lunes, 30 de enero de 2017

Nuestros hermanos



















Tenía pensado haber escrito esta entrada sobre la La casa negra (1962) de Forugh Farrojzad, antes de que me operaran, pero las circunstancias lo impidieron. Ahora ha cobrado un significado especial, dado que el objetivo principal de este cortometraje excepcional es la plasmación en imágenes del dolor humano.

Ya les había hablado anteriormente de la poetisa iraní Forugh Farrojzad,  mujer de talento arrollador y personalidad desbordante, que no sólo brilló en la poesía, sino que se atrevió con el cine y llegó a convertirse en un auténtico símbolo en su país. El de la rebelión contra la opresión política y religiosa - su poesía estuvo prohibida durante largo tiempo por la revolución islámica - y el del orgullo feminista para el cual ninguna acción, ningún sentimiento, ninguna expresión,  debe quedar vedada por razones de género.

La casa negra, no obstante, no es valiosa sólo por el hecho de ser un film rodado por una mujer, sino por constituir un filme de poeta. Es decir, por olvidar las reglas del lenguaje cinematográfico, e imponer las suyas propias. En concreto, la yuxtaposición de los poemas de la propia autora con un collage de imágenes donde se abandona cualquier intento de narración o explicación. Se nos deja a solas, expuestos y abandonados a un horror sin motivo ni razón, que debemos intentar asumir de alguna manera, aunque sea rindiéndonos a él, y del cual sólo nos librará el propio final del documental

¿Y cuál es ese horror? En más de un sentido es similar al mostrado en Ladoni (Palmas, 1994) de Artur Aristakisyan. En esta otra película, durante dos angustiosas horas, Aristakisyan nos obligaba a mirar, sin permitirnos apartar la mirada, a los muchos mendigos que comparten nuestro mundo y a quienes consideramos, en el mejor de los casos, como una molestia que debe olvidarse cuanto antes. Farrojzad, en su corto de veinte minutos, dirige su atención hacia otros parias, sólo que estos permanecen alejados de nuestra vista permanentemente, aislados y encerrados, para que ni siquiera su visión nos moleste y perturbe.

Se trata de los leprosos. La casa negra no es otra cosa que una leprosería en la que conviven enfermos de todas las edades, incluso niños y familias enteras, en diferentes grados de avance de su enfermedad. Desde los que apenas tienen síntomas visible hasta los que han sido desfigurados, estigmatizados de manera permanente e irreversible por la lepra. Personas que siguen viviendo, incluso siendo felices y amando, en un mundo cerrado, restringido a ellos mismos, del cual jamás podrán escapar y del que nadie nunca sabrá nada.

Pero no se trata de un filme de horror, de esos que se regodean en la fealdad y la miseria para que el espectador se siente mejor una vez en casa, al constatar que esa condena de por vida no le afecta a él. Tampoco se trata de una obra de denuncia en la que se abogue por poner un término a esa discriminación, mejorando las condiciones de vida de esos enfermos, aunque sí se señale que la lepra puede ser curada y su avance contenido.

No, se trata de algo más profundo. De que la soledad de esas personas, deformadas por la enfermedad y condenadas por ello al encierro resuena con la propia soledad del poeta, quien se siente tan aparte, tan aislado como ellos. Tan cercano, también, porque la humanidad compartida le lleva a reconocer en esos otros prójimos, dolientes y deformados, a sus propios iguales.

A otros yo mismo, de los que sólo nos separa la enfermedad. Esa casualidad que puede derribarnos en cualquier momento y convertirnos, ya para siempre en un apestado.

En un muerto en vida, para el mundo y todos los demás