jueves, 21 de junio de 2007

Playground


Tras muchos años de ver anime, uno empieza a detectar ciertas constantes en la producción, y lo que es peor empieza a darse cuenta de como aquellas señas de identidad que le habían fascinado por su novedad y extrañeza, no son otra cosa que lugares comunes que se copian de una serie a otra, como si fueran patrones, sin más que añadir mínimas variaciones.

Por eso, cuando se abre la temporada de anime, no puedo evitar un sentimiento de aprensión, concretamente que ese año va a ser el año en que todo el edificio se va a venir abajo, y que el anime se va a convertir en lo que es la animación comercial americana (salvo las excepciones de Pixar y demás), un ámbito donde ya no es posible esperar sorpresas, y donde la producción es simplemente de usar y tirar, perfectamente olvidable y prescindible.

Por suerte, siempre me equivoco, y esta temporada no ha sido una excepción, ya que, sin aviso previo, se han colado lo que pueden ser dos clásicos del anime, tanto por la calidad de su animación como por la firmeza de su argumentos, Seirei no Moribito, de la que ya hablaremos y Dennou Coil, que es el objeto de esta entrada.

A primera vista, Dennou Coil puede parecer una nueva visión de un futuro cercano, que sirve para explorar las posibilidades de la tecnología en ciernes. Lo cual es así en cierta manera, puesto que la premisa argumental es la existencia de unas gafas cibernéticas, con la potencia de un ordenador, en las que se proyecta una versión de la realidad actualizada con toda clase de objetos virtuales, que el usuario puede manipular y que, mientras lleve las gafas, serán tan reales o más, que los objetos de verdad que le rodean.

Sin embargo, y aquí empiezan las diferencias, excepto las ubicuas gafas, el mundo en que transcurre la historia es practicamente indistinguible de nuestra realidad de ahora mismo, lo cual favorece que el espectador se crea la historia, puesto que sólo necesita realizar un pequeño salto de fé. Incluso, para reforzar aún más el efecto de cercanía, los objetos virtuales que presenta la interfaz de las gafas, son modelos de objetos cotidianos (hay incluso perros y gatos virtuales) con lo que el espectador enseguida sabe su función y su utilidad, sin necesidad de prolijas explicaciones.

No es el único punto de contacto entre el mundo de Dennou Coil y el nuestro, puesto que en ambos los adultos tienen cierta desconfianza hacia las nuevas tecnologías y son los niños, debido a su innata capacidad de aprendizaje, los que hacen uso extensivo e intensivo de las mismas, hasta el extremo de llevar las gafas puestas a todas horas y a todas las situaciones, viviendo, por tanto, permanentemente inmersos en ese mundo virtual cuyos objetos les parecen tan reales como los de la propia realidad.

Con esta introducción, podría pensarse en una distopia, sin embargo la serie toma el aspecto contrario y nos hace contemplar una regresión en las constumbres. Me explico, tal y como lo vemos ahora, la internet, los videojuegos, los DVD y demás, parecen estar creando una sociedad de personas encerradas en sus habitaciones, que no tienen necesidad de nada exterior. Sin embargo, en el mundo de Dennou Coil, la existencia de las gafas y la realidad virtual que superponen a la realidad real, convierte toda la ciudad en el playground que hemos utilizado como título, un inmenso laberinto lleno de tesoros y sorpresas, peligros y aventuras, donde es posible jugar y divertirse, encontrarse en persona a amigos y enemigos, librar competiciones, proponer retos, establecer alianzas.

Todo ello, de nuevo, como era antes, a plena luz del día.

Un mundo donde las constumbres de antaño, o mejor dicho los juegos de antaños, han sido resucitadas por las nuevas tecnologías. Donde repartidas por la ciudad hay la típicas "casas" que sirven de refugio en los juegos infántiles, así como esos objetos preciosos que sirven para aumentar el prestigio ante el resto de los niños, y que, por convenio, hacen las veces de moneda en ese mundo infantil. Sin contar como se utilizan las gafas para pasarse mensajitos en clase o para fastidiar, atacar y humillar a la facción contraria...

Porque este mundo infantil, no es como podríamos imaginar, un mundo hermoso, inocente e ideal, es un mundo que, como sabe todo el que se moleste en rebuscar en sus recuerdos, refleja e imita el de los adultos, razon por la que se divide en bandas y bandos que rivalizan entre sí, siendo obligado pertencer a uno de ellos para gozar de alguna protección y no ser víctima de los abusos de ambos, a menos que, claro está, sea uno una persona excepcional, capaz de granjearse un permiso que le permita permanecer solo o capaz de mover las cuerdas hasta hacerse con el control de uno de los bandos y ponerse a su servicio.

Y es que, otro de los efectos de esta serie, aperentemente de ciencia ficción, el sutil modo en que te hace bucear en los recuerdos de tu propia niñez, redescubriendo al verlo en la pantalla, aquello que creías ya olvidado... o mucho peor, que nunca había sucedido.