jueves, 9 de junio de 2005

En el valle del Nilo (y 4)


¿Por qué no hacéis nada?


Ocurría en el museo copto de El Cairo. El hombre, uno de los vigilantes, extendía su mano hacía mí, la palma hacia arriba. En su muñeca, junto al pulgar había tatuada una cruz.


Vosotros sois también cristianos. ¿Por qué no hacéis nada para ayudarnos?

Frecuentemente, en nuestra ceguera de occidentales, para los cuales todo oriente, de Marrakech a Tokio es una única cosa, olvidamos que cada páis, que dentro de cada país, es un compuesto de personas, a veces tan separadas entre sí por sus ideas y convicciones, como nosotros de ellos.

En el caso de Egipto, como en el caso de Siria, olvidamos que una apreciable parte de la población no es musulmana, sino cristiana copta. Olvidamos también que son uno de los bandos en la guerra de religión, entremezclada con otros temas a tres bandas que asola el Oriente medio. Y olvidamos también que, en el caso de Egipto y como bien señala Gilles Keppel, el extremismo islámico es especialmente fuerte en las zonas con un porcentaje alto de población copta... y que lo coptos son uno de sus objetivos.

¿Qué podía decirle yo a esa persona? Desde su cultura, embebida en la religión, sin poder pensar que existiera algo que no fuera religión, con la misma ceguera que los integristas islámicos, él pensaba, como sus enemigos. que todos los europeos somos cristianos, que nuestro bando en la querra de religión estaba decidido.

¿Cómo podría yo decirle que soy ateo? Para mí todas las religiones son odiosas. Mentiras que deben ser extirpadas de la faz de la tierra, porque no traen consuelo y salvación, sino odio y desesperación. Para mí, él y los islamistas, son la misma cosa, el enemigo a batir, hasta que sus ideas acaben en el basurero de la historia.

¿Pero acaso es así? ¿No me estaré yo equivocando?

Desde mi perspectiva de occidental, creo ser libre, dueño de mi destino. Si quiero algo lo compro. Mi dinero me da derecho a exigir. Puedo comprarme una ideogía propia si me apetece. Jugar a ser rebelde, sabiendo que hay una red que me recogerá.

Pero quizás esto son sólo sueños de pueblos decadentes, de gentes que van a ser arrojadas al olvido de la historia y que se divierten, ciegas, al borde del abismo.

Quizás hayan decidido ya por nosotros, asignado un bando sin que lo supiéramos. Quizás el destino del mundo se está decidiendo ahora mismo lejos de nuestras fronteras, en los lugares en que no queremos mirar porque no hay nada exótico o turístico o quizás al pie mismo de nuestras ventanas se hayan cavado las trincheras y en ellas se libren querras silenciosas.

Quizás es que no somos más que parásitos, gordos, incapaces de moverse, válidos únicamente para ser aplastados.