martes, 19 de junio de 2007

Simplicity

..Entonces se marchó en seguida, estuvo ausente una hora y regresó con una bolsa de seda de raso verde con dos lazos de oro. La adolescente lo cogió, lo desato y lo vació: salieron treinta y dos pedazos de madera; montó unos encima de otros; macho sobre hembra y hembra sobre macho; se descubrió las muñecas, los montó y construyó un magnífico laúd liso de tipo indio. Se inclinó sobre él como la madre se dobla sobre el hijo y le pulsó con las yemas de los dedos. El laúd resonó y gimió por las antiguas moradas, recordando las aguas que las habían regado, la tierra en que había germinado y crecido, los leñadores que lo habían cortado, los barnizadores que lo habían preparado, los comerciantes que lo habían exportado y los buques que lo habían transportado. Chilló, gimió y gritó como si la muchacha le hubiese preguntado todo eso y él contestase.

La una y mil noches, noche 867



Hablaba, en otra entrada de las mil y una noches, de las mil y una versiones/traducciones de esta obra.... o mejor dicho, como al igual que esas montañas erosionados que descubren multitud de estratos, esta obra es la memoria escrita de diferentes siglos, de diferentes pueblos, de diferentes culturas, que han ido depositando sobre una base común nuevas capas, perfectamente distinguibles entre sí a pesar de que intenten mantener un estilo y una temática más o menos común.

Algo que, en esta versión, nos permite reconstruir no sólo el transcurso del tiempo, la variación de las creencias y constumbres, sino el viaje a lo largo de Oriente del corpus cuentístico que forma las Mil y Una Noches, de la India a Persia, de Irak y Siria a Egipto, casi ya en el siglo XVI mientras que en otras versiones, este viaje temporal se detenía mucho antes, mucho más pronto.

Y es que esta versión que estoy leyendo, aunque más o menos igual a la que leí hace casi veinte años, más o menos hacia el último tercio se separa completamente de lo que yo recordaba, hasta el extremo de que cuentos famosímos, como Aladino o Alí Babá han tenido que ser añadidos como apéndices o complementos, mientras que otros no menos hermosos han desaparecido.

No es algo que me hubiera molestado especialmente. Al fin y al cabo, las mil y una noches es una obra abierta, siempre en construcción y siempre inacabada, además de un testimonio de todas las gentes por las que ha pasado. Sin embargo, a medida que esta versión empieza a diverger y aunque continúa habiendo cuentos de especial resonancia, tanto poética como humorística, el nivel medio, a mi entender empieza a resentirse.

En primer lugar se observa una reutilización excesiva del material utilizado. Intentaré explicarme bien. Nunca he padecido, supongo que para mi desgracia, de esa hipersensibilización hacia la copia/homenaje/inspiración que caracteriza a nuestro ambiente cultural actual, según la cual, si no eres absolutamente original y novedoso, no eres un artista. Muy al contrario, siempre he amado y apreciado la reutilización y la reelaboración, o como suelo decir, el utilizar lo antiguo para crear lo nuevo. Sin embargo, en este caso lo que encontramos es una labor de cut & paste de las leyendas antiguas, hasta crear auténticos pastiches que no se sostienen... y que tampoco podemos atribuir a intencionalidades artísticas que serían auténticos anacronismos.

Pero aún así la lectura sería tolerable. Lo peor es que ciertos cuentos se convierten en lo que, usando terminología actual, llamaríamos vehículos de propaganda.

No hay que engañarse, al fin y al cabo, todo cuento y más los antiguos suele tener una ensañaza moral, un "así hay que comportarse para triunfar al final", y por supuesto, una confirmación del orden social y moral de aquel entonces, ergo, cada uno su sitio, los reyes y nobles por encima de artesanos y campesinos, los hombres mandando a las mujeres y éstas obedeciendo, y la religión ordenando la vida en todos sus aspectos.

Sin embargo, algo que cualquier lector de fábulas y cuentos ha aprendido a hacer es el "olvidarse del final" y tener en cuenta sólo el viaje propuesto de la fábula, al contrario de otro de nuestros defectos culturales de ahora mismo, según el cual el final determina el valor del producto cultural y un final flojo lo descalifica por completo. Sin embargo, como digo, el buen lector sabe que toda buena literatura es ambigua e independiente de las intenciones del autor, con lo que muchas veces es posible, utilizando el viaje hasta ese punto, concluir lo contrario que el final propone.

Una paradoja que se muestra muchas veces en las leyendas recogidas en las mil y una noches, donde el transcurso de la narración se muestra contrario a lo que habría de constituir la esencia de la narración, según la moral al uso, ergo, el triunfo del Islám sobre las demás religiones, la sujección del hombre a la mujer, la victoria de las formas aprobadas por las autoridades religiosas y seculares.

Una paradoja que, si se compara esta versión con otra, obligo a los compiladores a limar ciertas escenas y sobre todo a crear cuentos donde la conclusión se estuviese repitiendo una y otra vez, por si acaso alguien se le olvidaba, algo que quita todo el valor a estas narraciones tardías.

Por poner un ejemplo, en uno de los cuentos se narra la conquista del mundo por los auténticos creyentes (nota curiosa: en este caso no comienza en Arabia y la Meca, sino en Irak y Persia, casi en una auténtica venganza literaria frente a los conquistadores árabes), una conquista donde todo lo que hacen los "buenos" está justificado, y todo lo que hacen los "malos" es despreciable, aunque sus acciones sean con frecuencia indistinguibles, como el momento en que uno de los "buenos" extermina a la tripulación del navío que le ha salvado de morir ahogado, simplemente porque estos no quieren convertirse al Islam... y que constituye el leit-motiv de las más de cien páginas del cuento, que se limitan a mostrar una y otra vez, como los "buenos", justificados por la sanción divina, exterminan sin piedad a los "malos".

Una actitud fanática e intolerante que se corresponde con otros productos pseudoartísticos de ahora mismo, como 300, 24 o Rambo, donde cualquier atisbo de logro artístico, se supedita al martilleo de una sóla idea, no sea que alguien se nos extravíe y vea lo que no tiene que ver.

...

Pero aún así y a pesar de todo, en ese último tercio hay momentos de autentica maestría artística, como el fragmento con que inicio esta entrada y que la motivó, aunque luego se haya perdido por las divagación y diatribas.

Y es que pocas veces se ha definido con tal precisión el cariño, la entrega y, por así decirlo, la capacidad evocadora que, a pesar de todas las revoluciones y todas las vanguardias, seguimos asociando al arte.

El como, algo maravilloso e increíble se construyé a partir de elementos dispares, humildes y aparentemente sin sentido, pero que la mano experta sabe descubrir, colecciónar, reunir y dotarles de significado.

El como, cuando finalmente, está completa y ya es admirable por sí, no basta eso, sino que necesita el toque, delicado y firme, que le lleve a la plenitud.

El como ese instrumento y ese artista, se convierten en un simple medium, de su época y de sus gentes, hasta que su voz se haga completamente indistinguible de ellas, y el valor, la gloria y la belleza de su obra le vengan conferidas por lo ajustado de su representación, o mejor dicho, por como su voz supo hablar por aquellos que no pudieron hacerlo.