sábado, 7 de enero de 2017

Libertad es esclavitud

Mi tercer Curtis ha sido The Trap (La Trampa, 2007). Les adelanto que me ha parecido menos logrado que los anteriores, no porque el tema no sea interesante, sino porque intenta analizar dos fenómenos separados y se queda corto en el estudio de al menos uno de ellos. Sin embargo, como en las obras anteriores, este documental destaca por ser un paso más en la construcción de una historia del pensamiento filosófico e ideológico de la segunda mitad del siglo XX, aunque sea a contrapelo de la interpretación necon contemporánea. Una tarea - la ofrecer de versiones alternativas - de la que estamos más que necesitados, como creo que coincidirán conmigo.

Las dos primeras partes del documental son las mejor trazadas e intentan demostrar una tesis cuyos efectos estamos viviendo ahora mismo: como el énfasis en conseguir una libertad absoluta de los individuos ha redundando en un mayor grado de control de las acciones de éstos.  Un concepto que, a modo Orwellanio, se podría resumir en "libertad es esclavitud" y que tiene, como siempre en Curtis, su origen en las ideas de pensadores de la segunda mitad del siglo XX, no demasiado conocidos fuera de círculos especializados, pero sí de una influencia determinante en las políticas actuales y, sobre todo, en el modo en que éstas se plasman. Estos filósofos/ciéntificos, porque ambos conceptos ya no se pueden separar , serían el filósofo Hayek, el matemático Nash y el psiquiatra Laing. 


Hayek, debido al impacto del nazismo y el estalinismo, propuso un modelo de sociedad en la que el individuo no estaría sometido a ningún poder por parte de autoridades estatales. Todos los problemas se solucionarían mediante el mercado y la libre competencia - se trataría de un anarquismo de derechas -, con el supuesto de que el mecanismo que regularía estas interacciones sería el interés propio. La sociedad ideal sería producto de un conjunto de pulsiones egoístas que serían moderadas por una competencia sin trabas hasta llegar a un punto de equilibrio y de perfección. Nash, por su parte, habría dado un fundamento teórico a este modelo al crear la teoría de juegos, donde quedaría demostrado matemáticamente que en las relaciones entre personas la solución óptima desde un punto de vista lógico sería precisamente la más egoísta, aquélla que buscase conseguir el máximo beneficio personal sin tener en cuenta a los demás. Finalmente, Laing, impulsor de la anti-psiquiatría, habría demostrado lo erróneo de los métodos contemporáneos para distinguir entre cuerdos y enajenados, obligando a definir y establecer criterios matemáticos que permitiesen de terminarlo de manera objetiva.

La confluencia de estas tres líneas de pensamiento, en principio independientes e incluso surgidos de posicionamientos ideológicos distintos, se plasmó no sólo en una nueva práctica del ambiente empresarial sino que se traslado a la gestión del estado moderno y de los servicios sociales - sanidad, educación, empleo e infrasestructuras -. En primer lugar, el mercado tendría que ser el criterio rector a la hora de valorar la gestión y el rendimiento. Es decir, no basta con hacer las cosas bien, sino que hay que hacerlas mejor que las demás, de lo cual sólo el mercado puede ser juez ecuánime. En segundo lugar, el hecho de que las personas siempre busquen su beneficio personal, implica que no se puede confiar en ellas a la hora de poner en práctica políticas sociales, ya que no pensarán en el bien común sino en el suyo propio. Por último, para poder medir el grado de consecución de esos bienes sociales, hay que establecer una serie de parámetros objetivos que puedan ser analizados también de manera objetiva, sin favoritismos y con neutralidad, preferentemente por máquinas.

El problema, para Curtis, es que el uso de este sistema de asignación de objetivos mensurables y valoración de rendimientos no consiguió que la gestión pública funcionase mejor ni que se diera un mejor servicio a la ciudadanía. Primero, porque el concepto de bien común o de beneficio social era ajeno a las formulaciones originales, que basaban su dinámica en el enfrentamiento y competición de egoísmos particulares. De esa manera, el establecimiento de objetivos, como la reducción de la listas de esperas a unos valores determinados, no llevaba a que realmente se encontrasen métodos para conseguirlos - solían faltar recursos económicos para obtenerlos, afectados por recortes y bajadas de impuestos -, sino a que se buscaran las vueltas al sistema para cumplirlo. Dado que no alcanzar las cuotas propuestas llevaría a penalizaciones - en general más recortes a unos presupuestos ya exíguos -, en demasiados casos se maquillaron los datos o se establecieron prácticas orientadas sólo a cumplir esas métricas dejando de lado la calidad del servicio. El objetivo se convirtió, por tanto, en dios, mientras que el bien común se dejaba de lado.

Un resultado, por cierto, que no habría sorprendido a Hayek, puesto que para él el bien común es un concepto sin sentido, y que además habría debido ser predicho con antelación. Esto mismo ocurrió precisamente en otro ambiente ideológicamente opuesto al de nuestro capitalismo sin barreras: el de la Rusia Estalinista. Allí, se ponían cuotas y objetivos de producción absurdos, cuyo incumplimiento se castigaba con el Gulag, pero que sólo sirvieron  para el florecimiento de la picaresca más absoluta,. Ironía curiosa, que en el mundo capitalista se reflejen los vicios del comunismo, pero no es el único caso, si me lo preguntan.

Tras este análisis - lógico y fundamentado en datos, como siempre en Curtis - de la paradoja de que más libertad es igual más control, la tercera parte aborda un tema tenuamente relacionado con éste. Esto lo lastra ya de entrada, porque Curtis tiene que reconstruir apresuradamente una historia del pensamiento que lleva a su tesis, sin poderse basar en lo ya narrado, de manera que se queda sin tiempo y apenas puede ofrecer una visión general. Una pena, porque el tema lo merece y lo vale.

Se trata, simplemente, de como el afán de las administraciones Bush/Blair por lograr una revolución democrática en el mundo musulmán han fracasado completamente. Los intentos violentos por construir sociedades capitalistas modélicas en Irak y Afganistán, al modo propiesto por Hayek, sin intervención ninguna del estado, sólo han servido para completar un triple derrumbamiento en estos países. El económico, al entregar los bienes de esos países a empresas privadas americanas que se han limitado a saquearlas sin pensar en el bien común de las poblaciones de esos países - algo muy Hayekiano, por cierto -. El político, porque el desmontaje de las estructuras estatales de esos países sólo ha creado vacíos de poder, remedos de estado vacíos de toda substancia que sólo se sostienen por la presencia militar extranjera.  Y aún así, el poder de estos nuevos gobiernos à la Hayek se limita a unos kilómetros en derredor de las capitales respectivas, quedando el resto del país a merced de grupos étnicos y religiosos.

No de invididuos que actuan por su propio interés, ojo, sino de colectividades que se someten a unos fines comunes, lo que lleva al tercer fracaso, el ideológico-geopolítico. Estos intentos de liberación han sido rechazados por el mundo islámico, siendo reemplazados por un autoritarismo de raíz religiosa, que propone otro tipo de estado ideal, el regido por la ley del Corán y sostenido por la fuerza de las armas.

La opresión como auténtica libertad. Todo lo contrario a lo propuesto y teorizado por nuestros neocons occidentales.