jueves, 16 de junio de 2005

Sonata 32

Es difícil hablar de esta obra tardía de Beethoven, su última sonata, sin plagiar involuntariamente a Thomas Mann en Dr Faustus.

Sin embargo, leer la apasionada descripción que hace Mann del segundo y último movimiento de esta obra, en boca de un tanto ridículo conferenciante, es un arma de doble filo. Uno se imagina una música, compone la partitura en su cabeza, basándose en las palabras que la describen, para, cuando se enfrenta uno a la música real, sufrir una aguda decepción.

No existe mejor prueba de la subjetividad de eso que llamamos sensibilidad artística. Escuchando aquella música no podía encontrar rastro alguno de lo que Mann describía. Como en otras ocasiones, sentía que Mann y yo estábamos escuchando distintas obras. Como en otras ocasiones echaba la culpa a la interpretación, a la grabación, a cualquier cosa, menos a mi mismo.

No era la primera vez que sentía esa desilusión, la había experimentado igual cuando vi por primera vez la catedral de León.

Otro no hubiera vuelto, ni a la catedral ni a la obra, yo sabía, sin embargo, lo que había que hacer. Había que volver, una y otra vez, hasta que la impresión se borrase, hasta que los rasgos de la arquitectura, en piedra y en música, se grabasen en uno, hasta que la apreciase por lo que eran ellas, no por lo que me había erróneamente imaginado.

Así que, durante aquel verano del 94 (extraño que las obras musicales se asocien en mi vida a veranos) escuche una y otra vez esa sonata, la última, de beethoven.

Hay algo en la obra de cámara de Beethoven que no se encuentra en sus obras sinfónicas. En sus sinfonías se dirige al mundo, clama y brama, se muestra fuerte y poderosos, seguro de sí en sus ideas. El Beethoven de cuartetos y sonatas es completamente distinto. En esta sonata, en este segundo movimiento, en particular, sentía que estaba en presencia de alguien que quería decirme algo muy penoso, no sobre mí, si no sobre él mismo. Alguien que da vueltas y más vueltas sobre las mismas palabras, entreteniéndose a propósito, intentando retrasar algo que sabemos inevitable, pero que pensamos poder engañar.

No, no es la muerte. Es más bien, como decía Mann una despedida, pero una despedida definitiva, una despedida en la que no se encuentran las palabras apropiadas, y que por tanto se tiñe de una doble tristeza, la de la separación y la de la incapacidad de ser sinceros por una vez, siquiera en ese instante.

Hasta que la música y el silencio se quiebram, repentinos, inesperados, en un torrente de notas, alegres, pero desesperados, consoladores pero al mismo terrible, la conciencia cercana del final, de la aniquilación, y al mismo tiempo el clamor, la súplica, el orgullo, la proclamación del goce de haber vivido, de haber caminado sobre esta tierra, aunque todo, absolutamente todo, nos vaya a ser arrebatado, aunque, en el último momento nos vayan a coger del cabello y obligarnos a mirar, a constatar que todo ha sido inútil y en vano.

Todo es mentira. La vida es una trampa en la que nos han arrojado y no hay nadie a quien echarle la culpa. Y sin embargo, por un momento, la música de Beetoven, aunque por dentro sintamos las lágrimas, la desesperación, el grito interminable de nuestra propia agonía, nos hace creer que sí hay un sentido, que hay un término a nuestra búsqueda, que el amor merece la pena, que alguien nos habrá de recoger al final de nuestro camino, acunarnos y decirnos suavemente: todo mereció la pena, todo tuvo un sentido.

Y aquel verano yo lloraba al escuchar esa música, porque aquella mentira aún era capaz de conmoverme.