domingo, 3 de junio de 2007

Memorabilia


Man Ray tiene buena y mala suerte con las exposiciones que se le dedican en Madrid.

Buena porque llevamos ya al menos ya tres; mala porque todas, en una medida u otra, son incompletas, y puede dar lugar a una impresión completamente distorsionada del artista.

La primera que yo recuerdo fue en 1999 y, por así decirlo, sería la más clásica u ortodoxa, ya que se centraba en la participación de Man Ray en el surrealismo francés de entreguerras. Sin embargo, más que en las fotos famosas, se centraba en el método creativo del fotógrafo, en cómo planificaba y pensaba las fotos, haciendo hincapie en como tomaba instantáneas completamente anodinas, propias de un aficionado, y, mediante, la manipulación y el recorte, las convertía en imágenes nuevas e irreductibles.

Ese era precisamente la mayor virtud de la exposición y al mismo tiempo su mayor defecto. En efecto, al plantear el estudio de Ray desde un punto de vista técnico, se mostraban las sucesivas copias y borradores de una foto, un proceso en el cual Ray pintaba sobre la imagen, señalando en ella, para no olvidarlo, cual era el detalle que quería conservar y lo que debía añadir, así como todos los intentos que no habían llevado a ninguna parte y que habían sido descartados por el artista.

Sin embargo, a los responsables de la exposición se les había olvidado incluir, al lado de tantas pruebas y ensayos, cual era el resultado final de ese trabajo. El proceso creativo quedaba incompleto y la impresión que un visitante poco familiarizado con la obra de Ray podía llevar, era la de un artista fallido de fama incompresible. Para rizar más el rizo en el interesantísimo catálogo que acompañaba a la exposición, sí se incluían estos resultados finales, lo cual permitía valorar el trabajo de Ray, su dificultad y su rigor.

El año pasado, hubo otra exposición de Ray, centrada en este caso en su época surrealista y en las fotos que él consideraba finales, intentando analizar ese periodo de su biografía artística en profundidad. Sin embargo, ese esfuerzo de análisis comprensivo resultaba ser el gran error de la exposición. Ray, aparte de su faceta surrealista, había trabajado como fotógrafo de modas y como el fotógrafo de cabecera de la elite cultural y artística de su tiempo. Una faceta que, aunque con obras realmente importantes, resulta en general bastante anodina, comparada con la vertiente surreal de su obra.

Sin embargo, el intento de dar una imagen completa de toda su producción en aquella época provocaba que la exposición quedara desequilibrada. En unas zonas se quedaba uno con hambre y en otras empalagado, con el agravante de que, al comentar ciertas obras, se señalaban otras que no estaban en exposición, con lo que se evitaba que el espectador pudiese comparar por sí mismo lo que allí se decía.

No todo era tan malo, como pueda parecer. En sala aparte se proyectaban los films que dirigiera Ray, un auténtico descubrimiento, especialmente por el olvido en que se tiene, dentro de la historia oficial del arte, a todo lo experimental y todo lo que involucre a otras artes.

Este sábado, por último he ido a visitar la tercera exposición de Ray y nuevamente me he visto defraudado. Por resumirlo brevemente, es una exposición sobre los aledaños del artista. El enfoque, esta vez, está en sus épocas de antes y después de su época parisina, e incluso en esta se prefiere lo desconocido y poco característico.

Este enfoque se debe principalmente al origen de la obras, el Man Ray Trust, que conserva todo el legado del artista, tal y como éste lo dejo a su muerte. Evidentemente, se ha preferido dar una visión del Ray menos conocido para que podamos formar una imagen completa del artista, por ejemplo en sus diseños de muebles, su obra pictórica, su pasión por el ajedrez, pero el problema de base persiste, ya que se trata de una exposición para conocedores de la obra de Ray, y que puedan colocar los objetos expuestos en su contexto. Una persona que no tenga una imagen clara de la importancia y significado de la obra de Ray puede salir completamente confuso y confundido, sin entender porque se le dedica una exposición tan grande a un artista aparentemente tan anodino.

Y es que, al final, todo se reduce a problemas de óptica.