martes, 13 de noviembre de 2012

Nothing ever changes




















Recién comenzada la segunda mitad de la década de los 50, la carrera de Mizoguchi Kenji parecía haber entrado en su definitiva decadencia, coincidiendo con su paso al color. Si Yohiki (La emperatriz Yang Kwei Fei) aún conservaba mucho del Mizoguchi de antaño, Shin Heiki Monogatari (Los cuentos del Clan Taira) parecía una obra de cualquier otro director, excepto en destellos aislados. Parte de este fracaso se debía a que al rodar en color, la trampa y el cartón piedra de las reconstrucciones históricas en las que se había especializado su filmografía resultaban imposibles de ver, creando una clara contradicción con el realismo y cercanía que parecían indisociables con su obra.

Y en esto llegó Akasen Chitai (la calle de la vergüenza), la última obra que rodó

No exagero si afirmo que Akasen Chitai es una de las obras maestras absolutas de Mizoguchi. En primer lugar supone tanto su vuelta al blanco y negro, manera cuya estilización le permitía ser, paradójicamente, realista hasta la médula y en la que es uno de sus mayores maestros; como a la crónica del Japón contemporáneo, su auténtica vocación interrumpida primero por el militarismo japonés de los 30/40 y luego por la ocupación norteamericana, tras la guerra del Pacífico.

Si esto no bastara para hacer de esta película una obra notable, hay que añadir que con ella Mizoguchi vuelve a su otro yo más polémico y controvertido, el de los años 30, de Gyon no Shimai y Naniwa Hika, que criticaba y desmontaba sin piedad y sin miramientos el edificio de mentiras y convenciones de la sociedad de su tiempo, que sólo servía para perpetuar la humillación y explotación de los más débiles, especialmente las mujeres.

Como en otras de sus películas la acción gira en torno de un burdel, pero al contrario de las películas de los 40/50 y en plena consonancia con las de los años 30, esta institución tan japonesa del barrio de placer, casi indisociable de su cultura, no tiene característica que lo rediman. El supuesto mundo de sofisticación de las Geishas no tiene ya ninguna relación con el mundo en el que viven estas prostitutas modernas, ha quedado muy lejos, atrás en un tiempo que no se tiene la certeza que existiera o relegado a atracción para turistas que buscan el Japón tradicional que no encuentran en las calles de ese país.

La única realidad es la de la explotación más descarnada, la cual se ejerce en dos maneras, la económica, que fuerza a las mujeres a escoger el camino de la prostitución, obligadas por la pobreza, o la social, en la que la menor falta, sea suya o de sus familiares, puede convertir a una mujer en un paria, cuyo contacto contaminaría al clan y que sólo puede limpiarse expulsando al elemento contaminado de su seno, como si nunca hubiera pertenecido a él.

Una sociedad, en fin, en la que sólo hay dos caminos para la mujer, el del oprobio, representado en esta prostitución cuyos mantenedores hacen ver como un bien social (véase el terrible alegato del propietario del burdel, intentando convenver a sus esclavas de que viven en el mejor de los mundos, o a través del matrimonio, en el que la mujer no existe si no es en forma de objeto, de moneda de cambio, cuyo valor es tanto mayor cuanto más obediente, sumisa e irrelevante sea.

De este círculo del infierno, al contrario que en otras películas de Mizoguchi, no hay salvación posible. La rebelión contra la injusticia fundamental de la sociedad japonesa, sólo sirve para acelerar la caída hacía el burdel, de manera que esa rebelión al final acaba convirtiéndose en un suicido. Ni siquiera la solidaridad entre los oprimidos servirá para cambiar el estado de cosas, ya que solo constituye otra droga con la que atenuar el dolor y el sufrimiento, sirviendo de calmante para aguantar un día más, una hora más.

En realidad, sí que hay un medio de salvarse, un arma con la que escapar de ese mundo, pero su utilización revela porque la solidaridad nunca funcionará. Se trata simplemente de convertirse en explotador, de utilizar la confianza de los demás - y si no se tiene su confianza, aprovecharse de ellos - para reunir el dinero suficiente que te permita vivir por tus propios medios, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Porque ésta es una lección que habíamos olvidado y que estamos volviendo a aprender a las malas. Sólo hay una llave que abra todas las puertas, que se llama dinero, y por él, la mayoría de nosotros estaremos dispuestos a vender a cualquiera, hasta a nosotros mismos.