lunes, 13 de junio de 2011

TDS's archives (I): Waking Life

Para llenar el hueco de los lunes, con textos ya escritos, he decidido empezar a publicar los artículos que desgraciadamente ya no se pueden ver en Tren de Sombras. Empiezo, como se suele decir, por el principio, el primero que públique en esa revista, allá por el año 2003, dedicado a la película de animación Waking Life.

Un texto que demuestra como entonces ya se me veía el plumero animado y como en aquel entonces era capaz de controlar mi irrefrenable prolijidad natural.


Waking Life.
Producción: 2001, USA, Detour Films.
Escrita y Dirigida por Richard Lintlaker
Producida por Jonah Smith, Anne Walker-Mcbay, Palmer West, Tom Pallota
Música de Glover Will y Tosca Tango Orchesta
Animadores: Jason Archer, Paul Beck, John Bruch entre otros.
Voces de Wile Wiggins, Lorelei Lintleker, Trevor Jack Brooks, Glover Gill, Laura Hicks entre muchos otros


Vivimos en un sueño, como decía el clásico, o también como señalaba el obispo Berkeley, allá en el siglo XVIII, la realidad no existe y sólo es un producto de nuestros sentidos. Ése es quizá uno de los  mensajes, el más obvio, que se puede sacar de esta cinta. Y sin embargo, en esta película en la que no se hace más que hablar de filosofía, toda está orientada a su aplicación práctica, a su impacto sobre el mundo, a demostrar como puede influir por el mundo.



No es la primera de sus contradicciones.

Nos encontramos ante una cinta de animación, pero el espectador no avisado se encontrará en un terreno desconocido, ya que no estamos hablando de Disney, ni de animación japonesa, ni tampoco de la ironía y desparpajo de las series americanas destinadas a un público adulto. Estamos hablando de la obra de uno de los maestros del cine independiente Americano, Richard Lintlaker, y si esta cinta es una excepción en el panorama de la animación actual, no lo parece menos en el conjunto de la obra de este autor.

Sin embargo todo no es más que una ilusión, una más en el juego de espejos y espejismos que se descubren en esta película.


En primer lugar por su técnica. Las diferentes escenas que componen la película han sido rodadas en imagen real y luego transformadas en dibujo animado. ¿Una arbitrariedad? Quizás así parezca para la mayoría del público, pero en un mundo en que el dibujo animado, encarnado en los CGI, pretende copiar la realidad hasta el extremo de ser indistinguible de ella, no deja de tener su sentido que, en esta cinta, la realidad sea substituida y disuelta por la ilusión. En el fondo, nos hallamos ante un ejemplo magnífico de adecuación entre forma y fondo, que demuestra asimismo la originalidad del director, al ser utilizado este recurso para plasmar la irrealidad del mundo, sin recurrir a alucinaciones, sueños o flashbacks que revelen un mundo paralelo, el camino tan trillado de las películas de ciencia ficción, horror y misterio.

No es tan extraña esta postura, puesto que no estamos en el terreno de la fantasía. Vivimos en ese mundo, y al igual que su anónimo protagonista, no podemos escapar de él. Por esta razón, la animación varía a lo largo de toda la película, de acuerdo con el grado de consciencia y, casi podríamos decir, compromiso, que el joven experimenta. Pasa desde ser una leve presencia turbadora, intuida en el continuo movimiento de las formas y fondos, en la irrealidad de los colores, a cobrar vida propia, comentando las diferentes visiones del mundo que se nos presentan, para, al final, llegar a hacerse dueña de la realidad, destruyendo la seguridad y conformidad en que el protagonista, y nosotros, nos movemos.

Conformidad. Porque éste es otro de  los puntales de esta película. En este mundo moderno, donde la información nos bombardea continuamente por todos los canales imaginables, la mayor parte del tiempo nos limitamos a vagar, aprendiendo y olvidando, casi simultáneamente, todo tipo de ideas, sin reparar en que se contradigan o en lo que nos demanden. Así se mueve este joven durante toda la primera parte de la película, en todo similar al espectador pasivo que observa desde su butaca, incapaz de establecer un orden en el mundo que sale a su encuentro, hasta que algo, simple, extremadamente simple, le fuerza a cambiar de actitud y salir al encuentro del mundo.


Actuar. Quizás sea esta la tercera clave. Vivimos en la época más apasionante de la historia, afirma, lleno de optimismo, un vagabundo. Algunos críticos americanos ya señalaron la importancia del mensaje de esta película en un mundo post-11/9, inundado por el pesimismo, paralizado por la confusión de ideas y la falta de seguridad. Un mundo en el que es necesario, mas que nunca, el pensamiento aplicado a la acción, puesto que cada una de las visiones que se escuchan exige adoptar una actitud ante el mundo, y todas ellas  parecen apuntar hacia el mismo objetivo. Solidaridad, compromiso, democracia, libertad. Palabras que se escuchan una y otra vez a lo largo de la cinta. Pero esta no es una obra de tesis. Voces discordantes rompen el acuerdo y, como dice uno de los personajes al ver a un anciano encaramado a un poste, “él es todo acción, nosotros todo pensamiento”. Las palabras por sí solas, por muy grandes o importantes que sean, no sirven de nada disociadas del mundo.

No, no es una obra de tesis. El joven protagonista sigue su viaje, sin decantarse por ninguna filosofía ni participar en ella. Solo excepcionalmente se produce y es por que él se ha visto subyugado por la belleza irreal de una mujer encontrada en el camino. Muy al contrario, a medida que avanza la película y se obra el despertar, el falso despertar, del protagonista, se produce una transición del mundo exterior al mundo interior. Al final, la única cuestión importante es el significado de la propia existencia, la única pregunta ante la cual no es posible quedar indiferente o escapar, ya que, una vez planteada, no existen, ni para el joven protagonista, ni para nosotros, una vuelta atrás a la seguridad de la habitación o la comodidad de nuestra butaca. Ni siquiera dominar el sueño/realidad, nos servirá, ni, por supuesto, intentar despertar a la realidad auténtica, si es que ésta existe. Cada intento solo consigue acrecentar la desesperación y, como en la vida, la cinta se detiene en el umbral de la muerte, sin dar una respuesta.


Para concluir, no deja de ser irónico, que en una época en que se acumulan elogios sobre el magro contenido filosófico de algunas obras, una creación como ésta, henchida de pensamiento, original en su forma y planteamiento, haya pasado casi sin pena ni gloria, excepto para unos pocos.

Nadie dijo que la filosofía tuviera que ser fácil... ni agradable.

domingo, 12 de junio de 2011

100 AS (LVIII): Jumping (1984) Tezuka Osamu





















En mi revisión semanal de la lista de mejores cortos animados recopilada por el festival de Annecy, le ha llegado el turno a Jumping! realizado en 1986 por Tezuka Osamu, el famoso mangaka, con animación de Kobayashi Junji.

Para entender lo que significa este corto hay que fijarse primero en la técnica con que está hecho, una exigencia metodológica que debería ser familiar para los seguidores de este blog. En sí. la técnica de los dibujos animados no es más que superponer personajes en dos dimensiones sobre un fondo en dos dimensiones, para desplazarlos sobre él. De esa manera, se ahorran tiempo y esfuerzo, pero a cambio, la animación corre el peligro de reducirse a personajes que entran por un lado del cuadro y salen por el otro, manteniéndose siempre a la misma distancia del espectador. En animaciones baratas, como la mayoría de las que produjeron Hanna-Barbera durante tres décadas, no se hace ningún efecto para combatir es planaridad, de manera que los personajes caminan deslizándose, sin que se aprecie el esfuerzo que eso supone, y el fondo es una tira continua repetida en un ciclo sin fin.

Otras tradiciones, como el anime, con el mismo problema económico, han intentado romper esas restricciones, insertando a su personajes en ambientes con efectos de perspectiva,  situándoles a diferentes distancias, y copiando los encuadres y movimientos de cámara del cine de personajes reales, de manera que aunque el movimiento sea mínimo, estos personajes inventados parecen habitar en el mundo real, en lugares que podrían ser recorridos y explorados por nosotros mismos.

No obstante, ciertos tipos de movimientos de cámara, como el travelling que son muy difíciles de realizar en animación ya que requieren que el fondo también se mueva, en el sentido de aproximarse o alejarse de la cámara, y por tanto suponen que esté deba ser también animado, teniendo que dibujarlo por entero en cada plano. Como pueden pensar esto sólo está al alcance de los grandes maestros, al menos antes de la llegada del ordenador, ya que si difícil es reproducir convincentemente el movimiento de un sólo personaje, hacerlo de todo un decorado, con el nivel detalle que se espera de un fondo y sin cometer errores es una tarea que puede producir crisis mentales en los trabajadores más minuciosos.

Esta dificultad, una de las mayores que puede afrontar un animador, provoca que siempre que se ve un fondo animado, esa producción suba bastantes enteros en la apreciación de los aficionados. No otro es el caso del corto de Tezuka que estoy comentando, ya que se trata de un auténtico tour-de-force animado, en el que el tema es precisamente la animación del fondo, o mejor explicado, un corto en el que no se ve nunca al protagonista, cuya identidad y naturaleza permanecen siempre en el misterio, sino que lo que vemos es precisamente lo que ve ese personaje, es decir, el mundo animado.

Un tour-de-force que no se restringe a ese reto ya de por sí fuera del alcance de la mayoría, sino que se atreve a rizar el rizo de la dificultad, puesto que los movimientos de este personaje no son normales, sino que consisten en una serie de saltos de altura y velocidad creyente que le llevan a escenarios cada vez más diferentes y dispares, en una progresión imparable, pero que se las arregla para guardar cierta lógica interna.

Como digo un auténtico ejercicio de estilo, en el que las posibilidades de la animación, antes de la introducción de los ordenadores se llevan a sus últimas posibilidades técnicas. Un experimento formal de altísima calidad, es cierto, pero que en ningún momento se hace aburrido o incompresible, en parte por el perfecto dominio del ritmo por parte de Tezuka y Kobayashi, parte de esa progresión lógica e imparable a la que hacía referencia, pero sobre todo debido al sentido del humor del mangaka, capaz de introducir toda clase de chistes y gags que se insertan con naturalidad en la leve trama.

Y como siempre les dejo aquí el corto. Observenlo con gran atención, ya que Tezuka introduce gags que apenan duran un par de fotogramas, pero sobre todo disfrútenlo.


sábado, 11 de junio de 2011

Books









Acabo de ver The Secret of Kells, producida, parece mentira hace ya tres años, en 2008. Es una obra de una  belleza formal extraordinaria, lo cual es la única racionalización que se me ocurre aportar para explicar la profunda emoción que me ha producido. Profunda emoción, es cierto, pero teñida de una no menos profunda tristeza, ya que si estos últimos años produciendo una larga lista de magníficas producciones animadas al modo tradicional, debido al acicate que supone el éxito irrefrenable de la 3D, no es menos cierto que quizás esta cima no sea sino un último hurra, antes del desplome final, como tantas veces ha ocurrido en la historia del arte, en esos momentos de transición entre formas y estilos.

Pero ciñéndonos a la película. Lo que más sorprende en ella y lo que más emociona, como digo, a aquellos que hemos crecido en un tiempo en que la animación era ante todo dibujo, es que esta película fundamenta su impacto en su estilo gráfico, en hacer protagonista absoluto a la línea, al diseño, al color y a la composición, intentando transmitir el estado estados de animo con que debe observarse cada escena, supliendo la información que la película, su trama y sus diálogos, nos ofrecen sobre sus personajes,caracterizándolos visualmente casi por completo.

Una decisión que podría parecer gratuita, pero que en una película cuya trama teje una leyenda sobre la creación de un famosisímo manuscrito iluminado del siglo IX, el libro de Kells, no puede ser más lógica, ya que todo ese diseño intenta replicar la rica apariencia caligráfica de ese libro, famoso por lo intrincado de sus diseños y la pureza de sus diseños. Un paralelo que no sólo es visual sino que constituye el centro de la trama de la película, cuyo motivo principal, es como digo, la creación de ese libro y su protección contra todos los peligros que pueden amenazarle, al ser una pieza única cuya destrucción sería irremediable, no sólo por su belleza, esa belleza que da esperanza al mundo, sino por constitiur el legado de toda un pueblo, simbolizado por el trabajo de todos aquellos que dedicaron su vida a crearlo.

Ideas del pasado, en un tiempo en que todo es reproducible (o al menos se supone así) y por lo tanto siempre accesible, inmortal e indestructible, robando al libro de parte de su valor, al no ser ya, como digo, algo irrepetible, cuya destrucción sería irrepetible y por cuya protección, por tanto, valdría la pena perder la vida, como ocurre con los personajes de esta película. Ideas periclitadas y transnochadas, porque lo que lo que se intenta transmitir a las generaciones siguientes es un objeto, algo tangible, cuyo peso se puede sentir, cuyo olor se puede reconocer, y no algo virtual, lejano, separado de todos nosotros y como digo, en cierta manera desprovisto de trascendencia e importancia.

Ideas mucho más antiguas aún. Ya que el mundo en el que viven los personajes, es especialmente primitivo, un mundo en que la religión nueva, el cristianismo que asociamos a occidente, es aún una religión nueva, que vive entre las ruinas y los vestigios de las religiones antiguas, cuyos dioses y presencias siguen aún vivos, en los bosques eternos donde la civilización, la de las ciudades y los manuscritos no puede penetrar, y donde las fuerzas del progreso son completamente impotentes.

Un mundo habitado por seres mágicos, inmensamente más poderosos que los hombres, pero al mismo tiempo un mundo más amable y reconfortante, como sabe todo buen conocedor de la antigüedad grecorromana, ya que en él. el hombre nos está solo en medio de la naturaleza, como en nuestra sociedad laíca, ni a solas con un dios celoso que todo lo anota, sino rodeado continuamente por presencias, tanto benéficas como maléficas, entre las cuales el ser humano es un actor más de esa obra cósmica, en la cual la naturaleza, esa naturaleza habitada, no le es indiferente.

Y así, como nuestro monje protagonistas, es posible perderse entre esos bosques eternos para encontrar a los dioses, a los espíritus que en ellos habitan.

jueves, 9 de junio de 2011

Frenzy


Leyendo los comentarios a una de mis entradas anteriores, me he dado cuenta que estaba siendo injusto con la presente temporada de anime. No todas las producciones merecen caer en el saco del complejo Moe/Kawai, y las hay más que interesantes, aunque queda todavía por ver si culminarán en algo o no.

Entre estas excepciones se encuentra la segunda temporada de Kaiji, tercera entrega de una franquicia que comenzó con Akagi, ambientada en los años 50 del siglo XX y la primera temporada de Kaiji, supuestamente contemporánea. Las tres series comparten una serie de características, que al mismo tiempo les separan de la inmensa mayoría de producciones contemporáneas.

La primera y más aparente, es su diseño de personajes, muy pocas veces utilizado en el anime. Anguloso y duro, de ése al que cuesta acostumbrarse por su novedad, pero sobre todo maduro y adulto, alejado de esa blandura que está de moda en el anime, como corresponde a una serie que transcurre en los ambientes del inframundo, entre gánsteres y tahures, y donde la locura del juego, el frenesí por conseguir dinero a cualquier precio es la única pasión que mueve a los personajes.

En cierta manera, este anime podría verse como una transmutación de tantos animes basados en juegos de cartas, como Yu Gi Oh (o versiones moe como Saki), ya que toda su trama puede reducirse a las larguísimas partidas, exageradas hasta el extremo, en las que el personaje protagonista se ve envuelto en su búsqueda por ese dinero fácil. De hecho, podría incluso verse como una versión sin sangre y en nuestro tiempo, del modelo que animaba a series míticas como Saint Seiya o Dragon Ball, donde el protagonista se veía enfrentado a enemigos cada vez más poderosos, cuya victoria, al igual que la de los caballeros andantes de las novelas, servía para aumentar su fama y su poder.

No obstante, existe una clara diferencia que le separa de ambos tipos de series. En primer lugar, que los combates sean ante todo elaborados juegos de inteligencia, donde episodio tras episodio, los contendientes permanecen sentados uno frente al otro, intentado adivinar su juego, adivinar sus debilidades y adelantarse a sus decisiones para tenderle una trampa. Por otra parte, y al contrario que los complejísimos juegos de cartas, especialmente diseñados para múltiples y repetidos deus ex machina, los juegos de Kaiji son extremadamente sencillos y su mecánica acaba por desvanecerse a lo largo de la partida, substituida por ese combate de caracteres y de resistencia, donde las trampas y los engaños, mentales y reales, que los jugadores se tienden los unos a los otros, junto con las alianzas y enemistades que se tejen alrededor de las partidas, acaban por tomar el primer plano.

En resumen, una serie notable por ahora, tanto por ese apartarse de la moda que domina el anime actual y apelar a un público más maduro, como por centrar su encanto en esos ambientes sórdidos, de los que sólo se puede salir usando la inteligencia y la astucia, no la fuerza bruta




miércoles, 8 de junio de 2011

Vertigo


Hay ahora mismo abierta, en el Museo Arqueológico Nacional (o lo que queda de él), una exposición que me va a hacer romper mi inveterada costumbre de no comentar las exposiciones hasta que están a punto de cerrar. Se trata, por supuesto, de la muestra Retratos del Fayyum, esas extrañas pinturas de difuntos encontradas sobre las momias egipcias de época romana, extraña resurrección de otra que no pudo ser en el Museo del Prado. Una exposición más que esperada y que, sin embargo, no ha provocado ninguna aglomeración descomunal, propia de esas exposiciones del siglo, que se anuncian en todos los medios.

Como digo, nada más que unos cuantos curiosos y despistados, lo cual es mucho mejor ya que permite disfrutar de estos hallazgos excepcionales de la arqueología, de estas obras maestras del arte en completa tranquilidad y silencio, como merecen y deben serlo.

Antes de comenzar con mis divagaciones habituales, debo decirles que hay expertos y eruditos que les pueden contar mucho más y mejor sobre estos retratos encontrados en la región egipcia de El Fayyum. de hecho lo que deberían hacer Uds. los pocos lectores de este blog es abandonar esta entrada inmediatamente y dirigirse al web de J.E. Berger, World Art Treasures, concretamente al área dedicada exclusivamente a estos retratos. Allí encontrarán todo lo que deseen saber y mucho más.

Lo único que yo les puedo decir (y es una pena que esta exposición me halla pillado ya, viejo y desengañado) es la doble impresión de extrañeza y eternidad que estos retratos producen en el espectador. Extrañeza porque no tenemos otras imágenes más poderosas que nos haya legado la antigüedad, unos retratos en los que personas completamente normales, no reyes, ni héroes, ni generales, nos miran directamente a los ojos, como si fueran nuestra propia imagen, reflejada en un espejo. De ahí la sensación de eternidad, puesto que por un instante, puede parecer que los siglos han sido abolidos y que nada, absolutamente nada, nos separa de esas gentes, a las cuales contemplamos en su propia carne aún viva.

Pero... ¿es eso cierto?

Como sabe cualquiera que se haya tomado el trabajo de rebuscar en la historia de la antigüedad grecorromana sabe que bajo la lista de emperadores, reyes, guerras y batallas, se oculta un inmenso vacío. Mejor dicho, un inmenso corpus de conocimientos parciales, muchos inconexos y con inmensas lagunas. De hecho, nada hay más difícil que imaginar qué podrían pensar, qué nos podrían decir, esas personas que  nos parecen tan vivas, tan presentes, en los retratos.

Unas personas que, de hecho, pertenecen a una élite, las únicas capaces de pagarse los costosos ritos de embalsamamiento, decoración y enterramiento. Una élite extranjera, medio griega, medio romana, vestida con ropas distintas a las del campesino egipcio y hablando también probablemente una lengua distinta, ya fuera griego o latín, no el copto que aún sobrevive en el Egipto actual. Unas personas que, no obstante, vivían en una cultura hibrida, donde los conceptos egipcios y los conceptos grecorromanos se habían mezclado, fusionado y disuelto en compuestos inesperados y sorprendentes, que aún no somos capaces de comprender enteramente, como demuestra esta asociación de retratos romanos, con su intento de representar al difunto, al antepasado tal y como era, con los ritos egipcios de preservación del cuerpo para la eternidad.

Unos objetos, en fin, que no sabemos muy como eran creados y utilizados antes de ser depositados en la sepultura, puesto que hay huellas de que estos retratos, antes de ser integrados en las momias, estuvieron colgados en alguna parte, a la vista de todos, y que fueron manipulados y modificados antes de ser añadidos al envoltorio funerario. Incluso, hay huellas de que las mismas momias fueron expuestas antes de ser enterradas y que en algún momento, todos esos despojos, conjuntos englobando varias generaciones, fueron retirados y enterrados juntos, quizás por algún cambio en la moda funeraria.

Pistas sorprendentes, que aumentan el misterio de esos retratos de un realismo y una proximidad inusitadas, y que nos demuestran cuan poco sabemos de esa gente, por muy cercanos y familiares que nos parezcan.



domingo, 5 de junio de 2011

100 AS (LVII): Le Paysagiste (1976) Jacques Drouin

















En mi recorrido por la lista de mejores cortos animados recopilada por el festival de Annecy, le ha llegado el turno a Le Paysagiste, realizado en 1976 por Jacques Drouin para la NFB de Canada

No voy a martirizarles de nuevo con la importancia de la NFB en la historia de la animación, si han ido siguiendo estás notas, ya se habrán dado cuenta de la cantidad de veces que esa institución pública ha aparecido. Sí me interesa, por el contrario, señalar que la técnica utilizada en este corto es la de la pin screen o écran d'épingles, la pantalla de púas en traducción española, que ya apareció bastantes cortos atrás cuando hable de la pareja Alexandre Alexeief y Claire Parker.

Muy resumidamente, la écran d'épingles, simplemente consiste de una pantalla en la que se han introducido gran cantidad de alfileres, los cuales pueden hundirse haciendo presión sobre ellos. El truco está en que si se ilumina la pantalla con luz que llegue desde un cierto ángulo, los alfileres que no se han hundido harán sombra sobre los que se han hundido, creando una impresión de tridimensionalidad, que en manos de un experto puede conseguir auténticas pinturas.

El concepto, como se ve es muy básico, pero puede complicarse tanto como se quiera, ya que según de abrupta sea la transición entre las zonas hundidas y las que no, junto con el ángulo de incidencia de la luz, pueden conseguirse todo tipo de tonalidades de gris, a la manera que se este efecto se consigue con rayados o enrejados en tipografía o en dibujo técnico. De esta manera, tenemos la posibilidad de pintar y fotografíar diseños tan complejos como se quiera, a la manera que un pintor trabaja con el lienzo, sólo que utilizando objetos de formas diversas para presionar sobre la écran d'épingles, lo cual connfiere al trabajo sobre ese soporte una cierta calidad de action painting, de acto de magia mediante el cual la forma se materializa ante los ojos del espectador con medios completamente inesperados.

Esta técnica no pasaría de ser una curiosidad con la que imitar los resultados del dibujo tradicional, sino fuera porque, evidentemente, nada impide elevar las espinas hundidas, presionar las que no lo están. De esta manera el artista puede transformar la imagen que acaba de crear, trasladar patrones sobre su superficie, cambiar la iluminación jugando con el ángulo de la luz que utiliza para iluminar la pantalla, hacer aparecer elementos nuevos de la nada, o mucho más espectacular, transformar la imagen completa en otra completamente distintas, acciones muy costosas en la animación tradicional, pero que con esta técnica se podían conseguir de forma muy sencilla, y con una perfección inimaginable antes de la llegada del ordenador.

No obstante, el enorme trabajo de planificación que esta técnica exige y la horas de práctica que requiere del animador hasta que adquire, digamos, el instinto que le permite adivinar como debe transformar la imagen y con qué herramientas, provoca que los cortos realizados con esta técnica se puedan contar con los dedos de una mano. Aparte de Alexeïef, su inventor, casi podría decirse que la estirpe se acaba con Drouin, y es difícil que se continúe en un tiempo de ordenadores, sino es por la simple razón de conseguir un tour de force.

Aún así, como digo, los cortos realizados con esta técnica no pueden calificarse de otra manera que como asombrosos, y este de Drouin es una de sus mejores muestras. La brevísima anécdota del pintor que entra en su obra y se encuentra con los pensamientos que le han dado origen, expresados de forma críptica e inescrutable, permite apreciar la potencia de esta técnica apenas cultivada, su capacidad como digo de animar los más intrincados diseños y de metamorfosearlos ante nuestros propios ojos.

Aquí, a continuación, les dejo el corto, tras esta más que innecesaria introducción. Procuren disfrutarlo, dejense fascinar por su imágenes, porque es uno de los grandes.



Le Paysagiste, Jacques DROUIN, 1976 por shortanimatedworld

sábado, 4 de junio de 2011

More is less


Ver el Alice de Disney justo después de haber visto el Alice de Svankmajer no se puede definir de otra forma que una inmensa decepción. O por ser más explícito, como una película puede contar con una animación insuperable aún hoy, a pesar de los ordenadores, tal y como se esperaría de la productora del ratón, y al mismo tiempo ser una adaptación completamente errada, tal y como también se espera de la empresa del ratón.

Vayamos por partes.

Hay egregias obras literarias que, por una razón u otra, han sido presas habituales de un proceso de infantilización, en el que se han ido desvirtuando las intenciones originales, hasta que la relación con el contenido original es poco menos con anecdótica. El caso más famoso es el de Gulliver's Travels, esa despiadada y demoledora sátira contra el género humano, convertida en una historia jocosa sobre diferencias de tamaño, con la que pasar una tarde con los niños. Tal es el caso de Alice's Adventures in Wonderland, esa carga de profundidad disfrazada de relato maravilloso, que en manos de Disney ve desaparecer todo aquello que pudiera agitar conciencias y sembrar dudas, lo cual provoca que, aunque más literal que la versión de Svankmajer,traicione al texto original por completo.

Curiosamente, esta película inaugura una década, la de los años 50 que contiene alguna de las obras más famosas de Disney, a pesar de él, podría decirse. Hay muchas maneras de narrar la biografía del director y empresario americano, pero una de datas podría resumirse en como paulatinamente se va apartando del mundo de animación en el que cosecho sus primeros éxitos, dejando de animar sus cortos para sólo dirigirlos, olvidándose de los cortos para ocuparse de los largos, para finalmente obsesionarse con las emisiones televisivas y los parques de atracciones. Este alejamiento provoca que en los años 50, el estilo de sus largos empiece a modernizarse y actualizarse, en parte también por la influencia de la UPA, dando origen a algunas de las obras más anómalas del estudio, en su aspecto estético.

He dicho en su aspecto estético, porque la influencia de años anteriores y la supervisión del amo se siguen notando, de forma que en obras como Alice in Wonderland, esa absoluta perfección técnica se asimila con los defectos de la casa, que aún hoy siguen produciendo que la obra de Disney se contemple, al menos desde un punto de vista crítico, con una mezcla de profunda admiración y no menos intenso rechazo.

Volviendo a Alice, la obra que abre esa década anómala como digo, lo primero que se observa es que el estilo Disney es especialmente inapropiado al contenido literario que se quiere adaptar, y cuando hablo de estilo Disney me refiero a su diseño de personajes, el que los hace parecer adorables y entrañables, el mundo en que habitan amable y gracioso, lo que entra en conflicto con el hecho de que Alice se ha adentrado en un mundo en el que no valen ninguna de nuestras reglas habituales, y por tanto, esencialmente inquietante y peligroso, como bien reflejaba la película de Svankmajer,

Esta dulcificación del mundo en el que se adentra Alice, desvirtuando la intenciones de Carroll, que sabía demasiado  bien de la crueldad que se esconde tras todos los cuentos infantiles, implica que la película se centre simplemente en los maravilloso del mundo en el que se adentra Alice, apartando la vista de todo lo demás. A esto se une la obsesión de la productora por trufar sus películas con continuas bromas visuales que se superponen a la narración, y que en muchos casos serían perfectamente aplicables a cualquiera de las producciones Disney, convirtiendo a la historia en una mero soporte donde colgar los tics del estudio, sin esforzarse en intentar analizar el texto y seguir las vias que apenas estaban implícitas en él.

¿Importa ésto? Como ya he dicho, la obra es impecable técnicamente, e incluso se podrían pasar las constantes bromas visuales, la omnipresente banda sonora y los constantes números musicales. Todo ello, queramos o no, podría representar otra forma de ver alice, más ligera, más amable, para todos los públicos, como ocurría con el Gulliver de los Fleischer. Sí, todo eso sería perdonable, pero lo que no es perdonable en ningún caso es que se retuerza el personaje de Alice, rebelde por antonomasia contra el mundo racional del que proviene y el irracional en el que se ha adentrado, en la vieja fábula moralística de la joven castigada por su curiosidad.

Ya se sabe, esa curiosidad que te lleva a hacerte preguntas.

Normalmente del género incómodo.

jueves, 2 de junio de 2011

Drifting (y IV)

Le cœur me battait. Je la décachette, et je vois l'adresse en italien: Au plus honnête homme  que j'aie connu au monde.  Je déploie,et je vois au bas de la feuille: Henriette. C'était tout. Elle avait laisse la feuille en blanc.  A cette  vue je suis resté immobile en corps et en âme. Io non mori e non rimasi vivo. Henriette! C'était son style, son laconisme. Je me suis rappelé sa dernière lettre de Pontarlier, que j'ai reçue à Genève, qui ne me disait autre chose que: Adieu. Chère Henriette que j'avais tant aimée et qu'il me paraissait d'aimer encore avec le même feu. Tu m'a vu, et tu n'as pas voulu que je te voie? Tu as peut-être cru que tes charmes puissent avoir perdu la force avec ils enchaînèrent mon âme il y a seize ans, et tu n'as pas voulu que je voie qu'en toi je n'ai aimé qu'une mortelle. Ah cruelle Henriette, injuste Henriette! Tu m'as vu et tu n'as pas voulu savoir si je t'aime encore. Je n'ai te pas vu et j'ai ne pas pu savoir de ta belle bouche si tu  es heureuse. C'est la seule question que je t'aurais faite.


Giacomo Casanova, Histoire de ma vie, Volumen IX, Capítulo IV

El corazón me latía.Rompo el sello y veo la dirección en italiano: Al hombre más honesto que yo haya conocido en el mundo. La despliego y veo al final de la hoja: Henriette. Eso era todo. Había dejado el resto de la hoja en blanco. Ante esta vista permanecí inmóvil, en cuerpo y en espíritu. No moría y no estaba vivo. ¡Henriette! Ese era su estilo, su laconismo. Me acordé de su última carta desde Pontarlier, que recibí en Ginebra y que no decía otra cosa que Adiós. Amada Henriette que tanto había amado y que aún me parecía amar con idéntico fuego. ¿Me has visto y no has querido que te viera? Quizás creías que tus encantos podían haber perdido la fuerza con la que encadenaron mi alma hace dieciséis años y no quería que descubriese que sólo había amado a una mortal. ¡Ah, cruel Henriette, injusta Henriette! Tu me has visto y no has querido saber si aún te amaba. No te he visto y no he podido saber de tus bellos labios si eras feliz. Es la sola pregunta que te hubiera hecho.

Hablaba en otras ocasiones de la radical diferencia que existe entre los seductores Casanova y Don Juan, el primero preocupado únicamente por conseguir trofeos, mejor cuanto más difíciles y peligrosos, el segundo eterno enamorado, capaz de recordar con auténtica emoción a sus amantes de antaño, pasados los años, como muestra este pequeño extracto, en el que un Casanova de casi cuarenta años se topa con un antiguo amor de cuando tenía veinte.

Habría que añadir otra cosa, y que nos explicaría aún más esta emoción, y es simplemente que el Casanova que nos cuenta esta historia, todo lo decorada y deformada que se quiera, es un anciano de setenta años, convertido en una ruina por sus correrías a lo largo de toda Europa y las múltiples enfermedades sexuales contraídas en sus aventuras amorosas. Un hombre sin fuerzas y sin ilusiones, empleado como bibliotecario en Bohemia, en el castillo de Dux (actual Duchov) por un noble local, y que cuando escribe estas líneas, en la década de los 90 del siglo XVIII, contempla como todo el mundo que había conocido, el de sus amores y sus juventud, está siendo barrido por el viento de la revolución francesa, y como su propia patria, la serenísima república de Venecia ha dejado de existir tras 1000 años de historia, abolida por un Napoléon aún joven, pero ya temible.

Unas memorias nostálgicas y retrospectivas, celebración de una juventud y de una felicidad perdida, donde determinadas mujeres, como la Henriette de este pasaje, se convierten en recuerdos imborrables, presencias perennes, cuyo memoria es agridulce, teñidas de un romanticismo que suponemos muy posterior y no de un XVIII decadente, encarnado en novelas como Les Liaisons Dangereusses o especialmente el Marques de Sade. Una sentimentalidad amorosa que a nuestro tiempo, tan cínico y tan desengañado, le haría fruncir el ceño, extraña paradoja hablando de ese gran libertino que es Casanova, pero que inspirarían a las generaciones posteriores, esas caracterizadas por el puritanismo victoriano, como demuestra que muchas décadas más tarde, aún se mostrase en un hotel Ginebrino, el cristal de la ventana donde Casanova y Henriette habían gravado su amor y la posibilidad de su fin, asesinado por el tiempo... el famoso ¿te acordarás de mí, cuando esto haya terminado? tan temido por todos los amantes.

Romanticismo. Libertinaje. Puritanismo. Cinismo. Desengaño.

Como se ve, no hago otra cosa que acumular contrarios, lo cual es normal, ya que se quiera o no, estoy proyectando los conceptos de mi tiempo, sobre una época pasada, en la cual no encajan, por mucha fuerza que aplique.

Ya que en esta relación Casanova-Henriette, el famoso seductor, la joven en dificultades de la que éste se aprovecha, es ella quién le deja a él, sabedora de su inconstancia, e incluso le obsequia con una fuerte cantidad de dinero en pago de sus servicios y su amor, en curiosa inversión de los papeles sexuales y en contradicción abierta con ese delicado romanticismo que enamoró al siglo XIX y hace sonreírse con escepticismo al XXI.

Más aún, ya que en este reencuentro Casanova/Henriette. Ella no se mostrará hasta el final e incluso en ese instante por carta, cuando el aventurero italiano ya esté lejos, y preferirá intimar con la mujer que acompaña a su antiguo amanta, llegando incluso, según nos relata Casanova, a compartir noche y lecho con ella, buscando hallar qué es lo que el prefiere y ansía ahora en una mujer, amándole en su objeto amado, como diría Hesse a principios del XX

Lo cual no encaja, como ya advertía, en los conceptos a los que estamos aconstumbrados.