miércoles, 2 de enero de 2008

Standing on your own feet


Camille Claudel, de quien estas semanas se ha podido ver en la Fundación Mapfre su obra casi completa, es una escultora mítica.

Una cualidad que, como suele ocurrir con todos los artistas bigger than life, ha provocado que su biografía se halle entretejida de mitos y leyendas, más o menos ciertas, más o menos falsas, el hecho de ser una de las primeras mujeres que intenta triunfar en un mundo de hombres, y que por tanto, no le basta con talento, ni con demostrarlo fehacientemente, sino que tiene que combatir, día a día, todo un mundo de prejuicicios, ideas preconcebidas que nadie había cuestionado durante siglos. Una situación que si se une a la condición de artista genial, ése que continuamente desobedece las normas consagradas, resulta casi una autopista hacia la destrucción, puesto que en su época el artista genial que fuera hombre, sólo tenía que luchar contra la incomprensión de los incultos, mientras que ella, debía pugnar además, como digo, con las miradas de suficiencia y escepticismo de sus propios colegas.

Por no hablar del artista novel que se convierte en amante de su maestro Rodin, el escultor total y absoluto de finales del XIX, de forma que sus vidas amorosas, su enamoramiento, los celos, el odio final y la ruptura definitiva, se cruzan y entremezclan con sus vidas profesionales, hasta el extremo de aparentar ser casi inseparables, y llevar a pensar, según las preferencias estéticas y/o políticas de cada uno, que mucho de lo atribuido al maestro fue obra del maestro o justamente lo contrario, que una vez consumada la separación, la llama de la alumna se apagó casi al instante. Porque, y aquí continúa la leyenda, lo cierto es que la obra de Camille Claudel se paró en seco, casi en al cambio de siglo, y ella pasaría treinta años en un manicomio, por orden de su familia, a pesar de reivindicar una y otra vez su cordura.

Una serie de circunstancias, peripecias biográficas, que nos ocultan lo que debería ser más importante, que Camille Claudel fue uno de los escultores más importantes de su época, un talento a la altura de Rodin, a quien supera en audacia y capacidad para representar el movimiento.

Es decir, no se necesita tejer ninguna leyenda romántica alrededor de su persona, ni convertirla en una heroína o en un mártir, ni siquiera intentar limar parte de la gloria de Rodin, para que ella ocupe, por méritos propios, el lugar que le corresponde. Ése de artista visionario, atrevido, audaz y que no admite compromisos cuando se trata de su arte. Algo que muy pocos han podido llegar a ser, mucho menos aspirar, y que esta mujer consiguió por sí sola, sin tener que deberle nada a nadie.

Porque ése sería el mayor elogio que podríamos hacerle. Restituirle lo que su tiempo no quiso concederle. El hecho de ser un artista original, que no necesito de nadie para hacer realidad sus concepciones.

Y para terminar, una pequeña reflexión sobre su encierro en su manicomio. Aún ahora, por influencia de ese romanticismo decimonónico que juzgamos pasado pero que no queremos matar, pensamos en el artista como un gigante, alguien cuya estatura atraviesa las nubes y ve desde allí lo que nosotros, pobres enanos, no podemos ni concebir. Alguien, cuya misión es guiar, educar al público, casi forzarlo a aceptar esos nuevos ámbitos desudados y desacostumbrados.

Sin embargo, nunca nos paramos a pensar que los artistas son también personas. Gentes que sufren enfermedad, que experimentan el desaliento y la desesperación. Gentes, en fin, que pueden quebrarse y hundirse, incapaces de soportar la carga que han elegido.

Eso mismo, pensaba yo, al ver las ultimas obras de Camille Claudel, iguales a las primeras de su carrera, ejemplos de un academicismo que ella había combatido y contribuido a derribar.

Unas obras que no concibo como pudo llegar a terminarlas, puesto que estaban en contra de todo lo que había hecho y de todo lo que había sido.

El fruto de alguien que ha perdido toda fe y toda esperanza.