martes, 3 de enero de 2017

Combatiendo espectros




 Acabo de ver mi segundo Adam Curtis, The Power of Nigthmares (El poder de las pesadillas, 2004), y mi primera impresión se confirma. Aunque son documentales de tesis, eminentemente políticos y polémicos, Curtis basa su información en hechos contrastables y verificables, sin caer jamás en la tentación de apelar a conspiraciones en la sombra por parte de organizaciones todopoderosas y de eficacia perfecta. De hecho, la tesis que desarrolla Curtis es que la historia de las últimas décadas ha venido determinada por dos movimientos políticos públicos y conocidos que han terminado creyéndose sus propias mentiras, mientras se potenciaban y reforzaban involuntariamente el uno al otro, a  pesar de ser oficialmente enemigos irreconciliables.

Estas dos movimientos son el neoconservadurismo estadodounidense y el islamismo radical, que a pesar de sus muchas diferencias comparten evidentes similitudes. La principal, considerar sus sociedades correspondientes, occidente y los países islámicos, como profundamente corrompidas por el laícismo y el liberalismo en las costumbres inherente a la modernidad, y necesitadas por tanto de una renovación espiritual que debe venir necesariamente por vía religiosa. Esta reforma, además, no puede realizarse de otra manera que mediante una contrarrevolución, más o menos pacífica según la sociedad, acompañada de medios militares o terroristas si no hay otro remedio, abriendo así una vía hacia la radicalización que exige asímismo la creación de un enemigo: las personas o regímenes que portan, apoyan y fomentan las ideas contrarias. 

Un enemigo que a lo largo de las últimas décadas ha podido ser común para ambos movimientos, la URSS en los 80, o verse en el otro durante los años 90 y especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001

Lo curioso y preocupante es que ambos movimientos, en principio centrados en la transformación de sus propias sociedades, han acabado imbricados íntimamente. Se necesitan al uno al otro de tal manera, que sin sus choques, conflictos y alianzas pasajeras habrían desaparecido por completo a principios de este siglo, arrastrados por la caída del anterior enemigo común: la Unión Soviética. Es precisamente en la lucha contra el sistema soviético, plasmada en la guerra de Afganistan cuando necons e islamistas van a experimentar su primer auge, pasando de ser movimientos minoritarios dentro de sus propias sociedades a convertirse en elementos decisorios dentro de ellas. Por ejemplo, para la derecha norteamericana, Afganistan fue la oportunidad perfecta para someter a la URSS a una humillación semejante a la americana en Vietnam. Para los islamistas, a su vez, era la ocasión para crear un ejército de combatientes experimentados que luego exportase la revolución islámica al resto del mundo islámico.
 
En ese contexto no es de extrañar que los halcones de la administración Reagan subvencionasen generosamente tanto a los muyahaidines afganos como a sus aliados venidos del mundo árabe; ni que estos aceptasen con alegría la ayuda del demonio occidental, tanto para combatir al comunismo ateo como para prepararse para la lucha futura. Sin embargo, la propia caída del comunismo, paradójicamente, supuso un duro revés para ambos movimientos. En EEUU se inició la época Clinton, aupado por parte de los votantes republicanos que no veían con buenos ojos el giro religioso de su partido.  En el caso del mundo islámico, las revoluciones violentas lanzadas por los islamistas sólo desembocaron en baños de sangre, mayoritariamente con victimas civiles, que enajenaron cualquier simpatía hacia estas ideas radicales.

La historia, a comienzos de este siglo, parecía haber consignado estas ideas al basurero de la historia, dado el rechazo que provocaban en sus sociedades de origen. No fue así, desgraciadamente, porque los atentados del 11S en Nueva York dieron comienzo a este tiempo de derechización y radicalización religiosa en que vivimos. En la reconstrucción de Curtis estos atentados fueron realizados por unos extremistas islámicos independientes cuya conexión con ibn Laden era simplemente como fuente de financiación, sin que éste ordenara ni organizara los atentados. Lo que ocurrió a continuación fue que ambos movimientos, convertidos en enemigos irreconciliables a pesar de sus similitudes, utilizaron esos hechos cataclísmicos para hacer avanzar sus objetivos políticos. Ibn Laden para hacer creíble la existencia de una insurgencia islamista mundial, con un grado de organización que podía poner en jaque a occidente, cuando en realidad apenas contaba con una decena de fieles en Afganistón. Los neocons para realizar sin restricciones una política de statebuilding a nivel local y mundial, cuya máxima expresión fue la malhadada guerra de Irak.

El resultado, como sabrán, ha sido un impulso a la revolución neocon en occidente, que ha podido justificar todas sus medidas represoras en arás de la lucha contra este terror islámico; mientras que el islamismo a su vez ha utilizado el éxito publicitario del 11S y el fracaso de las invasiones occidentales de Afganistan en Irak, para multiplicarse en multitud de focos independientes, tanto en tierras del Islam como en Europa. Sin embargo y a pesar de que las acciones más radicales de ambos movimientos hayan fracasado, lo cierto es que las ruedas de la historia han comenzado en sentido contrario al de hace apenas unas décadas, en confirmación de esa lógica viciada que hace los radicales de ayer parezcan moderados si surgen otros más fanáticos que ellos.

En occidente, la extrema derecha y el fanatismo religioso cristiano ganan adeptos por doquier e incluso pueden llegar a convertirse en partidos gobernantes en muchos países. En el ámbito islámico, nada queda del laicismo y sólo se discute ya hasta que grado la religión será determinante.

Malos tiempos, por tanto. Mucho peores para la izquierda, que siempre sera reprimida y perseguida por ambos totalitarismos.

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