martes, 20 de noviembre de 2012

Transition

We can see this happening, in around A.D. 1000, at the farthest edge of the European world. When famine struck the Icelandic settlements in Greenland, the prophetess Thorbjorg called for an assistant to recite at the appropriate moment, the spirit lockin spell. Gudrid had been taught the spell in Iceland by her foster-mother:

"But this is a kind of lore and proceeding I feel I cannot assist in... For I am a Christian woman"
"Yet it might happen [Thorbjorg reminded her] that you could prove helpful to people in this affair" [So] Gudrid recited the chant so beautifully that no one present could say he had heard the chant recited in a lovelier voice

Peter Brown, The Rise of Western Christendom

Creo que los que me lean saben de la profunda impresión que me ha causado el libro de Peter Brown arriba citado. Es una de las pocas historias que intenta indagar en la mente de nuestros antepasados - qué pensaban y por qué modificaron sus esquemas mentales - y cuyo autor tiene la suficiente soltura y capacidad para conseguir ese objetivo.

Uno de los aspectos más interesantes - y desconocidos para muchos - es la relación de esa Ecclesia Triumphans que dominó el continente Europeo del siglo X en adelante y el paganismo anterior, ya fuera grecorromano o barbaro. Una relación que fue muy distinta y variada, con tantas gradaciones de gris como pueblos que fueron uniéndose al orbe cristiano en el más de medio milenio que media entre Constantino y los reyes/sociedades escandinavas

La principal sorpresa es la existencia de una frontera mental entre las áreas mediterraneas y el Gran Norte. Esta separación estriba en la diferente percepción que se tenía del pasado pagano en estas regiones. Como es sabido, el cristianismo en el Imperio emerge de una lucha contra el poder del Imperio, aunque esa lucha en realidad sólo tenga lugar en la segunda mitad del siglo III, en contra de lo que la propaganda cristiana nos ha hecho creer. Esta concepción de iglesia a la vez mártir y clandestina, siempre a la defensiva, temerosa de ser destruida de un plumazo por los poderes terrenales, provocó una relación de amor/odio entre ella y el Imperio donde se extendió.

Por una parte, los propagandistas cristianos, aún asombrados porque un Imperio tan grande se hubiese vuelto cristiano durante el siglo IV, entre Constantino y Teodosio, pergeñaron una teoría según la cual Roma había recibido el dominio sobre el mundo para servir de cuna y marco a la auténtica religión, exorcisando así el poder omnímodo de ese Imperio. Por otra parte, el hecho de haber sido objeto de los ataques de un paganismo también a la defensiva contra las diferentes religiones de salvación que competían con el cristianismo, le llevó a reaccionar con ira e inquina cuando el Cristianismo se hizo con todos los resortes del poder. Los templos paganos fueron abandonados, sus recintos profanados, mientras que las estatuas de sus dioses fueron hechas añicos, como convenía a las imágenes de demonios.

Esta aversión contra todo lo anterior, que se veía como producto del diablo y los enemigos de la religión, pudo haber hecho desaparecer por completo todo rastro de la antigua alta cultura del Imperio. No obstante. el hecho de que las élites ya cristianas considerasen una educación humanística, por utilizar un anacronismo, como uno de los rasgos de su posición, permitió que las obras literarias de la antigüedad romana y griega pervivieran en Oriente y Occidente, como ejemplo de la manera perfecta de escribir y de hablar, aún cuando sus referencias mitológicas se considerasen erradas y engañosas.

Este odio a lo antiguo, por supuesto, se reprodujo también en el norte cuando el cristianismo salió de las antiguas fronteras romanas y se extendió por Alemania, Escandinavia, Polonia, Rusia y los Balcanes. Santuarios y lugares sagrados fueron profanados y destruidos, especialmente los árboles centenarios centrales en el culto pagano, llegando incluso, como en el caso de la conquista Carolingia de Sajonia, a embarcarse en auténticas operaciones de exterminio. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la decisión de convertirse al cristianismo partió de estos propios pueblos, que decidieron pasarse a la religión de unos vecinos mucho más prosperos, mejor organizados y armados, símbolo claro de quién adoraba al Dios más conveniente.

Es en esta conversión  voluntaria donde radica la diferencia que citaba antes. Políticamente, no se había producido una ruptura, aparte de la conversión del príncipe y las élites, por lo que no se podía repudiar a los gobernantes anteriores, fuentes de legitimidad, ni a sus creencias. De ahi que ese pasado pagano fuera preservado y admirado, como si los propios dioses de antaño se hubieran dado cuenta de su inutilidad y cedido el paso a los nuevos, tal y como sus adoradores se habían convertido a la nueva religión, y aún continuasen largo tiempo compartiendo el mundo con el pueblo del que habían recibido pruebas de sumisión y adoración.

Así, durante muchos siglos, las huellas del paganismo continuaron vivas, sin que los habitantes de esas regiones vieran contradicción alguna en esa vida anfibia. Más importante aún  para la historia de la religión y de los pueblos, el hecho de que se pudiera ser pagano y cristiano al mismo tiempo, provocó que muchos clérigos, aparte de copiar biblias, salterios y misales, dedicasen parte de su tiempo a poner por escrito las leyendas y mitos del tiempo de antaño, antes de que se olvidasen por completo, legándonos una herencia cultural de valor incalculable, especialmente porque fue transmitido por las mismas personas que aún creían en ellas, aunque sus vestidos espirituales hubieran cambiado.