo considero como un camino más, una vía tan buena y tan noble como muchas otras de hacer arte, y no tengo vergüenza de soñar aquello que no existió...o que quizás si exista, pero no queremos contar, por miedo a la repulsa del grupo de adolescentes inmaduros que aún somos todos.

Y tras este preámbulo, paso a señalar una serie como True Tears, la enésima reelaboración de los primeros pasos en el amor, en forma de polígono amoroso, con esa timidez y falta de decisión, de pudor desmesurado, tan cara a los orientales y no tan lejana en el tiempo de nuestro ambiente cultural, en una trama enrevesada, oscilante, de frases cortadas a la mitad, de ambigüedades y temores, en la que tras siete episodios es imposible prever como acabará.

Una serie con una animación realmente impresionante, tanto por su fluidez, digna de una película (pero en la que los fondos tienen un algo de inacabado que yo amo profundamente), como por su atención a los detalles, a los minúsculos cambios en la expresión y en el lenguaje corporal que traicionan nuestros más intimos anhelos y deseos,

Así de está manera, un acto inocente como el de poner un casco a otra persona,




puede convertirse, con un simple cambio de posición de la cámara y un primerísimo plano, en la expresión de ese deseo inconfesable, expresado por la mano que apenas llega a acariciar el cuello soñado, y la otra persona que se mantiene quieta, tolerando y consintiendo ese contacto, pero sin mostrarlo al exterior, a nadie más que sean los dos implicados.












...y no deja de ser que ese modo de acariciar, casi casual, realizado como quien no quiere la cosa, se conviera en uno de los rasgos del personaje, al que vemos aplicarlo, unos episodios más tarde en otra persona...







...persona que, a su vez, en la soledad, remeda ese gesto, replica ese contacto, recordándolo...





...o de como tanto bajar a la red convierte lo banal en abstracto...