viernes, 8 de febrero de 2008

Dreaming of Death

La muerte es omnipotente
Se mantiene vigilante
incluso en la hora de la felicidad
En los momentos de mayor vida, sufre en nuestro interior
nos espera, ansía bebernos...
y llora dentro de nosotros.

Poema de Rainer Maria Rilke, puesto en música por Alexander Sostakovich en su Sinfonía nº 14 (1969)


Esta entrada se había quedado por escribir desde marzo del año pensado. Tenía unos motivos muy concretos para escribirla, pero, por una razón o por otra, no había encontrado el momento apropiado para escribirla.

Es ahora, al escuchar, una tras otra, las quince sinfonías que escribiera Sostakovich, y en concreto la 14, cuando he venido a recordar esta entrada olvidada.

Y es que en nuestro ambiente cultural, ya desde hace muchos decenios, la muerte no existe, hemos dado en pretender que ha sido desterrada y que el hombre vive en perpetua juventud, en absoluta perfección física y mental, hasta que, de repente se desvanece.

Puede parecer chocante que diga que la muerte no existe en nuestra cultura, cuando precisamente ahora, todas las películas la muestran con prolijo lujo de detalles, para regocijo y temblor postorgásmico de los espectadores. Cierto, es así, pero lo que se muestra es la muerte de los otros, no la nuestra. Nosotros, los espectadores, los protagonistas, seguimos vivos y eso pasa en otro mundo, separado del nuestro por inmensos océanos, desiertos, bosques y cordilleras, desmintiendo así todo el naturalismo brutal y despiado con que es presentado y en el que se gozan, como digo, directores y público.

Lo que nunca se cita es la muerte de la que habla Rilke y que Sostakovich ilustra, esa que vive dentro de nosotros, que nunca se separará por mucho que la odiemos, la neguemos, o procuremos olvidarla, y que será lo único que permanecerá con nostros hasta el final que nos acabe. La experiencia última que negará todo lo que somos, todo lo que hemos sido, y nos arrebatará cualquier cosa que hayamos alcanzado en este mundo.

Dicho así, sin embargo, suena demasiado dramático, cuando lo carácteristico de esa nuestra muerte que todos llevamos dentro, es precisamente su silencio y su sigilo. Ese arrebatar lo que tenemos, ese negar lo que somos, se produce sin que nos demos cuenta, sin que ninguna alarma suene, sin que ninguna voz nos avise, hasta que ya es demasiado tarde para ponerle remedio... como si eso fuera posible.

Así ocurre, como me ha ocurrido a mí este año, que te despiertas una mañana y te das cuenta, con la profunda conciencia de lo irremediable, que hay experiencias que te quedarás sin vivir, y que otras las has vivido por última vez.

Como es el acariciar la mejilla de una joven, y verla cerrar los ojos, mientras sonríe, disfrutando ella también de tu contacto.