sábado, 7 de noviembre de 2015

Música visible

Trama Negra, Vasily Kandinsky

Aprendí a apreciar a Kandinsky hace ya muchos años, a principios de los noventa del siglo pasado. El Guggenheim neoyorquino estaba de obras, así que su colección se dio una vuelta por el mundo, recalando en el MNCARS madrileño. Entre los cuadros que se podían ver había una buena ración de Kandinskys, casi todos además de un momento muy preciso en su trayectoria: la década a caballo de 1910 cuando este pintor descubrió/se topó con la abstracción. Viéndolos todos sus cuadros juntos, uno detrás de otro y en orden cronológico, se podía apreciar como el color y la forma iban liberándose del tema tratado, hasta alcanzar un estado único y nuevo de música visible. Una expresión que no por más manida, es menos cierta.

Tras este encuentro/descubrimiento mío, la pintura de Kandinsky no ha dejado de acercarse a Madrid en este último cuarto de siglo. Recuerdo la magnífica doble retrospectiva Kandinksky/Mondrian en la Caixa o la organiza por la March alrededor del cuadro Composición VII. No es de extrañar que con que estos antecedentes y dada mi pasión por este pintor, sintiese una especial alegría y anticipación al enterarme que el CentroCentro madrileño iba a organizar una retrospectiva de este artista.

Una retrospectiva, ni más ni menos. De todas sus épocas, para poder ver la evolución de su arte, desde el tiempo en que buscaba  la abstracción sin saber que lo hacía ni que iba a encontrarla, pasando la etapa de enseñar ese nuevo modo a otros, ya en la Bauhaus, con obras y teorías, para concluir con su exilio en París, alejado para siempre de todas sus tierras, de sus múltiples hogares.

Pues bien digamos que me ha dejado un poco frío, cuando no bastante.



Vasily Kandinsky, Kleine Welten.

El principal problema es que la retrospectiva no es tal, sino que se trata de una selección de fondos del Museo Pompidu de París. Al depender de una única colección, por muy rica que ésta sea, es inevitable que se produzcan descompesaciones y desajustes en el recorrido. En este caso, el olvido imperdonable del periodo de descubrimiento formal de la abstracción en 1910, apenas representado por un par de cuadros, mientras que se acentúa de forma exagerada su periodo final de exilio, cuando la pintura de Kandinski devino lo que no había sido nunca: triste y estática, fría y formal.

Por fortuna, el periodo de la Bahaus está representado por un buen número de obras, algunas míticas, donde quedan de manifiesto las características que hicieron que me enamorase de este pintor. Primero, su elegante resolución a uno de los problemas principales de la pintura: la representación del movimiento. Toda obra suya, mejor dicho, toda gran obra suya, parece haber sido sorprendida a la mitad, encontrarse en medio de una mutación, como si las formas que habitan sus lienzos se estuviesen trasladando, normalmente de izquierda a derecha, de abajo arriba.

Este movimiento, por supuesto, es ilusorio, pero también es innegable, existe en nuestra mente. Se debe a que nuestros ojos son incapaces de hallar un asidero en las formas, en las tonalidades que Kandinsky dispone en sus lienzos, siempre desequilibradas, continuamente al borde del conflicto y la disolución. Sin quererlo, nuestra vista vaga, salta de un lugar a otro, traza espirales, zig-zags, corre o pasea, pero siempre sin poder ni querer detenerse. De ese vagabundeo  surgen patrones, vías, caminos y recorridos, indicados y sugeridos muy sutilimente por el propio pintor, con líneas, trazados y perspectivas geométricas.

Sin embargo de ese continuo desequilibrio e inestabilidad pictórica no se sigue un desasosieguo ni una disonancia. Si algo tienen en común, las obras de Kandinsky, incluso las de nombres más tráficos, como diluvio, tempestad o tormenta, es un arrebatadora alegría. Este es el segundo rasgo principal de Kandinsky y se debe a que es uno de los mejores coloristas de este siglo. Esa habilidad suya para elegir y representar el color se nota no sólo en las transiciones de colores casi perfectas con que nos obsequia, como en su capacidad. casi mágica, para yuxtaponer tonalidades excluyentes o en las citas a la rueda cromática que gusta de repartir en su obras.

El resultado son pinturas de una energía inagotable, de una alegría infinita. Auténticos milagros en color - e incluso en ocasiones, en blanco y negro - que revelan un artista en continua búsqueda y experimentación. Más un importante aún, un artista con el ojo y el talento precisos para llevar a buen término esas audacias, convirtiéndolas en canónicas.

Vasily Kandinsky, Kleine Welten