jueves, 19 de noviembre de 2015

Risa extrema





















El cine mudo, tan olvidado y pasado de moda para muchos, guarda muchas maravillas, como ocurre con toda su producción de cortos y largo cómicos. Es cierto que ese género del cine mudo no ha desaparecido completamente de la memoria del espectador, incluido el no especializado, pero no es menos verdad que normalmente queda restringido a sus nombres más famosos, Chaplin, Keaton, incluso Harold Lloyd. No es ya que queden fuera otros nombres esenciales, como Mac Sennet y su estudio o el animador Charley Bowers, es que el cine cómico mudo queda reducido a su vertiente más gestual y dinámica, de garrotazos y acrobacias, dejando a un lado toda una evolución posterior que le llevó a ser cada vez más sofisticado e inteligente. Preludiando, en definitiva, el screw ball de los años 30 y 40, del que sólo le separaba el sonido y la voz humana.

Sin embargo, el slapstick, ese cine cómico mudo al que estamos más aconstumbrados tiene una importancia capital en la historia de la cinematografía. Esos productos inocentes, vulgares, incluso banales, se tornaron un auténtico laboratorio de investigación técnica, ya que su vocación circense, de más difícil todavía, les llevaba a superar y romper los límites de lo establecido y acordado. El género cómico alcanzó así una rara perfección que ha asegurado su pervivencia en la memoria del espectador, y que asímismo provoca que cualquier intento por resucitarlo, trayéndolo a nuestros tiempos, acabe siendo huero, vano, al terminar reducido a mera copia.

Hay excepciones, por supuesto. Tenemos el cine entero de Tati y su renuncia al sonido, pero sobre todo, tenemos la animación, única y auténtica continuadora del cine mudo cómico, especialmente en su versión Warner de los años 40/50. Este salto inesperado entre formas casi opuestas, para algunos, de la cinematografía, es menos extraño de lo que cabe suponer. La vocación circense del cine cómico mudo les llevaba a intentar representar en el celuloide lo imposible en la vida cotidiana, sea en forma de trastazos, proezas o casualidades imposibles. El límite a este afán, por supuesto, estaba en la propia integridad de los actores y la resistencia de los objetos que utilizaban en sus acrobacías, pero que en la animación era y es inexistente , por su propia naturaleza de dibujado e inanimado. La animación, por tanto, dada su propia naturaleza, tomó lo que había quedado en germen o bosquejo en el cine mudo y lo completó hasta sus últimas consecuencias, alcanzando así otra nueva perfección cinematográfica, también plenamente viva hoy día, y asimismo imposible de reproducida o vivificada.

Hay además un tercer salto mortal en esta historia. Los avances tecnológicos, ordenadores y CGIs, han permitido que los logros de la animación se repliquen en la imagen real. De repente, en las últimas décadas, las pantallas se han llenado de esas acrobacias y proezas que los creadores del cine mudo sólo podían soñar y que los animadores clásicos sólo podían esbozar. Sin embargo, en mi opinión, los resultados quedan muy lejos de los que ambas cumbres anteriores habían conseguido. No porque el acabado técnico sea burdo, muy al contrario, sino porque les falta cierta "verdad", una necesaria verosimilitud. En animación, ambas características no importaban mucho, ya que al ver que lo había en la pantalla eran dibujos o muñecos sabíamos que las reglas del mundo real no aplicaban. En el cine mudo, éstas condiciones sí seguían teniendo su validez, eran imprescindibles, pero precisamente la gracia estaba en llevar el corto hasta ese punto preciso que separaba el humor de la catástrofe.

En los cortos mudos, como el Lizzies on the Field (Mac Sennet, 1924) que abre esta entrada, los trastazos, los choques, las casualidades imposibles eran completamente reales. Habían sido realizadas por los propios actores, sin dobles, muchas veces con peligro de su integridad física, con lo que al mismo tiempo que el espectador se reía con sus absurdos e imposibles, le era imposible reprimir un sentimiento de admiración antes esas proezas filmadas que él sería imposible de repetir. No sólo eso, el modo en que estas acrobacias eran rodadas evitaba toda trampa visual, como sería utilizar el montaje para así evitar peligros a los actores o introducir un efecto imposible. Lo que se veía en la pantalla había sucedido realmente, tal y como se había filmado, de manera que directores y actores del cine mudo habían tenido que dedicar largas sesiones de ensayos, pruebas y fracasos, antes de poder conseguir ese momento mágico, único, fuera de todo lo ordinario y lo usual.

Imposible, por tanto, de repetir hoy día, en estos tiempos de apoteosis de lo falso.