sábado, 10 de noviembre de 2012

Polemics

Gregory was an outstanding representative of the allegorical method. For him, the bible was a great encoded message, sent by God to cast fire into the heart. It echoed with the mighty whisper of God. It was for this "whisper" that the devout Christian should listen, reading the Bible, as it were, between the lines - playing less attention to the text than to a message from God which lay beyond the text. The school of Antioch, by contrast, saw the Bible first and foremost as a challenging text. Its different books had been written at specific times, by specific authors. One had first to discover exactly what those authors meant before one could go on to draw upon the Bible to nourish higher flights of contemplation. It is a view which modern scholars take for granted to such extents that we forger that it was Gregory's meditative approach which dominated an early medieval West preoccupied with the building up of souls, and the scholarly Theodore who was the rarity

Peter Brown, The Rise of Western Christianity

Los que sigan este blog, habrán notado que desde hace unas semanas les bombardeo con extractos de este magnífico libro de historia, que narra los cambios culturales producidos en Europa entre el año 400 y el año 1000.  No voy a explicarles de nuevo el porqué de mi admiración, pero sí les voy a adelantar que este fragmento me sirve para continuar una observación que les hice la semana pasada: la cuidada atención de Brown hacia las personas que fueron protagonistas - o dejaron testimonio - de esos cambios, abandonando esa tentación de reducirlo todo a abstracciones, como si cada uno de nosotros no fuera en realidad agente y actor de la historia.

Obviamente, no puedo copiar aquí todo el libro, ni siquiera ofrecerles amplios extractos, pero no es por falta de ganas, puesto que detrás de cada breve párrafo, se esconde una historia, y tras esta otra, y otra, de manera que al final se acaba por tejer una amplia red que une periodos y lugares que nos parecen completamente aislados o que la forma que tenemos de contar la historia no nos los hace ver como conectados. Esta malla de referencias refleja una de las tesis principales del libro: como una especie de internacional de intelectuales - los monjes de los primeros tiempos del cristianismo - acabaron por crear una única cristiandad occidental mediante la transmisión de ideas a lo ancho y largo de todo occidente, bien mediante sus propios viajes o mediante la dispersión de los libros y tratados que ellos mismos escribían.

Las huellas de esa internacional - y como ideas de otras épocas y lugares se ensamblaron de diferente manera para crear esa nueva comunidad de ideas que llamamos occidente - son la anécdota que se esconde tras el párrafo que he incluido. La cuestión es que a principios del siglo VII d.C, cuando el Islám estaba ocupando el espacio mediterráneo y convirtiéndose en el auténtico estado sucesor del Imperio Romano, un monje sirio huyó de estas invasiones y acabó recalando en una Roma que en ese momento no era otra cosa que una ciudad secundaria y periférica del Imperio Bizantino. Una circunstancia que la hacía cada vez más occidental y menos oriental, en el sentido de que sus intereses empezaban a estar ligados con el destino de los reínos bárbaros que ocupaban el antiguo Imperio Romano de Occidente, y no con una supuesta restitución a cargo de un Imperio Romano de Oriente en crisis.

Lo importante de esta aparición de Teodoro, el clérigo procedente de Oriente, en una Roma que miraba a Occidente, estriba en que el cristianismo y el monaquismo de esa época en Occidente estaba basado en fenómenos y escritos de al menos dos siglos antes, del siglo V como muy tarde. Como puede esperarse, esos textos fundacionales no reflejaban una realidad existente en occidente, sino algo lejano, exótico e imposible de ser corroborado, con lo cual sobre ese substrato crecieron todo tipo de leyendas, mitos, hasta que la plasmación de estas ideas acabó siendo algo original y propio del cristianismo occidental, sin relación alguna con lo que estaba teniendo lugar en Oriente.

Podemos entonces imaginar el revuelo que la llegada de Teodoro, un fugitivo de ese oriente con el que occidente soñaba, produjo en esa Roma que se había recreado a sí misma. De repente, entre los soñadores paseaba alguien que había visto todo aquello que para la mayoría sólo existía en los libros. Alguien que podía contarles como era todo en realidad, que podía corregir el error, restaurar lo derribado... aunque en realidad, occidente fuera ya tan distinto que lo que éste extranjero pudiera contarles, no pasara de ser una curiosidad, historias a las que atender, pero que no era necesario seguir.

Y lo más maravilloso de todo, es que si bien el monaquismo, o incluso el cristianismo,empiecen a ser cuestiones que ya no nos atañen, ese encuentro entre el extranjero y los soñadores diera lugar a un debate cuyas posturas aún podemos reconocer, cuyo combate aún continúa, aunque no en el mundo académico: el de el modo en que lo textos sagrados deben ser interpretados, si como producto de los hombres que exige un profundo estudio histórico del tiempo en que se redactaron antes de atreverse a descifrarlos; o como inmensa alegoría de un dios que habla en enigmas y escribe con renglones torcidos.