Así ha ocurrido que los dos buques insignia de este invierno, la consabidas series de romance, como Clannad o KimiKiss, o las no menos consabidas de acción y aventura como Gundam 00, se han revelado como el enésimo más de lo mismo, lo cual si era de esperar en estudios como Sunrise, que desde hace años no hace otra cosa que repetirse a sí mismo, es triste en el caso de otros como JCStaff, que, aunque irregular ha dado obras importantes en estos años, como Azumanga Daioh o Honey & Clover, y por supuesto es trágico en el caso de un estudio tan dotado técnicamente como Kyoto Animation, que con Clannad parece haberse perdido por los caminos de lo hipermono, la servidumbre al material de partida y la facilidad narrativa, cosas que, por cierto, no parecen molestar a los otakus.
Sin embargo, en esta temporada otoño/invierno, han aparecido otras series de mucho mayor interés, desde el humor negro de Hataba Kitaro, serie que pasa la mitad de su tiempo entre los cementerios y el infierno, las vueltas y revueltas científico/mágico/místicas de Ghost Hound, lo último del estudio IG, la perfección narrativa y técnica de una sorpresa como True Tears, o la madurez de una serie como Spice & Wolf.
Es una pena que esta serie no se concibiese como gran éxito de la temporada, puesto que su presupuesto limitado ha supuesto el peor obstáculo para que esta buena serie se convirtiese en una de las grandes, simplemente porque la penuria de recursos ha obligado a limitar la animación excesivamente, haciendo que algunas escenas fueran de auténtica vergüenza ajena.
Sin embargo, al tratarse de un anime de personajes, y de personajes maduros, que conocen el mundo y saben como moverse en él, un mundo donde el dinero es el rey, y la inteligencia, las relaciones, y la estrategia, el modo de conseguirlo, los animadores han echado el resto a la hora de transcribir las expresiones faciales. Simplemente porque ése es el método, al igual que ocurría en el cine clásico, de mostrarnos, bien lo que un personaje realmente piensa, tan distinto de las palabras que pueda estar pronunciando, o bien la manera en que éste se disfraza para conseguir sus fines, algo crucial en un mundo como el representado, en que es la esgrima verbal, el adelantarse a los pensamientos del contrario, lo que da la victoria, y no la fuerza de las armas.
Una densidad conceptual, casi de curso de economía y política, que ha espantado a muchos de los posibles espectadores de la serie que se habían visto atraídos por la premisa inicial, la de la diosa lobo Horo, que adopta la figura de una joven para volver a los bosques de los proviene, viaje en el que adopta, literalmente, a un mercader itinerante. Una premisa que nos lleva a otro de los invariantes del anime, la cotidianidad en que lo fantástico y lo real conviven, una cercanía que además es muy cara a todos, los que, como yo, somos aficionados a la antigüedad clásica y sentimos cierto cariño por ese mundo en que los dioses y diosas caminaban por la tierra y no tenían reparos en mezclarse con los mortales y compartir su vida.
Una relación, esta de la diosa lobo y el mercader, que resulta otra (por no decir la) de las fortalezas de la serie, puesto que ambos personajes son personas maduras y experimentadas, el uno por su profesión, la otra por sus cientos de años de vida, lo que lleva a que todo momento sepan muy bien lo que se traen entre mano y a que su relación, nos recuerde, nuevamente, a esas parejas míticas de la comedia americana de los años cuarenta, enzarzadas en un combate de palabras e intelecto.
Una madurez de los personajes que en los últimos lleva a algo inusitado, especialmente en un producto como el anime destinado a la juventud y que muchas veces tiende a adular a su público. Se trata simplemente que Horo, al encontrarse con una manada de lobos que les pone en dificultades, no duda en tildarles, lisa y llanamente de niñatos, preocupados por conceptos, como el honor y el orgullo, que no tienen ninguna importancia.
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y no duda en enfrentarse a ellos y cantarles las cuarenta, arropada en la seguridad que le da su edad y su experiencia.
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Para ponerles en su sitio, vamos, demostrándoles que toda su agresividad y orgullo, no son más que pose y fachada.