martes, 10 de enero de 2017

Entre la vanguardia y el negocio


Dali-Gioconda retratado por Philippe Halsman

Ciertos fotógrafos gozan de una extraña fama . Los conocemos sin saber sus nombres, porque algunas de sus imágenes se han vuelto auténticos iconos pop, reproducidas hasta la saciedad. Son reconocibles por todos, forman parte de la memoria colectiva contemporánea, pero se han desligado de la persona que los hizo, sin que quede en esas imágenes nada del carácter del artista, ni de su carrera posterior. Reducidos ambos a esa imagen y ese momento.

La lista de fotógrafos borrados por una de sus obras sería interminable. Del beso de Robert Doisneau al Miliciano de Robert Capa, pasando por el retrato del Ché de Alberto Korda. Es también el caso de Philippe Halsman, de quien se puede visitar una amplia retrospectiva en el Caixaforum madrileño, cuya figura ha quedado reducida en ese recuerdo popular a una famosa fotografía de Salvador Dali. Ésa en que aparece pintando en una ingravidez insólita, rodeado por gatos voladores y corrientes de agua que se retuercen como cuerdas. 

Sin embargo, más importante que ese eclipse forzado, es el hecho de que Halsman, como Dali, pertenece a un tipo de artista moderno lindante con la postmodernidad: aquél que va a utilizar las formas de la vanguardia de manera empresarial. No como oposición y revuelta contra un orden y una normativa, ya sean políticas y estéticas, derivando en un apartamiento orgulloso, al mismo tiempo elitista y comprometido; sino modificando y adaptando esas formas vanguardistas de manera que sean aceptables por el gran púbico. Fácilmente comercializables y de beneficio asegurado.

Ése y no otro, es el reproche que André Breton hacía a Salvador Dalí, expresado en el anagrama Avida Dollars, y del que hay una referencia clara en el retrato hecho por Halsman que abre esta entrada. Tras su irrupción escandalosa en los ambientes surrelistas a comienzos de los años treinta - acompañado por Luis Buñuel, no se olvide -, Dali se convirtió en los cuarenta en un agitador à la mode, casi un pintor de corte, que tanto amenizaba las veladas de las clases acomodadas estadounidenses como cantaba al son del franquismo duro de esa época. Sin embargo, dejando a un lado los reproches políticos, lo cierto es que la trayectoria de Dalí en esos años prefiguró la figura del artista postmoderno, al modo de Andy Warhol, para el que no importaba tanto la substancia de las obras como el impacto publicitario que estas produjeran.

En ese sentido, en el de artista bajo los focos y que busca precisamente la luz de esos focos, es como hay que entender la fotografía de Halsman. Porque este fotógrafo es, ante todo, el retratista de las estrellas, el cronista de la gente famosa, sea de ambientes políticos o culturales, populares o cultos. 

Un artista similar a los muchos pintores aúlicos de tiempos pasados, que también vivían de retratar a la gente importante.

Cocteau retratado por Halsman
Comercialidad buscada, aplauso del público ansiado y conseguido que no significan que Halsman sea un mal fotógrafo ni que no sea un vanguardista. Precisamente, muchos su retratos beben de la praxis expresionista, que permitía esculpir los rostros con la luz, mientras que fue el primero en atreverse a fotografíar a la gente importante sin adulación ni impostaciones. Saltando, como ocurre con una de sus series más famosas, única forma de conseguir que sus modelos abandonasen el personaje con el que la historia y el mundo les conocían. Quedando desnudos de una manera simbólica, al despojarse de sus inhibiciones y comportarse, por un instante, como si fueran auténticos niños.

O que en sus complejas relaciones con dos de los principales artistas surrealistas, Cocteau y Dali, contribuyese a crear la imagen visible con la que la posteridad les recordaría. Una imagen que se supondría y substituiría a su obra, especialmente en el caso de Dalí, cada vez más volcado hacia la performance y la broma visual, pero que estaba transida de ella. Como si Cocteau y Dalí hubieran conseguido trasladarse a esa zona de transición, penumbra e indefinición de las que sus cuadros y películas eran sólo un pálido reflejo.

Dali y Cocteau. Pero sobre todo Dalí, que para Halsman acabó tornándose prácticamente un modelo único. Un auténtico lienzo viviente sobre el que reflejar las obsesiones del fotógrafo. Juego en el que Dalí aceptaba - cosa inimaginable en un egocéntrico como él - en convertirse en tema y materia, arcilla maleable, en manos de otro creador.