jueves, 26 de noviembre de 2015

Un ballet mechanique






























Normalmente, la idea que se tiene de las posibilidades expresivas del género documental es muy pobre. La mayoría de las obras documentales que se suelen ver, tanto en el cine como en la televisión, se reducen al formato de informe, donde los datos enumerados por narrador, entrevistador y entrevistados se ilustran con imágenes más o menos alusivas, más o menos pertinentes. La imagen queda restringida así al llamado "busto parlante" o a un acompañamiento completamente prescindible, bien porque son genéricas e intercambiables, aplicables a muchos otros documentales similares, bien por sus pretensiones de reconstrucción circense, que traicionan al género documental disfrazándolo de cine de ficcion.

Sin embargo, si conocen un poco la historia del documental, sabrán que los grandes autores de este género siempre se han caracterizado por subvertir este marco tan estrecho. Personalidades como Lanzmann lo han utilizado con el mayor de los rigores, evitando cualquier tentación de ilustración o reconstrucción, que no deja de ser una traición a los testimonios presentados. Otros, como Marker, han utilizado la imagen como base para lanzarse a divagaciones sin reglas, rutas, límites o término, en la que el fin sólo era impuesto por las necesarias constricciones temporales de un largometraje. Finalmente, un autor esencial como Benning, ha terminado por abandonar la palabra por completo, presentando sus imágenes rodadas, planos fijos de larga duración, sin manipulación alguna, ni siquiera la surgida de una explicación.

Aunque radical en extremo, la forma elegida por Benning no es nueva. Tiene profundas raíces en el cine mudo, donde era necesario reducir los intertítulos al mínimo, para no romper el flujo y el ritmo de la película, de manera que las propias imágenes tenían que proporcionar su propia explicación, sin tener que recurrir a muletas externas. Así, los años de gloria del cine mudo fueron también los de la primera perfección del documental, cuando autores esenciales como Flaherty, Vertov o Ruttmann, crearon un modo en el que se daba espacio a las imágenes para que hablasen por sí mismas, explicándonos un mundo lejano y desconocido en el que se nos permitía habitar durante unos instantes. Casí como si lo contempláramos con nuestros propios ojos, como si fuéramos el viajero que acababa de llegar allí y tuviera que interpretarlo con su propio entendimiento, sin poder recurrir a ayuda externa.

Esa forma no se interrumpió con la llegada del sonoro, sino que, como ya les he indicado, llega hasta la actualidad, caso de las elaboradas contemplaciones de Benning, los diarios visuales de Mekas, o los complejos ejercicios formales de Brakhage. Asímismo, su permanencia puede rastrearse en multitud de productos más humildes, sin pretensiones, que sobreviven a la sombra del documental "tópico" y "cliché", pero que a pesar del olvido en el que han caído se revelan como obras mayores de este género, aunque sólo sea por mantener viva la llama.

Un caso que he descubierto por azar, contenido en la compilación de Flicker Alley llamada Saved from the Flames, es el del documental Master Hands (1936), dirigido por Jam Randy. Se trata de una obra perteneciente al llamado cine industrial, es decir, el creado como publicidad/propaganda de una empresa, en este caso la Chevrolet. Es, por tanto, un cine al que suele lastrar la necesidad de vender un producto, lo que lleva con demasiada frecuencia a traicionar y banalizar cualquier mensaje que hubiera presentado antes. Sin embargo, en excepciones, ese cine se las arregla para ocultar y disimular sus intenciones finales, para relegarla a los últimos instantes  de su metraje o a su presentación,  permitiendo que sea lo "otro", lo que no es anuncio ni convencimiento, lo que brille con fuerza y lo torne memorable.

Esto es lo que ocurre con Master Hands, un claro anuncio de lo buenos que son los coches Chevrolet, pero que se transforma en otra cosa muy distinta, mucho más importante y valiosa. Randy trata este documental como si filmase aún en los tiempos del mundo, presentando la imagen sin comentario alguno, dejando que seamos nosotros, los espectadores, los que interpretemos lo que ocurre en esas escenas. Se trata, como pueden esperar del montaje y fabricación de un coche, pero donde jamás se anticipa el significado o la razón de las actividades que vamos a ver. Sólo contemplamos esas manos expertas a las que hace referencia el título, enfrascadas en acciones y trabajos de gran precisión, que únicamente al final, en una chispa reveladora, descubren su función, su utilidad, su lugar necesario en esa inmensa cadena de montaje, a medias ballet mecánico, a medias organismo vivo perfecto.

Y eso es lo que queda, la sincronía, el ritmo, la música, la armonía en la perfección, en esas máquinas incansables, en esas manos que las manejan, en como de materiales humildes, de procesos apenas reconocibles surge un objeto de alta tecnología, de fabricación compleja y complicada, tornada fácil, sencilla y necesaria, por la lógica y el rigor de las imágenes.