lunes, 20 de diciembre de 2010
100 AS (XXXIXb): The Hole (1962) John & Faith Hubley
He indicado en otras ocasiones como, aparte de comentar la lista oficial de mejores cortos de animación que recopilara el festival de Annecy, estoy utlizando corto de una lista B, ni más ni menos, que la recopilación no demasiado legal de esos cortos que circula por la Internet. Obviamente, la lista A y la lista B deberían coincidir, pero no es así, puesto que algunos cortos son casi inencontrables, sí, en este tiempo de Youtubes, al no haber sido editados en DVD, ni haberse repuesto desde hace años por TV, así que lo compiladores de la lista B han incluido otros cortos para substuir los que faltan, lo cual permite cubrir algunas omisiones de la lista A y ampliar un poco más el rango de animadores y estilos contemplados.
En este caso el corto elegido es The Hole, realizado en 1962, por el tándem John y Faith Hubley, autores que aparecieron hace unas cuentas semanas en esta reseñas. Personalmente yo hubiera elegido otro corto, pero este también es un magnífico ejemplo de la importancia de esta pareja en la historia de la animación.... aunque cualquiera que quiera evaluarlo por si mismo, tendrá que conformarse con las copias difuminadas de Youtube o los trasvases de VHS a DVD que se pagan a precio de oro en la internet, al menos hasta que se editen las, así dicen, apabullantes restauraciones que algunos privilegiados ya han podido ver.
¿Y cual es esa importancia de la que tanto hablo? Como también recordaran los (pocos) habituales de este foro. Hacia 1950, la productora americana UPA encabezó una revolución estética contra el estilo disneyano, introduciendo un estilo de dibujo y animación, mucho más estilizado y vanguardista, intentando que en esta forma tuvieran cabida las conclusiones de un siglo de modernismo en las artes. El resultado de ese terremoto aún se siente sesenta años más tarde, en la forma de la animación experimental que llena los festivales de animación del mundo y una larga lista de animadores que no tienen de que avergonzarse frente a sus hermanos mayores que hacen cine de verdad.
Pues bien, John Hubley fue uno de los creadores que participaron en las producciones de la UPA, con un corto magistral como es Rooty-Toot-Toot (que comentaremos más adelante) y que más tarde fundaría su propio estudio, junto con su mujer Faith, del cual irían saliendo obra maestra tras obra maestra hasta la muerte de John en los años setenta, como el Moonbird que comenté hace unas semanas.
Rasgos característicos de los cortos de Hubley es su experimentación con el sonido, desde la utlización del registro de una Jam Session como en Tender Game, la grabación de las conversaciones de los hijos del matrimonio, como en Moonbird, o la reproducción de una conversación entre obreros, con sus meandros y digrsiones, en el caso que nos ocupa. Más importante aún, es la profunda pictoricidad de todos y cada uno de sus cortos, auténticas pinturas que devienen animadas, pero cuya inspiración es eminentemente vanguardistas, al tratarse en todo caso de bocetos o como mucho pinturas no terminadas, donde no se intenta esconder las huellas del proceso pictórico o de la técnica animada, y donde ambos procesos se mezclan y entremezclan, de forma que en muchas ocasiones, la animación parece guiada por las pinceladas y estas por la necesidad del movimiento, dando origen a una original belleza estética que nadie antes había conseguido.
Una belleza que no evita la profundidad, como es el caso de este The Hole, en la que la aparente anécdota banal, esa conversación entre obreros durante una pausa en el trabajo, esconde el miedo al holocausto nuclear, que tan inevitable pareció a la humanidad durante los años de la guerra fría.
Y como siempre, les dejo con el corto para que lo disfruten. Lamento que no tenga subtítulos puesto que la conversación, y hablan durante todo el tiempo, es esencial para captarlo completatamente. En fin, esperemos que algún día se materialice esa edición de lujo de los cortos restaurados de los Hubley.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Modernity's Elegy/The Shock of the New (y IX): The Future that Was
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| City, Complex1, Michael Heizer |
Tenía pensado escribir esta entrada el sábado de la semana pasada, pero una serie de imprevistos (cansancio personal, compromisos navideños, eventos de empresa y, para rematar, una baja médica) me impidieron cumplir con mi propósito y dieron al traste con el ritmo de publicación de este blog durante la semana pasada.
Aquí estamos de nuevo, no obstante, y vamos a aprovechar para comentar el último capítulo de la serie The Shock of the New, en la que Robert Hughes analizaba el arte del siglo XX. En ese último capítulo, titulado muy certeramente, The Future that Was, es uno de los más polémicos de la serie, entonces y ahora, ya que en ellos se aborda la agonía y muerte del modernismo en los años 70, una apreciación que entonces podría resultar sorprendente, especialmente en países como España donde ni nos habíamos enterado de su existencia, pero que ahora, treinta años más tarde, es una certeza, cuando ha sido substituido y reemplezado por un conjunto de fenónemos y respuestas que solemos llamar colectivamente postmodernismo, a falta de un término mejor.
Antes de proseguir, una puntualización. Cuando hablo de "agonía y muerte" me refiero al estilo o acúmulo de estilos que llamamos modernismo. No estoy hablando, por supuesto, de la muerte del arte, que ha sufrido una metarmorfosis completa en los últimos decenios, volviendo obsoletos casi la práctica totalidad de los criterios que lo habían gobernado el siglo anterior a 1880, de tal forma que en mi opinión, la fecha de 1980 no es el fin del ciclo comenzado en 1880 sino del comenzado en 1400. Una conclusión que puede parecer extrema, pero que baso (aunque no sé que pensaría Hughes de esto) en que el modernismo siempre se definió, para bien o para mal, por su oposición frente al arte anterior, del cual fue desmontando cada uno de sus presupuestos (la belleza hacía 1950, el concepto de arte hacia 1960), entablando con él arte anterior una extraña relacion de amor y odio, que es inexistente en nuestro tiempo, al cual no le importa el pasado y no lo considera como capaz de influir en el presente.
Un brave new world, en definitiva, que se piensa surgido de sí mismo, sin deber nada a nadie, completo y único.
Pero volvamos al documental. Como he dicho, en él, se narra la agonía y muerte del modernismo, encarnado paradigmáticamente en la vanguardia, ese conjunto de artistas siempre dispuestos a poner en tela de juicio los criterios del presente, sacudir los cimientos del arte, provocando una reacción airada y polémica. Sin embargo, como muy atinadamente señala Hughes, uno de los nuevos fenómenos del arte de los 70, es precisamente el Land Art, un arte que a pesar de sus desmesuradas proporcionas (como el inmenso proyecto de Heizer, City, en medio del desierto de Nevada), busca ocultarse del público, hacerse remoto e inalcanzable, intentando que sólo se acerquen a él los que verdaderamente lo deseen, y no las hordas de turistas que los invaden, semejantes a peregrinos medievales visitando las reliquias sagradas, para así conseguir que el tiempo dedicado al objeto y la intensidad de la experiencia se asemejen al de aquellos tiempos en los que el arte importaba y levantaba pasiones.
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| National Gallery of Art, Washington |
Un síntoma o quizás una razón de esta banalización y trivialización de la vanguardia está en la aparición del museo de Arte Moderno. Un espacio que como bien señala Hugues, se convierte en el almacén donde se guarda la historia de esa vanguardia, reducido ya a objeto del pasado, y donde todas sus contradicciones, sus aristas, sus preguntas, su novedad y polémica, son limadas y borradas, al convertirse en el arte de nuestro tiempo, ése que debemos admirar, amar y apreciar necesariamente, pero que al igual que ocurría con los museos de arte clásico, acaban convirtiéndose en tumbas del arte, donde éste se halla prisionero y en los que sus visitantes vagan sin saber a donde ir, sólo porque se les ha dicho que deben hacer.
Un brave new world, donde se llega al máximo absurdo de que al final el propio museo, el edificio, acaba siendo más importante que la colección de arte que alberga, la cual se relega a las salas secundarias, como en la National Gallery de Art de Washington, parece no tener un lugar propio en el propio edificio que debería albergarlo, como ocurre en el Gugenheim de Bilbao, o simplemente, permanece oculta por razones misteriosas, como es el caso del Centro Pompidou de Paris. Una desconfianza en el arte moderno, a pesar de ser sus custodios y haberse encarnado en edificios de corte imposible, que lleva a que la misión del museo ya no sea albergar o transmitir esa memoria del arte moderno, como inicialmente se pensó, sino a organizar espectáculos sin relación alguna con su contenido, que sirvan para atraer las multitudes que sufraguen su coste.
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| Centre Pompidou, Paris |
¿Exagerado? Puede. O quizás como en tantos casos, el hecho de vivir en una época determinada nos impide ver los defectos que portamos y exhibimos como si fueran marcas de belleza. Aún así, Hugues nos recuerda otra serie de fenómenos que son inegables y que llevan a ese fin de estilo, o en mi opinión, a ese final de ciclo cultura.
Por un lado, la propia pérdida del papel del arte como consciencia de la sociedad o en términos más generales, como medio de discurso para la transmisión de ideas. O mejor dicho, de como las formas tradicionales del arte, pintura y escultura, ya no son los medios en los que la sociedad busca ilustrarse acerca de como es o como debería ser, mientras que en el pasado, esos eran los medios preferentes. O por decirlo de otra manera, no es que el arte no tenga nada que decir, sino que nadie le escucha.
Un estado de cosas relacionado estrechamente con el hecho de que el arte no es que se piense para ser expuesto en un museo, al igual que antaño lo era para el templo, el palacio o la mansión burguesa, sino que necesita el museo como único lugar en el que puede manifestarse y ser apreciado, ya que fuera de él, no sería objeto de ninguna mirada, al ser indistinguible de los objetos y formas cotidianas o el síntoma visible de conductas alienadas. O por decirlo en las propias palabras de Hughes, no es ya que al arte se le acuse de poder ser hecho por niños, es que el arte del presente (el presente de Hughes, obviamente) no podría ser realizado por niños, ya que a ellos mismos les parecería ridículo.
No obstante, los dos fenómenos anteriores no son sino un síntoma de un arte que ha pérdido su público. Un público masivo, como en el pasado, en que se utilizaba como medio de comunicación y propaganda, o restringido a una clase social, la burguesía, que tiene la educación para entenderlo, de ahí que el arte de las vanguardias históricas siempre beba del pasado, y el dinero para comprado. Un arte, por tanto, que ya no tiene el poder de escandalizar a nadie, porque no importa a nadie, ni de provocar airadas reacciones, puesto que no puede cambiar nada.
Excepto cuando entra en la ecuación el dinero que se ha utilizado en su elaboración y entonces se critica que tanto o cuanto se haya gastado en esas majaderías. De repente, el arte no es algo extra, suplementario, inútil por naturaleza, que sirva para nuestro placer espiritual o como acicate intelectual. Ahora el arte es una mercancía más y su valor está estrechamente ligado a su precio, de forma que, como bien señala Hughes, ya no es posible mirar a las obras del pasado de forma inocente, sino que siempre interferirá la última cotización alcanzada en el mercado, que es la que le otorga su puesto en la jerarquía del arte...y que sirve de baremo para todos esos visitantes de los templos/museos que deben justificarse de alguna manera que lo que han visto vale la pena.
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| Lightning Field, Walter de Maria |
¿Entonces qué? Podría pensarse que la conclusión es extramadamente pesimista, que hacia 1980, Hughes no sólo había señalado la muerte del modernismo, sino la muerte del arte.
Nada más lejos. Porque la única profecía que puede hacerse es que todas las profecías estarán equivocadas. Y si algo curiosamente destacó al arte modernista es que fue realizado por solitarios, que a pesar de todo, no era un arte dedicado a la masa o realizado por la masa, sino un canal personal entre artista y espectador, por muy disparatadas o extremadas que fueran sus creaciones.
O lo que es lo mismo que no importaba el tamaño del público al que fuera dirigido o el valor que alcanzase, mientras alguien se sintiese emocionado, sobrecogido al verlo, fuera por la razón que fuera, pudiésemos racionalizarlo de alguna manera u otra.
Lo cual podría explicar muchas de las manifestaciones de ese modernismo agonizante de los 70, que recoge Hughes, en este episodio, como el Land Art, el Body Art, los Happenings, el OpArt que buscaban romper esos impedimentos, esas perversiones y círculos viciosos comentados anteriormente, para devolvernos esa experiencia pura y renovada, como la de antaño.
Y es por eso que el arte sobrevivirá a estilos y movimientos, pase lo que pase...
lunes, 13 de diciembre de 2010
FdI, Final II: Año 334 a.C. Estrecho de los Dardanelos
Lunes,tiempo de Forjadores de Imperios. Éste es el final de la saga alejandrina y el final de la colección de cuentos. No sé si alguien la habrá estado siguiendo estas semanas ni si la han disfrutado, pero al menos ya no está criando polvo en mi ordenador o esperando a que el disco casque para desaparecer.
Tampoco sé que haré a continuación, si publicaré aquí algún fragmento de una novela inacabada que se llamaba Ad Majorem Gloriam Dei (cuyas últimas versiones se perdieron con la muerte de mi PC en mayo pasado) o si intentaré republicar algunos de los artículos cinéfilos que ya no se pueden visitar en Tren de Sombras.
Veremos, pero por ahora me tomaré un descanso en la cita de los lunes. Les dejo con el último cuento, completamente anticlimático y sin la opresión y desesperación de los anteriores, puesto que todo estaba ún por suceder.
Final II: Año 334 a.C. Estrecho de los Dardanelos
Las palas de los remos entran en el agua, permanecen bajo su superficie un instante y vuelven a salir cubiertas de espuma. El navío avanza suavemente como lo impulsase otra fuerza distinta de la de los remeros. La costa del otro lado del estrecho se aproxima. Ya se distinguen las rocas de la orilla y las olas que rompen sobre ellas. Nuestras manos se aferran nerviosas a las asas de los escudos y las astas de las lanzas. Nuestros ojos no se apartan de la línea de rompientes, escrutándola, examinando el más mínimo detalle de su contorno. Nadie nos espera al otro lado. Nadie se opondrá a nuestro desembarco. A pesar de eso, la angustia seca nuestras bocas y pone un nudo en nuestros estómagos. Estamos en marcha, ya no podemos volver atrás aunque queramos.
La quilla de nuestra embarcación roza el fondo. El impacto nos lanza los unos sobre los otros. El barco gira violentamente y se pone de través a las olas. Un crujido se eleva de sus entrañas. La cubierta escora, pero se estabiliza repentinamente y se detiene. Gritando, salto al agua. Esta fría y me hundo en ella hasta las axilas. Apenas puedo andar, el muro de agua que me rodea me oprime y detiene, mientras que el peso de mis armas y la coraza me abruma, me empuja hacia el fondo. Trato de mantener la cabeza sobre la superficie, pero una ola tras otra pasan sobre ella. El agua salada inunda mi boca, mi nariz, ahogándome. Lucho por conseguir una bocanada de aire, pero apenas tengo tiempo de conseguirlo antes de que la siguiente ola me sumerja. Los ojos me escuecen, no puedo mantenerlos abiertos. Me aferro al hombre que me precede y continuo avanzando, un paso tras otro, hacia la orilla.
De repente hago pie. Mi cuerpo se eleva sobre las aguas. Corro hacia la costa, chapoteando y salpicando a los que me rodean, que también están corriendo, despreocupados, alegres por verse libres del mar. Rebaso la línea de rompientes y sigo corriendo por la playa, la vista fija en las colinas que la cierran, hasta que mis pies ya no se hunden en la arena, hasta que ya no se oye el rumor de las olas al romper, hasta que mi vista se pierde en los campos de Asia.
Entonces me siento, el aliento perdido, el cuerpo cubierto de sudor.
Ya hemos llegado. Todo nuestro miedo se ha desvanecido y, sin embargo, frente a nosotros se extiende la inmensidad del Asia, inabarcable y desconocida. Tendremos que medirnos con ejércitos cuya cifra sólo es superada por la de las arenas del mar y sitiar ciudades cuyo contorno se pierde en el horizonte, pero ninguno de esos peligros nos viene a la mente. Estamos en Asia y sus riquezas nos aguardan, inagotables, inimaginables, suficientes para otorgar la felicidad a un hombre hasta el fin del tiempo. Sólo tenemos que extender la mano para alcanzarlas. Otros, antes que nosotros, han pretendido lo mismo y han fracasado, pero fue porque permitieron que se pusiera término a sus sueños. No será ése nuestro caso. Nada ni nadie podrá imponernos límites excepto nosotros mismos.
Unos caballos se acercan. Alejandro viene hacia nosotros. Nos ponemos en pie, alzamos lanzas y escudos y le recibimos entre aclamaciones. Él cruza a caballo entre nosotros, seguido por sus generales. Nos dirige miradas de ánimo, estrecha nuestras manos y acaricia nuestras mejillas. El orgullo y la satisfacción le desbordan.
- Con estos hombres nada nos estará vedado – Le oímos comentar a uno de sus acompañantes.
Las aclamaciones apagan su voz. Con ese rey tampoco, gritamos.
Nota: Se ha descrito el paso de los Dardánelos por parte de Alejandro
Tampoco sé que haré a continuación, si publicaré aquí algún fragmento de una novela inacabada que se llamaba Ad Majorem Gloriam Dei (cuyas últimas versiones se perdieron con la muerte de mi PC en mayo pasado) o si intentaré republicar algunos de los artículos cinéfilos que ya no se pueden visitar en Tren de Sombras.
Veremos, pero por ahora me tomaré un descanso en la cita de los lunes. Les dejo con el último cuento, completamente anticlimático y sin la opresión y desesperación de los anteriores, puesto que todo estaba ún por suceder.
Final II: Año 334 a.C. Estrecho de los Dardanelos
Las palas de los remos entran en el agua, permanecen bajo su superficie un instante y vuelven a salir cubiertas de espuma. El navío avanza suavemente como lo impulsase otra fuerza distinta de la de los remeros. La costa del otro lado del estrecho se aproxima. Ya se distinguen las rocas de la orilla y las olas que rompen sobre ellas. Nuestras manos se aferran nerviosas a las asas de los escudos y las astas de las lanzas. Nuestros ojos no se apartan de la línea de rompientes, escrutándola, examinando el más mínimo detalle de su contorno. Nadie nos espera al otro lado. Nadie se opondrá a nuestro desembarco. A pesar de eso, la angustia seca nuestras bocas y pone un nudo en nuestros estómagos. Estamos en marcha, ya no podemos volver atrás aunque queramos.
La quilla de nuestra embarcación roza el fondo. El impacto nos lanza los unos sobre los otros. El barco gira violentamente y se pone de través a las olas. Un crujido se eleva de sus entrañas. La cubierta escora, pero se estabiliza repentinamente y se detiene. Gritando, salto al agua. Esta fría y me hundo en ella hasta las axilas. Apenas puedo andar, el muro de agua que me rodea me oprime y detiene, mientras que el peso de mis armas y la coraza me abruma, me empuja hacia el fondo. Trato de mantener la cabeza sobre la superficie, pero una ola tras otra pasan sobre ella. El agua salada inunda mi boca, mi nariz, ahogándome. Lucho por conseguir una bocanada de aire, pero apenas tengo tiempo de conseguirlo antes de que la siguiente ola me sumerja. Los ojos me escuecen, no puedo mantenerlos abiertos. Me aferro al hombre que me precede y continuo avanzando, un paso tras otro, hacia la orilla.
De repente hago pie. Mi cuerpo se eleva sobre las aguas. Corro hacia la costa, chapoteando y salpicando a los que me rodean, que también están corriendo, despreocupados, alegres por verse libres del mar. Rebaso la línea de rompientes y sigo corriendo por la playa, la vista fija en las colinas que la cierran, hasta que mis pies ya no se hunden en la arena, hasta que ya no se oye el rumor de las olas al romper, hasta que mi vista se pierde en los campos de Asia.
Entonces me siento, el aliento perdido, el cuerpo cubierto de sudor.
Ya hemos llegado. Todo nuestro miedo se ha desvanecido y, sin embargo, frente a nosotros se extiende la inmensidad del Asia, inabarcable y desconocida. Tendremos que medirnos con ejércitos cuya cifra sólo es superada por la de las arenas del mar y sitiar ciudades cuyo contorno se pierde en el horizonte, pero ninguno de esos peligros nos viene a la mente. Estamos en Asia y sus riquezas nos aguardan, inagotables, inimaginables, suficientes para otorgar la felicidad a un hombre hasta el fin del tiempo. Sólo tenemos que extender la mano para alcanzarlas. Otros, antes que nosotros, han pretendido lo mismo y han fracasado, pero fue porque permitieron que se pusiera término a sus sueños. No será ése nuestro caso. Nada ni nadie podrá imponernos límites excepto nosotros mismos.
Unos caballos se acercan. Alejandro viene hacia nosotros. Nos ponemos en pie, alzamos lanzas y escudos y le recibimos entre aclamaciones. Él cruza a caballo entre nosotros, seguido por sus generales. Nos dirige miradas de ánimo, estrecha nuestras manos y acaricia nuestras mejillas. El orgullo y la satisfacción le desbordan.
- Con estos hombres nada nos estará vedado – Le oímos comentar a uno de sus acompañantes.
Las aclamaciones apagan su voz. Con ese rey tampoco, gritamos.
Nota: Se ha descrito el paso de los Dardánelos por parte de Alejandro
jueves, 9 de diciembre de 2010
Tolstoi in the Pacific
"¿Qué me sucede? ¿Me caigo? las piernas me vacilan", pensó y cayó de espaldas. Abrió pesadamente los ojos, con la esperanza de ver como terminaba la lucha de los franceses con los artilleros; deseaba ver si el pelirrojo había muerto o no si los cañones estaban en poder de enemigo o habían sido salvados. Pero no vio nada. Sobre él no había más que el cielo, un cielo alto, sin brillantez, pero infinitamente alto, sobre el que se deslizaban unas nubes grises. "Qué paz, qué calma, qué serenidad; todo es distinto a como era hace un momento, cuando yo corría, - pensó el príncipe Andrei -, cuando corríamos, gritábamos y combatíamos; cuando, con aquellas caras furiosas y asustadas, el francés y el artillero se disputaban el atizador, las nubes no se movían así por ese cielo alto e infinito. ¿Cómo no me he fijado antes en esa profundidad del cielo? ¡Qué feliz me siento de haberlo sabido al fin! Sí, todo es vacío y engaño, menos ese cielo infinito. No hay nada más que él. Pero ni eso existe. No hay más que paz, reposo... Y muy bien que así sea.
Guerra y Paz, Tercera Parte, Capítulo XVI, León Tolstoi.
A finales de los años 90 se estrenaron dos grandes películas de guerra, Saving Private Ryan de Steven Spielberg y The Thin Red Line de Terrence Malick. Ambas observaban este fenómeno desde supuestos estéticos y filosóficos casi completamente opuestos, por lo que no es de extrañar que esa misma polarización se reprodujera entre público y crítica.
Yo tengo que decir, antes de continuar con esta entrada, que soy más de la rama de Malick. En su tiempo, la película de Spielberg me impresionó profundamente debido a su naturalismo extremo en la representación de las experiencias físicas de los soldados rasos y no se puede negar que ha sido el modelo constante de todas las producciones bélicas posteriores, como las famosas Band of Brothers o The Pacific. Evidentemente, yo, ni la mayoría de los que puedan leer este blog, he participado en un conflicto bélico, así que no puedo juzgar la precisión de lo allí contado, pero a cada visionado, la anécdota narrada en la película de Spielberg se me hace más intrascendente, noto más errores de guión, que parece haber sido recosido para que tengamos el máximo de experiencias fuertes , y lo que sucede en la pantalla ya no me afecta, sino que incluso me mueve a la risa, especialmente en su tramo final de hazañas bélicas, aunque pueda parecer cruel e inhumano.
Sin embargo, este no es un post sobre Saving Private Ryan, sino sobre The Thin Red Line. Debo decir que a cada visionado la película se me hace más grande en el sentido de que siempre acabo por encontrar algo nuevo, por fijarme en detalles que se me habían escapado antes, o veo lo ya conocido bajo una nueva perspectiva, especialmente con la ultimísima edición en Blue Ray de Criterion. Como pueden ver, son sentimientos muy subjetivos y personales, que obviamente no son aplicables a todos los espectadores, y si los estoy utilizando es simplemente por el ethos de Malick y el modo en el que lo plasma en la pantalla, son muy similares a lo que yo siento y a los que yo utilizaría.
Por no alargarme, digamos que siempre he sido un fan de las obras contemplativas, de aquellas que son capaces de dar un paso atrás con respecto a lo que está sucediendo, abstraerse de ellas y meditar sobre su significado, importancia y repercusiones. Ésto es precisamente lo que realiza Malick, escribir un ensayo en imágenes sobre la naturaleza humana, su razón y su destino, que da la casualidad que transcurre in tempore belli, aunque este punto de vista sólo haya servido para confundir a muchos que esperaban el consabido espectáculo de acción, testosterona y explosiones, o, si eran un poco más cultos o sofisticados, una reconstrucción minuciosa de los hechos históricos que permitiese al espectador contemporáneo hacerse la ilusión de que él también estuvo allí... cosa imposible por cierto, ya que toda obra de ficción de tema histórico inevitablemente proyecta el presente, sus prejuicios y errores, sobre el pasado.
No obntante, nadie tenía que haberse visto defraudado o haber atacado la propuesta de Malick. No es nueva, ni supone una ruptura con nuestra tradición cultural. Todos tendríamos que habernos acordado de que existe una novela que se llama Guerra y Paz, escrita por un tal León Tolstoi, donde bajo el aparente disfraz de una reconstrucción veraz y realista de las campañas napoleónicas, lo que se está realizando es un profundo análisis de la naturaleza humana, de ese por qué y para qué, que siempre ha obsesionado a la humanidad, representado en los diferentes descensos al infierno de sus protagonistas y las maneras en que alcanzán redención y salvación.
Y este no es una comparación que se me halla ocurrido a mí, estoy seguro que cuando se estrenó la película alguien publicó un artículo con el mismo título de esta entrada, pero nunca está de más, como he querido hacer, comparar cuan cercanas está las imágenes de Malick, su atención a esa naturaleza observada por los soldados y que asiste silenciosa a los conflictos humanos, con las palabras de Tolstoi, de manera que en realidad, el ruso parece haber migrado a los mares del sur.
martes, 7 de diciembre de 2010
Forests and Masks
No sé si será la crisis, pero este otoño de exposiciones madrileño está convirtiéndose en una gran decepción. Sí, ya sé que hay, como siempre, las macro-mega-hiper-exposiciones en los lugares de costumbre, pero el hecho de que se apele a los impresionistas, ese valor seguro a la hora de hacer caja, empieza ya a oler a pesar de su valor intrínseco, especialmente cuando este años hemos tenido ya otras dos exposiciones de tema impresionistas.
Por supuesto, hablaremos de estas macro/mega a su debido tiempo, pero hay que señalar que el resto de instituciones madrileñas, excepto excepciones, tampoco se han esforzado mucho, ya que frente al valor seguro de la pintura impresionista, nos ofrecen dos de tema americano, ese rama desconocida del arte occidental que recibe una atención exagerada debido al poder político del país del que proceden.
No es que el arte americano tenga mucho que deber al Europeo. Al contrario, desde 1950, la sede de la vanguardia se trasladó a Nueva York y California, y si hasta entonces el arte americano era un apéndice del europeo, los papeles se han intercambiado en el último medio siglo. El problema es que cuando los americanos descubrieron que tenían un arte y unos artistas, se han pasado una buena parte de su tiempo rebuscando en su pasado, en busca de figuras comparables a las de la última vanguardia, una labor en la que se han encontrado modernistas como Keefe o Hopper, o contemporáneos de los impresionistas como Winslow Homer, pero en la que se han elevado al pedestal figuras que un museo europeo serían de las que dormitan en las paredes entre tanto pintor decimonónico olvidado... y es que se quiera o no, durante la mayor parte del XIX, el arte americano fue un apéndice del europeo, y sus pintores, imitadores de imitadores.
Tras esta introducción, indicar que la Fundación Juan March, se puede visitar una exposición dedicada a los paisajes americanos de Asher B. Durand, un grabador de principios del siglo XIX, famoso por haber creado los diseños de los primeros billetes de dolar, y que luego realizará la transición a paisajista, una tarea en la que digámoslo claro, conseguiría el favor del público, al realizar vistas que respondían a sus apetencias, es decir, representación de lugares famosos, que por tanto podían visitarse, siendo el cuadro una especie de souvenir del viaje, tratados de una forma en la que se subrayaban los detalles pintorescos, esos que darían importancia al viaje ante las visitas que los propietarios de la pintura recibiesen.
En otras palabras, nada que distinga a este pintor de tantos paisajistas decimonónicos cuyos cuadros dormitan en las paredes de los museos, y que apenas merecen una mirada de los visitantes, ya sean turistas, aficionados o expertos, a pesar de los esfuerzos de los conservadores de los museos para dar importancia a su colección y ponerla a la altura de las de siglos anteriores y posteriores. No es que Durand no sea un pintor de talento y con una clara habilidad técnica, el problema es que cae en los defectos de la pintura de esa época, al intentar reproducir todo lo que se ve, para que el público pueda apreciar el parecido, y añade todo tipo de detalles pintorescos, con lo que el cuadro acaba siendo una amasijo de formas y colores, en el que es imposible establecer un orden y una jerarquía, en definidas cuentas, que el espectador acaba por no saber qué debe mirar o qué es lo realmente importante... un defecto que no ocurre en los paisajistas del XVII, como Claudio de Lorena, o los holandeses Hobbema o Ruysdael (o Rembrandt) que a pesar de la cantidad de detalle, sabían como organizar sutilmente el cuadro para crear una impresión o transmitir una idea.
¿Una exposición prescindible por tanto? Sí y No. Porque al lado de los óleos de Durand se hayan expuestos los dibujos preparatorios que utilizó para ellos, tomados directamente del natural... y esto, señores míos, son palabras mayores. Aquí aparece claramente que Durand era, ante todo un dibujante nato, y que en sus bocetos, como el que pueden ver arriba, sabía que había que pintar y que no había que pintar, que dejar en blanco, que abocetar y que describir con todo lujo de detalles. Basta observar, como digo el boceto que aparece arriba (siento no haberlo encontrado con mejor calidad) donde se tiene la impresión de poder entrar en el paisaje, ya que queda espacio y aire entre el río y los árnoles. Un efecto que se pierde en la pintura final, ya que la adición del color, la concrección de los detalles aquí abocetados provocan que se cree una especie de pared ficticia entre el espectador y paisaje, dando a este una impresión de rico tapiz decorado, y no, como Durand debía pretender, de lugar real en el puede uno adentrarse.
Muy otra es la exposición abierta en la cercana Fundación de Amberes, en ella se puede disfrutar de la integral completa de los grabados de Ensor, pintor famoso donde los haya, creador del expresionismo junto con el noruego Munch, pero que parece dotado de una curiosa esquizofrenia al igual que éste último.
Me explico. La idea que tenemos todos de Munch y de Ensor, es la de expresionistas desaforados, críticos y satíricos de la sociedad de su tiempo, que ven como cúmulo de horrores, hipocresías y mentiras. Sin embargo, en ambos casos, este extremismo sería pasajero y limitado prácticamente a la década de los 80/90 del siglo XIX, tras la cual ambos atenuarían y suavizarían su propuesta, el noruego por crisis nerviosa, el belga por acumulación de honores, para acabar haciendo una pintura intrascendente y banal, que nunca ha sido del gusto del público, a pesar de continuas reivindicaciones y reevaluaciones.
En esta exposición, dedicada sólo a los grabados, como he dicho, puede apreciarse perfectamente esa dualidad de Ensor, sus dos personalidades opuestas. Por un lado, en la primera sala, un conjunto de paisajes y vistas, magníficamente dibujadas y plasmadas, pero que no pueden evitar una sensación de déjà vu, de actualización de la pintura del XVII holandés, sin que se aporte nada nuevo. Es en la última sala, cuando nos enfrentamos al Ensor radical y subversivo, que no deja títere sin cabeza literalemente, dada su afición por transformar la sociedad en un teatro de marionetas, de conflictos tan ridículos y risibles como los representados en ese espacio. Si bien este tipo de pintura también tiene sus antecedentes en el siglo XVI, piénsese en El Bosco o Brueghel, por decir dos nombres, lo que es inusitado es la violencia temática y formal que Ensor utiliza, su política de no prisioners taken, que aún hoy continúa siendo imitada por todos aquellos que adoptan la pose de rebeldes y subersivos, aunque no arriesguen ni destruyan nada.
No obstante, lo más interesante se halla en la sala intermedia, dedicada al mítico cuadro, La Entrada de Cristo en Bruselas, representado aquí por los cartones para tapiz, a la misma escala del cuadro original, que Ensor preparar en los 80 del XIX, pero que sólo se plasmaron en un tapiz real en los 90 XX, también mostrado aquí, junto con los dibujos y granados preparativos. Un cuadro que es el ejemplo paradigmático de la pintura ensoriana y que ha marcado nuestra visión del artista, ocultando su fase blanda y fácil, de máscaras amables y flores en eclosión.
Sin embargo, aquí no hay tapujos ni miramientos. La Bruselas donde ese Cristo entra es el teatro del mundo del que hablaban los clásicos españoles del XVII. Es lugar donde todo el mundo va disfrazado y enmascarado, representando un papel con total convicción, sin reparar en la exageración y el ridículo, que sólo se hacen manifiestos a los espectadores situados fuera del cuadro, a los que la procesión se encamina y parece dedicada, que deben preguntarse hasta que punto esa asamblea de orates es una amenaza o en qué medida nosotros también estamos disfrazados y formamos parte de esa locura, de esa algarabía de voces discordantes donde todos gritan hasta quedarse afónico y ninguno escucha.
Ese mundo en definitiva, donde los ideales más puros son utilizados con los fines más retorcidos e interesados, como bien muestran los grabados preparatorios, aún más agrios y subversivos que la pintura final, en los que las diferentes compañías que arropan al Cristo en su entrada, y que lo tornan casi invisible, han sido identificadas en los estandartes y pancartas que portan, revelando esos intereses económicos, los de los mercaderes del templo, tan poco acordes con el mensaje cristiano original, si es que éste nos ha llegado de alguna manera.
Así que ya saben, si tienen tres euros que gastar, vayan a esta exposición, no les defraudara...
lunes, 6 de diciembre de 2010
FdI Final I: Año 44 a.C Roma
Es lunes y por tanto, tiempo de Forjadores de Imperios. Con este cuento concluye el ciclo romano y la narración del camino hacia la gloria de esa ciudad y sus ciudadanos. Por supuesto, la conclusión es muy distinta de lo que podría suponerse, aunque los que hayan leído estos cuentos saben por donde van los tiros. Sin embargo, ha pasado ya tanto tiempo desde que escribí este cuento final que no sé si mi conclusión seguirá siendo válida. Eso sí, es de lo mejor que haya escrito, lo cual tampoco es decir mucho.
Año 44 a.C Roma
La multitud me rodea y aprisiona. Me ahogo en su hedor acre y penetrante. Los que tengo detrás me empujan, clavan sus codos en mis costillas tratando de hacerse sitio, o me utilizan como apoyo para encaramarse y ver lo que ocurre en la rostra. Me revuelvo y me encaro con ellos, pero ninguno repara en mí. Su atención esta fija en lo que sucede en la tribuna. Sus ojos no ven nada más. Están embrujados. Sus rostros, curtidos por el sol, surcados por profundas arrugas, destruidos por la vida y el sufrimiento, pasan sin transición alguna del odio a la compasión, del entusiasmo a la desesperanza.
Yo también me vuelvo. En lo alto de una plataforma erigida sobre la tribuna han colocado una camilla. En ella se adivina la forma de un cadáver envuelto en un sudario. Dispuestos a su alrededor, se halla un grupo de ciudadanos, vestidos de luto, que lloran en público sin ningún pudor, como mujerzuelas. Sus ropas son ricas y caras, nuevas y limpias, en contrastaste con los andrajos grises y raídos que porta la muchedumbre que les escucha.
Uno de esos ciudadanos respetables se ha recogido la toga sobre los hombros y ha ascendido hasta las parihuelas. Allí arriba comienza a gesticular y retorcerse como un alienado. Su rostro, congestionado por el esfuerzo, se contrae en una mueca tras otra. Tan pronto se abraza al cadáver y llora sobre él, hundiendo la cabeza en su pecho, como se alza de repente, con los ojos llenos de furia, y extiende sus manos hacia nosotros, señalando alternativamente el cielo y el cuerpo que yace a sus pies. Su agitación es tan grande que parece que va a desplomarse ante nosotros en cualquier momento. Por último, aparta el sudario, toma el manto que cubre el cadáver y lo extiende ante nuestros ojos, mientras pasa las manos por las rasgaduras que hicieron los puñales y señala cada una de las manchas de sangre que produjeron las heridas.
Ninguna palabra acompaña a estas imágenes. La multitud ruge y gime enloquecida, acallando todo sonido que no sea el suyo, semejante al estruendo del mar que rompe furioso contra las rocas. La boca del orador se abre y cierra mecánicamente, como la de un muñeco. Sus movimientos son también los de un muñeco, torpes, incoherentes, desmañados. A nadie le importa. Las emociones saltan sobre nosotros, incontenibles, contagiando a un muñeco tras otro de los que se hacinan en el foro, corroyendo y traspasando con su potencia mi inútil máscara de escepticismo. Ya no lucho. Me dejo llevar. Yo también grito. Yo también lloro. Me inunda la rabia. Deseo matar y vengarme.
Han alzado un muñeco auténtico sobre la tribuna. Reconozco la efigie del muerto, representada tal y como era en vida, sólo que ahora su rostro muestra la expresión incrédula con la que le sorprendió la muerte. Aún cuando se estaba desangrando, no podía concebir que alguien se atreviese a levantar la mano contra él o que armas humanas pudieran herirle, cuando de tantos combates había escapado ileso. Sobre el maniquí de cera también han sido representadas las heridas que le robaron la vida, con sus bocas frescas y sangrantes. Sin que sepamos cómo, dan la vuelta al muñeco, levantan sus brazos y lo inclinan para que podamos contemplarlas mejor. El orador las señala una tras otra, deteniéndose en cada una de ellas. Sus ojos se inflaman, su boca se retuerce. Está nombrando a quién la causó, cubriéndole de insultos, azuzando a la multitud contra él.
Entonces estalla. Tan inesperado como el primer trueno de una tormenta, el alarido atronador de la multitud congela en sus posiciones a todos los que se hallan sobre la tribuna. Sus miradas se vuelven bobas y vacías, las de gentes que no saben si deben alegrarse o aterrorizarse, que desconocen sí la fuerza que acaban de despertar va a volverse contra ellos y consumirles. Antes de que puedan reaccionar, la multitud ha roto sobre la rostra y les ha arrebatado el cadáver. La pira destinada para él ha comenzado arder al mismo tiempo, con llamas salvajes y furiosas, las mismas que están devorando el edificio del senado. El fuego se extiende por la ciudad, transportado por la muchedumbre rabiosa que abandona el foro, que se disuelve de dentro hacia fuera, como una casa que se derrumba sobre la calle. Todos corren, los primeros empujados por los que les siguen, sin saber a dónde, pero en cada uno anida el deseo de matar a alguien, a los conjurados, a sus parientes, a sus amigos, a cualquiera que les conozca o haya cometido el error de saludarles amistosamente.
Silencio.
La riada me ha arrastrado hasta el foro Boario. Estoy solo. Mis oídos aún zumban, mis manos tiemblan, pero a mi alrededor todo está tranquilo y silencioso. Tengo la impresión de estar en otra ciudad, una ciudad en paz. Sólo las columnas de humo que comienzan a elevarse sobre las colinas traicionan la realidad en la que vivo.
Abandono el foro. Me pierdo por las callejuelas vacías, llenas de sombra. Apenas vislumbro una estrecha franja de cielo azul entre los tejados. No tengo ninguna referencia de lo que sucede en la ciudad fuera de las paredes que me rodean. Espero llegar a tiempo, ya voy con retraso, pero al torcer una esquina, me topo con un control. Ellos también me han visto. No tengo más remedio que acercarme y esperar que los dioses me protejan. Los hombres que me han detenido están muy irritados. Preferirían estar con sus compañeros, cazando a los conjurados, incendiando casas, en vez de permanecer aquí de guardia, en este rincón perdido de la ciudad. Tiemblo al percibir que están dispuestos a tener su parte de diversión, pese a quien pese.
Comienzan a interrogarme, uno tras otro, interrumpiéndose entre sí, disputando agriamente entre ellos sobre las preguntas que deben dirigirme. Tengo que demostrarles que no estoy relacionado con ninguno de los asesinos de César, que ni siquiera les conocía de vista. No les convenzo. He salido a la calle y no estoy colaborando en la captura de los culpables. Eso basta para convertirme en sospechoso. Quizás lleve algún mensaje a algún conjurado escondido, o puede que esté comprobando la ubicación de los puestos de control para facilitar la huida de otro.
Tras mucho rato de discutir, optan por dejarme marchar. Mi aspecto me ha salvado. Soy igual que ellos. Visto ropa pobre y raída, mi cabello y barba están mal cuidados, no tengo barriga. Evidentemente, no soy uno de los hombres adinerados que han concebido y apoyado la muerte de César. Me permiten continuar mi camino. Cuando cruzo entre los guardias dirijo una mirada de reojo a los cuerpos que se amontonan en el arroyo. Otros no han tenido tanta suerte. No me detengo, sé que tras de mí hay quien vigila mis reacciones.
No es el último control que encuentro y en cada puesto se repite la misma historia. De nada me sirve haber franqueado los otros, hay que empezar desde cero. Cuando llego al burdel dónde trabajas, se me ha hecho ya muy tarde. Lo encuentro lleno de clientes.
Tras matar, incendiar y saquear, estos ciudadanos han decidido otorgarse una recompensa. Risas y cantos llenan el lugar. Hombres y mujeres se retuercen entrelazados sobre los lechos, sobre el pavimento, allí dónde el deseo les ha alcanzado, allí dónde queda un sitio libre. Las eslavas recorren la sala llevando ánforas de vino, bandejas de carne, cestas de fruta. Caminan con cuidado, vigilando donde ponen los pies, para no pisar los cuerpos que yacen en el suelo, inconscientes por el vino o debatiéndose aún en los espasmos del amor. Un grupo de músicos toca en un rincón pero nadie les presta atención, puesto que el rumor de tantas voces aplasta su música. La obscuridad vela sus caras, sólo se alcanza a ver las manos que recorren incansables los instrumentos.
Cruzo la sala y asciendo corriendo por la escalera, hacia tu aposento. Temo que no me esperes. He tardado demasiado. Un día tan bueno para el negocio como hoy no puede desaprovecharse, debes estar trabajando. No te tendrá cualquiera, sin embargo, y menos uno de los don nadie que se revuelcan en la sala común. Tu precio es alto y sólo los más acaudalados pueden presumir de haberte tenido entre sus brazos. Nunca he llegado a explicarme por qué te has encaprichado conmigo, por qué me reservas un día entero cada semana, cuando un pobre poeta como yo jamás podrá pagarte ni la décima parte de una de tus horas.
Cuando abro la puerta, me saluda tu sonrisa, más preciosa que todas las sedas y todas las joyas que cubren tu cama. Es nuestro día, aquél en que podemos olvidarnos de nuestras miserias y de nuestras decepciones. Tú me has aguardado y yo he venido. Nada más importa.
Hemos terminado, pero en vez de apartarme, me quedo un rato más en tu regazo. Me estrechas contra tu pecho y me acaricias el cabello. Tu calor adormece y embota mi cuerpo, difuminando el contacto duro y estrecho de tus brazos y tus piernas contra él. Rompo a llorar. No me preguntas nada, sólo me abrazas aún más fuerte. No hubiera sabido que responderte.
El revoque aún está fresco. Si lo tocase, la huella de mis dedos quedaría impresa en su superficie. Sin mirar, extiendo el brazo hasta uno de los cuencos y remojo el pincel en la pintura. Al alzarlo hacia el techo, una gota cae sobre mi frente. No me la limpio. No tengo tiempo. Debo acabar antes de que el techo se seque o tendríamos que picarlo entero y empezar de nuevo.
Con mucho cuidado trazo el perfil de un pájaro, siguiendo los puntos que indican su contorno. Sus alas están extendidas para remontar el vuelo. Lleva una baya en el pico con la que va a alimentar a sus polluelos. No me ocupa mucho dibujarlo, así que tomo otro pincel y comienzo a rellenarlo de color. El pico, el punto de los ojos, las plumillas de la cabeza y el cuello, el plumón del pecho, las largas remeras, las escamas de las patas.
Me vuelvo de repente, sobresaltado. El maestro está detrás de mí, observando mi trabajo.
“Me habéis asustado, maestro. Quería terminar esta parte del techo antes de que nos fuéramos”
“No está mal. Vas cogiendo soltura, pero déjame”
Toma otro pincel y comienza a dibujar una maraña de líneas sin sentido. De vez en cuando se detiene, medita un instante y añade una nota de color.
“Mira ahora y dime que te parece”
Se aparta para dejarme ver. Su pájaro está volando sobre nuestras cabezas. Recoge sus alas y se lanza como una flecha sobre el arbusto que está pintado más abajo en la pared. Comparado con éste, el que yo he pintado no es más que un garabato informe.
El maestro apoya su mano en mi hombro.
“ Acaba de pintar el fondo del techo antes de que se seque.”
Termino y desciendo del andamio. El maestro está pintando el rostro de un niño. El pequeño acaba de descubrir la escena que se desarrolla junto a él y se vuelve sorprendido. Tan absorto está, que no se da cuenta de que ha inclinado demasiado el cesto de frutas que lleva y que éstas se están precipitando al suelo, rodando y esparciéndose por doquier.
Sigo la mirada del niño. Un héroe y una diosa acaban de encontrarse. Esta zona aún no ha sido pintada. Sólo las siluetas de los personajes han sido trazadas sobre la pared aún desnuda, con leves indicaciones que muestran la posición de las manos, la situación de boca y ojos, la expresión que adoptarán.
El maestro da la última pincelada. Seca el pincel con un paño y se levanta. Mi presencia no le sorprende.
“¿Qué piensas?”
“Si sólo pudiera pintar como vos…”
“Lo harás. Yo también tuve que pintar muchos techos cuando era aprendiz. Al menos ya no te toca moler los colorantes y aplicar el revoque. Algo has avanzado”
Ambos guardamos silencio.
“Señor…”
“Dime”
“¿Cuándo vais a pintar la escena principal? Estoy ansioso por verla, con el esfuerzo que ponéis en los detalles, estoy seguro que será algo fuera de lo común.”
“Es la parte que menos me importa”
“¡Pero es la escena central! ¡La que da sentido al resto!”
“Y por la que me pagan. Cierto, Esa escena será lo primero que se verá cuando se entre por la puerta. Por eso no puedo defraudarles”
“¿Defraudarles?”
“Exactamente. Aunque nadie lo diga, todos esperan que esta escena se represente de una forma precisa. El héroe debe mostrar bravura y fortaleza. La diosa, nobleza y sabiduría. Todos los gestos, todos los colores deben subordinarse a este fin. Ninguna fantasía está permitida. Siempre debe aparecer lo mismo, como si se aplicase el mismo calco una y otra vez. Para eso mi talento no es necesario. Cualquiera de vosotros, hasta el menos dotado, podría pintarla igual de bien que yo. Muchas veces he pensado en dejarlo en vuestras manos, pero creo que los clientes no se sentirían muy contentos si lo descubrieran…” Se sonríe para sí “Si sólo tuviéramos que pintar lo que a ellos les place…”
“¿Qué hay que pintar entonces?”
“Lo que nos haga aprender. ¿Por qué crees que le doy tanta importancia a los detalles? Otros colegas dejan toda esa labor a sus ayudantes, al fin y al cabo no da dinero y ocupa demasiado tiempo, el tiempo que necesitan para aceptar otros encargos. Así les va. Nunca dejarán de ser unos pintamonas. Se han sentado en su arte y sólo les preocupa en la medida en que cubra sus gastos. Es una actitud muy apropiada para un bodeguero, pero si quieres llamarte pintor… Escucha bien, lo serás cuando pintes una casa sumergida en la luz del verano y te acuerdes de incluir en ella un toldo hinchado por el viento, cuando logres que un perro mire lleno de admiración a su amo, o que un gato aceche con ojos desorbitados a la presa que está a punto de atrapar. Entonces podrás llamarte pintor, si encuentras el color verdadero de la carne, si cuatro líneas tuyas bastan para crear un rostro y en él se refleja el temor, la espera, la meditación, la tranquilidad, el odio o la resignación. Todos tus colegas se tirarán de los pelos, incapaces de descubrir tu secreto… Pero ten cuidado, mucho cuidado”
“¿Con qué?”
“Nunca hay que olvidar a los ignorantes. Si no les das lo que piden, no te lo perdonarán. Pon lo que exigen en el lugar más visible, ahí donde no puedan dejar de encontrarlo. Lo que te interesa, no lo subrayes ni lo destaques. Sitúalo en el lugar que le corresponde, con sus tonos apropiados, no otros. Aquellos que saben, aquellos que entienden, sabrán qué buscar y cómo.“
La obscuridad nos rodea y separa, pero me bastaría estirar el brazo para tocarte. Escucho tu respiración, lenta y pausada, al igual que tú escuchas la mía. Sé que estás despierta, pero no quiero hablarte. Dejo pasar el tiempo, sabiéndote a mi lado, seguro de que no te marcharás, olvidado del mundo que se derrumba fuera de estas cuatro paredes.
- He escrito más versos.
- ¿Y ahora me lo dices? Léemelos. A qué esperas.
Doy lumbre a la lucerna y me levanto por el rollo de poemas que guardo entre la ropa. Cuando vuelvo al lecho, te has incorporado y sentado sobre la cama, cruzando las piernas. La débil luz de la llama tiembla sobre tu rostro, sobre la fina red de arrugas que comienza a formarse en tu piel, sobre tus pechos que empiezan a vencerse. La impaciencia te consume, Te abalanzas sobre mí, con la intención de arrebatarme el rollo, y forcejeamos juntos por su posesión.
Casi se nos olvidan los poemas, pero logras calmarte y vuelves a sentarte. Jadeas y en tu rostro se refleja el agotamiento de tantos años, la monotonía, la frustración. Es sólo un momento. Cuando descubres que te miro, vuelves a sonreírme, tu rostro se ilumina, retornas a tu juventud. Eres cruel, sabes que no puedo soportar el brillo de tu mirada cuando te pones así, y, sin embargo, no tienes reparo en jugar conmigo. Aparto la cabeza para no verte, pero cada vez que la levanto, estás ahí esperándome, vuelvo a encontrarme con tus ojos, con tu sonrisa maliciosa y picara, y no tengo otro remedio que hurtar de nuevo la mirada. Ríes despreocupada y confiada, como una niña.
- Vas a dejarlo ya o no.
- Vale, vale, no te pongas así.
Finges ponerte seria, aparentas arrepentimiento e inclinas la cabeza, contrita, pero lo haces mal a propósito, apenas puedes controlar la risa que te domina. Me acerco a ti y rozo tu mejilla con el puño cerrado. No me miras. Te esfuerzas en permanecer seria y digna. Rompo en carcajadas.
-¿A que esperas? – susurras
Me recuesto contra la pared y desenrollo el papiro. Tú te acurrucas contra mi hombro. Siento tu pecho rozar contra mi brazo. Comienzo a leer.
Tu risa me interrumpe.
-¿Qué pasa ahora?
-¿Cómo puedes escribir algo así? – dices mientras tus brazos se enroscan alrededor de mi torso
-¿Qué tienen de malo?
-¿Qué qué tienen de malo? Son una cursilada. Peor que eso, seguro que estabas pensando en mí cuando los escribiste. ¿Aún no te has dado cuenta de con quién estás ahora mismo? – tu voz se quiebra. Nunca la había oído en ese tono.
Tú eres una prostituta que me recibe una vez a la semana. Yo soy un poeta a quien sus versos no le van a sacar de la miseria, pero ahora, sobre este lecho, somos iguales que los reyes.
¿Cómo era aquello?
“Ni toda la gloria de Alejandro, ni todas las riquezas de los reyes, valen lo que el lento transcurrir de una tarde de verano o el secreto frescor de un vaso de agua”
Mi mano está en tu mejilla. Cierras los ojos y te aprietas contra ella.
“No pienso volver a pintar. Jamás en la vida. Es inútil que intentes convencerme.”
“¿Te crees que nadie sufre en este mundo, aparte de ti? ¿Te acuerdas de Cina? Has leído sus versos, incluso un día os presente. Ahora está muerto, su nombre era demasiado parecido al de un conjurado”
“Cina ha tenido mucha suerte. Ha muerto antes que su obra. Yo he tenido que ver como esos bárbaros asaltaban la casa de Bruto y la prendían fuego. No he podido hacer nada por evitarlo. En el lugar donde estaban mis frescos, ahora sólo quedan escombros requemados. Me había dejado la vida en ellos, había puesto todo de lo que soy capaz y ahora no queda nada. ¿Te enteras? ¡Nada en absoluto!”
“¿Eso es todo? ¿Te conformas con no ver ni sentir? Te voy a poner un ejemplo. Dentro de unos años, el nieto o el bisnieto de Bruto se cansa de ver unos garabatos pasados de moda y decide picar las paredes. Eso no debería importante. Tú ya estarás muerto.”
“Eso no va a ocurrir. Las personas que poseen mis pinturas son personas entendidas, no unos incultos que no tienen dónde caerse muertos”
“¿Por qué no va a ocurrir? ¿Por qué tú lo digas? Tú eras el primero en reírte a escondidas de los bocetos de tu maestro. Decías que estaban faltos de inspiración, que eran torpes y repetitivos. ¿Crees que no van a opinar lo mismo de los tuyos? Aunque seas un genio lo harán. Espera a que el último pintamonas haya copiado tus trazos, entonces tus pinturas sólo servirán para aburrir. Preferirán cualquier novedad, aunque la ejecución sea torpe y los colores estridentes. Métete eso en la cabeza.”
“¿Quieres palabras duras? Yo también tengo puedo decirte unas cuantas. Tú y todos los poetas escribís sólo para el momento, para agradar a la mujer con la que queréis acostaros, para adular al rico que os mantiene, para entretener a los comensales de una cena. ¿Crees que alguno recuerda tus versos? A los postres ya se les han olvidado. En cambio, yo y el arquitecto que ha construido la casa donde voy a pintar trabajamos para la eternidad, para personas que van a vivir allí un día tras otro, que van a crecer y envejecer rodeados de nuestra obra, para quienes va a ser tan suyo como su brazo o su pierna. Por eso es tan terrible su destrucción, es como si te lo amputaran.”
“Sin darte cuenta me das la razón.“
“No te doy la razón.”
“Sí me la das. Mira, ¿Crees que me importa que recuerden más una indigestión que mis versos? Si fuera así, me hubiera hecho cocinero. ¿Qué tu arte es más duradero que el mío?. También lo sé. Quizás alguno de mis poemas esté de moda una temporada o dos, pero dudo que la próxima generación recuerde mi nombre. No todos tenemos la suerte de Homero, si es que existió en realidad. Soy consciente de todo eso y sin embargo sigo escribiendo, pues no busco el aplauso, ni la fama, ni la riqueza. Tú haces como yo”
“No hago como tú. Tu actitud es suicida. Hay que contemporizar o si no, te convertirás un paria o un apestado. Nadie puede colocarse aparte de todo el mundo.”
“Sí que haces como yo, porque tú tampoco pintas por dinero o por fama. Si sólo quisieses eso, te bastaría con calcar patrones en las paredes y colorearlos. Tienes la técnica suficiente para que cada copia parezca una obra nueva y original. ¿Actúas así? No, quieres que tus pinturas estén vivas, al contrario que las de tus competidores que sólo son una colección de monigotes.”
“No puedo pintar de otra manera... El día que no pueda…”
“Romperás tus pinceles. ¿Ves porque digo que somos iguales? Ambos creamos para nuestro propio placer. Lo que nos mueve es un deber íntimo e ineludible, tan necesario como respirar, comer o dormir. Si fueras un mercader podrías dejar de pintar. Podrías convencerte en cualquier momento de que no merece el esfuerzo, de que lo que ganas no compensa tus sacrificios y de que mejor te iría vendiendo trigo o madera. Por desgracia, esa opción te está vedada.”
”¿Por qué?”
”Porque no está en tu mano cambiar a los hombres, ni impedirles que destruyan lo que es bello. Por el contrario, sí está a tu alcance pintar. Te ha sido concedido, de la misma forma que a mí me ha sido concedido escribir. No puedes traicionar ese don. No puedes rendirte.”
“Pero no puedo soportarlo más, es demasiado doloroso. Creas y luego tienes dejar tu obra a merced de cualquier salvaje que se crea con derecho a mutilarla y desfigurarla. No puedo tolerarlo. No puedo permitir que tengan ese destino.”
“Tendrás que acostumbrarte. ¿Crees que no se han reído de mis versos? Los han retorcido y reformado hasta hacerlos irreconocibles, para poder burlarse de ellos o hacerlos pasar por suyos. Sin embargo, me he acorazado. Sus dardos ya no pueden alcanzarme. El mundo es así. Tienes que aceptarlo. No podemos hacer nada. Lo que hoy es adorado, mañana será aborrecido. Esa es la única verdad. No podemos proteger a nuestras obras una vez que han abandonado nuestras manos.”
“Como si fueran nuestros hijos.”
“De la misma forma. Al igual que a ellos, los engendramos, los alimentamos, los vestimos y educamos para entregarlos al mundo, sin saber que les espera allí. Deberíamos negarnos a procrear. Deberíamos negarnos a pintar y escribir. Más aún. Deberíamos encerrarnos en una habitación y negarnos a comer. Sin embargo, nadie obra así. Seguimos aferrados a la vida, por muy dura y horrible que sea.”
“Porque siempre hay esperanza, porque mientras estemos vivos, siempre podremos alcanzar la felicidad.”
“Nosotros o los que nos sigan. Si ven que no nos hemos rendido a pesar de todas las dificultades, a pesar de nuestra frustración y desaliento, ellos continuaran trabajando y luchando.”
“Una sola obra nuestra que les llegue bastará.”
-¿Qué hora es? Me he quedado dormido.
-No te preocupes. Aún queda mucho tiempo. Duerme. Duerme.
-Imposible. Ya no podré. La mañana se acerca. Dentro de poco tendremos que separarnos… A veces pienso…
-No te lo guardes. No hay nada peor.
-Pienso en cuando lo nuestro termine. En cuando tú no quieras recibirme o yo no desee visitarte. ¿Cuánto tiempo nos queda aún de felicidad? Nada es eterno… Sabes, creo que me gustaría morir antes de… antes de ese día en que comencemos a aburrirnos
-No pienses en la muerte. No pienses en el futuro. Lo que tenga que venir, ya vendrá. Demasiados días nos aguardan para lamentarnos. No es necesario empezar ahora. Ahora es el momento de ser feliz. Aprovéchalo. No lo dejes ir.
-¿Aunque el mundo se esté derrumbando?
-El mundo siempre está derrumbándose.
El maestro ha cambiado en estos últimos meses. Ha despedido a todos sus aprendices. Mi presencia es la única que no le enoja. Él se ocupa ahora personalmente de todo el trabajo, prepara la pared, mezcla los colores, traspasa los diseños al muro. Todas las tareas monótonas de los aprendices las ha hecho suyas. A pesar de esas nuevas cargas que se ha echado encima, no rechaza ningún encargo. Se ve obligado a pintar cada día más y más horas, robando tiempo al sueño y a la comida, pero no le importa, sólo quiere pintar, pintar, pintar. No sé que genio malo se ha apoderado de su alma. Cada día está más delgado y las ojeras que cubren sus ojos se han vuelto permanentes. Temo que se desplome frente a mí en cualquier momento, muerto de agotamiento, pero él continúa pintando frenéticamente, sin pausas, sin descanso. La propia tensión que le consume le mantiene en pie.
Nunca había pintado mejor. Nunca había sido tan audaz. Moja la esponja en la pintura y la arroja contra la pared. Salpica con otro color sobre la mancha aún fresca. Sumerge sus dedos en los tintes y recorre con ellos la pared. Cuando se aparta, veo alzarse las montañas, ocres y opacas, en el horizonte ardiente del atardecer. Otras veces, son arboles y casas, rocas y cascadas que se materializan entre la niebla. Ya no hay partes más o menos importantes. Todo es uno. Parece soñar con el momento en que sea imposible eliminar cualquier fragmento de su obra, por pequeño e insignificante que éste sea, como si quisiera dotarla de los medios con que defenderse por sí sola de cualquier agresión.
Desconozco la razón por la que me mantiene a su lado. “Mira” me dice “contempla esto. Esto es pintar de verdad. Mi obra anterior no eran más que pintarrajos de niño.” y sigue pintando a increíble velocidad, como si quisiera recuperar los años que ha perdido. “Aprende” me advierte “No tendrás una oportunidad igual” pero no me deja tocar los pinceles, ni siquiera acercarme a la pared. Soy un simple espectador de su arte, un testigo de su gloria.
No puedo continuar así, llevo meses sin pintar nada, me estoy oxidando. Tengo que buscarme otro maestro, me repito todas las noches cuando me acuesto, pero al día siguiente vuelvo a acompañarle y a seguir su juego. Me da pena. Si yo desaparezco, nadie querrá ocuparse de él. Nadie.
Los clientes han comenzado a abandonarle. No pueden soportar su obra, les da miedo. Lo que mi amo pinta no son las imágenes que uno espera ver cuando intenta conciliar el sueño en su cubículo, cuando invita a los amigos a comer a casa o cuando se sienta a tomar el fresco en el patio. Su pintura es demasiado dolorosa, demasiado real, demasiado cercana. La gente sacude la cabeza al verlo, preocupada. Comienzan a hablar de él en tiempo pasado. No le encargan nada.
El trabajo escasea, el dinero nos falta, pero mi maestro no se da cuenta. No puede permanecer inactivo. Ha comenzado a pintar las paredes y los techos de nuestro taller. “Ahora soy libre” grita “ya no tengo que pintar para nadie, sólo para mí” pero su pasión hace que los pinceles se quiebren en sus manos. Ya no le sirven para nada, no puede plasmar con ellos las ideas que bullen en su mente. Ellos pagan su impotencia y su frustración. Nada de lo que hace le satisface. La rabia y la desesperación le dominan, golpea la pared con sus puños y hace trizas los tarros de colorantes, como si éstos pudieran sentir dolor o responderle.
Acaba de tener un nuevo ataque. Ahora yace en el suelo, en medio de un sueño inquieto, luchando, combatiendo por su ideal. Le contemplo desde el umbral del taller, por última vez, antes de cerrar la puerta tras de mí.
Las calles de Roma están llenas de legionarios. Se despiden apresuradamente de los suyos y corren a unirse a sus unidades. Luego marchan por las calles, entre los vítores y aclamaciones de la plebe. Las ancianas les arrojan flores, las jóvenes se cuelgan de sus cuellos y les regalan besos. – ¡Vamos a vengar a César! – gritan hasta enronquecer – ¡Ay de sus asesinos! – La ilusión y el entusiasmo brillan en los rostros de todos. Ya ven en sus manos el botín que van a obtener de los enemigos, ya aran las tierras con las que van a ser recompensados tras la campaña. Adiós a la pobreza, hasta nunca a las privaciones, se dicen, mientras sonríen y saludan a los que les vitorean. Sin embargo, su alegría es sobrepasada por la de sus jefes, aunque éstos la oculten celosamente. El mundo es suyo. Una vez derrotados los conjurados, podrán ejercer el poder sin oposición ni impedimentos, como ni Flaminios, ni Escipiones, ni Gracos, ni Silas pudieron soñar jamás.
Yo ya poseo mi propia gloria, mi propio tesoro. No tengo que embarcarme a tierras lejanas, ni arriesgar mi vida. Sólo el breve espacio de una semana me separa de ella. Me basta con esperar para tenerla de nuevo por entero, para mí solo, simplemente porque ambos lo deseamos así. Mientras aguardo, tengo mi oficio, la dura e ingrata labor de pegar palabras una detrás de la otra, para formar versos y con ellos estrofas. Si ella ríe al leerlos o sus ojos se emocionan, merecerá la pena. Esta vida merecerá la pena
Nota: El entierro de César fue así en realidad. El resto de la peripecia es inventado, aunque los frescos que aparecen se corresponden con frescos reales y los versos son de Cátulo.
Año 44 a.C Roma
La multitud me rodea y aprisiona. Me ahogo en su hedor acre y penetrante. Los que tengo detrás me empujan, clavan sus codos en mis costillas tratando de hacerse sitio, o me utilizan como apoyo para encaramarse y ver lo que ocurre en la rostra. Me revuelvo y me encaro con ellos, pero ninguno repara en mí. Su atención esta fija en lo que sucede en la tribuna. Sus ojos no ven nada más. Están embrujados. Sus rostros, curtidos por el sol, surcados por profundas arrugas, destruidos por la vida y el sufrimiento, pasan sin transición alguna del odio a la compasión, del entusiasmo a la desesperanza.
Yo también me vuelvo. En lo alto de una plataforma erigida sobre la tribuna han colocado una camilla. En ella se adivina la forma de un cadáver envuelto en un sudario. Dispuestos a su alrededor, se halla un grupo de ciudadanos, vestidos de luto, que lloran en público sin ningún pudor, como mujerzuelas. Sus ropas son ricas y caras, nuevas y limpias, en contrastaste con los andrajos grises y raídos que porta la muchedumbre que les escucha.
Uno de esos ciudadanos respetables se ha recogido la toga sobre los hombros y ha ascendido hasta las parihuelas. Allí arriba comienza a gesticular y retorcerse como un alienado. Su rostro, congestionado por el esfuerzo, se contrae en una mueca tras otra. Tan pronto se abraza al cadáver y llora sobre él, hundiendo la cabeza en su pecho, como se alza de repente, con los ojos llenos de furia, y extiende sus manos hacia nosotros, señalando alternativamente el cielo y el cuerpo que yace a sus pies. Su agitación es tan grande que parece que va a desplomarse ante nosotros en cualquier momento. Por último, aparta el sudario, toma el manto que cubre el cadáver y lo extiende ante nuestros ojos, mientras pasa las manos por las rasgaduras que hicieron los puñales y señala cada una de las manchas de sangre que produjeron las heridas.
Ninguna palabra acompaña a estas imágenes. La multitud ruge y gime enloquecida, acallando todo sonido que no sea el suyo, semejante al estruendo del mar que rompe furioso contra las rocas. La boca del orador se abre y cierra mecánicamente, como la de un muñeco. Sus movimientos son también los de un muñeco, torpes, incoherentes, desmañados. A nadie le importa. Las emociones saltan sobre nosotros, incontenibles, contagiando a un muñeco tras otro de los que se hacinan en el foro, corroyendo y traspasando con su potencia mi inútil máscara de escepticismo. Ya no lucho. Me dejo llevar. Yo también grito. Yo también lloro. Me inunda la rabia. Deseo matar y vengarme.
Han alzado un muñeco auténtico sobre la tribuna. Reconozco la efigie del muerto, representada tal y como era en vida, sólo que ahora su rostro muestra la expresión incrédula con la que le sorprendió la muerte. Aún cuando se estaba desangrando, no podía concebir que alguien se atreviese a levantar la mano contra él o que armas humanas pudieran herirle, cuando de tantos combates había escapado ileso. Sobre el maniquí de cera también han sido representadas las heridas que le robaron la vida, con sus bocas frescas y sangrantes. Sin que sepamos cómo, dan la vuelta al muñeco, levantan sus brazos y lo inclinan para que podamos contemplarlas mejor. El orador las señala una tras otra, deteniéndose en cada una de ellas. Sus ojos se inflaman, su boca se retuerce. Está nombrando a quién la causó, cubriéndole de insultos, azuzando a la multitud contra él.
Entonces estalla. Tan inesperado como el primer trueno de una tormenta, el alarido atronador de la multitud congela en sus posiciones a todos los que se hallan sobre la tribuna. Sus miradas se vuelven bobas y vacías, las de gentes que no saben si deben alegrarse o aterrorizarse, que desconocen sí la fuerza que acaban de despertar va a volverse contra ellos y consumirles. Antes de que puedan reaccionar, la multitud ha roto sobre la rostra y les ha arrebatado el cadáver. La pira destinada para él ha comenzado arder al mismo tiempo, con llamas salvajes y furiosas, las mismas que están devorando el edificio del senado. El fuego se extiende por la ciudad, transportado por la muchedumbre rabiosa que abandona el foro, que se disuelve de dentro hacia fuera, como una casa que se derrumba sobre la calle. Todos corren, los primeros empujados por los que les siguen, sin saber a dónde, pero en cada uno anida el deseo de matar a alguien, a los conjurados, a sus parientes, a sus amigos, a cualquiera que les conozca o haya cometido el error de saludarles amistosamente.
Silencio.
La riada me ha arrastrado hasta el foro Boario. Estoy solo. Mis oídos aún zumban, mis manos tiemblan, pero a mi alrededor todo está tranquilo y silencioso. Tengo la impresión de estar en otra ciudad, una ciudad en paz. Sólo las columnas de humo que comienzan a elevarse sobre las colinas traicionan la realidad en la que vivo.
Abandono el foro. Me pierdo por las callejuelas vacías, llenas de sombra. Apenas vislumbro una estrecha franja de cielo azul entre los tejados. No tengo ninguna referencia de lo que sucede en la ciudad fuera de las paredes que me rodean. Espero llegar a tiempo, ya voy con retraso, pero al torcer una esquina, me topo con un control. Ellos también me han visto. No tengo más remedio que acercarme y esperar que los dioses me protejan. Los hombres que me han detenido están muy irritados. Preferirían estar con sus compañeros, cazando a los conjurados, incendiando casas, en vez de permanecer aquí de guardia, en este rincón perdido de la ciudad. Tiemblo al percibir que están dispuestos a tener su parte de diversión, pese a quien pese.
Comienzan a interrogarme, uno tras otro, interrumpiéndose entre sí, disputando agriamente entre ellos sobre las preguntas que deben dirigirme. Tengo que demostrarles que no estoy relacionado con ninguno de los asesinos de César, que ni siquiera les conocía de vista. No les convenzo. He salido a la calle y no estoy colaborando en la captura de los culpables. Eso basta para convertirme en sospechoso. Quizás lleve algún mensaje a algún conjurado escondido, o puede que esté comprobando la ubicación de los puestos de control para facilitar la huida de otro.
Tras mucho rato de discutir, optan por dejarme marchar. Mi aspecto me ha salvado. Soy igual que ellos. Visto ropa pobre y raída, mi cabello y barba están mal cuidados, no tengo barriga. Evidentemente, no soy uno de los hombres adinerados que han concebido y apoyado la muerte de César. Me permiten continuar mi camino. Cuando cruzo entre los guardias dirijo una mirada de reojo a los cuerpos que se amontonan en el arroyo. Otros no han tenido tanta suerte. No me detengo, sé que tras de mí hay quien vigila mis reacciones.
No es el último control que encuentro y en cada puesto se repite la misma historia. De nada me sirve haber franqueado los otros, hay que empezar desde cero. Cuando llego al burdel dónde trabajas, se me ha hecho ya muy tarde. Lo encuentro lleno de clientes.
Tras matar, incendiar y saquear, estos ciudadanos han decidido otorgarse una recompensa. Risas y cantos llenan el lugar. Hombres y mujeres se retuercen entrelazados sobre los lechos, sobre el pavimento, allí dónde el deseo les ha alcanzado, allí dónde queda un sitio libre. Las eslavas recorren la sala llevando ánforas de vino, bandejas de carne, cestas de fruta. Caminan con cuidado, vigilando donde ponen los pies, para no pisar los cuerpos que yacen en el suelo, inconscientes por el vino o debatiéndose aún en los espasmos del amor. Un grupo de músicos toca en un rincón pero nadie les presta atención, puesto que el rumor de tantas voces aplasta su música. La obscuridad vela sus caras, sólo se alcanza a ver las manos que recorren incansables los instrumentos.
Cruzo la sala y asciendo corriendo por la escalera, hacia tu aposento. Temo que no me esperes. He tardado demasiado. Un día tan bueno para el negocio como hoy no puede desaprovecharse, debes estar trabajando. No te tendrá cualquiera, sin embargo, y menos uno de los don nadie que se revuelcan en la sala común. Tu precio es alto y sólo los más acaudalados pueden presumir de haberte tenido entre sus brazos. Nunca he llegado a explicarme por qué te has encaprichado conmigo, por qué me reservas un día entero cada semana, cuando un pobre poeta como yo jamás podrá pagarte ni la décima parte de una de tus horas.
Cuando abro la puerta, me saluda tu sonrisa, más preciosa que todas las sedas y todas las joyas que cubren tu cama. Es nuestro día, aquél en que podemos olvidarnos de nuestras miserias y de nuestras decepciones. Tú me has aguardado y yo he venido. Nada más importa.
Hemos terminado, pero en vez de apartarme, me quedo un rato más en tu regazo. Me estrechas contra tu pecho y me acaricias el cabello. Tu calor adormece y embota mi cuerpo, difuminando el contacto duro y estrecho de tus brazos y tus piernas contra él. Rompo a llorar. No me preguntas nada, sólo me abrazas aún más fuerte. No hubiera sabido que responderte.
El revoque aún está fresco. Si lo tocase, la huella de mis dedos quedaría impresa en su superficie. Sin mirar, extiendo el brazo hasta uno de los cuencos y remojo el pincel en la pintura. Al alzarlo hacia el techo, una gota cae sobre mi frente. No me la limpio. No tengo tiempo. Debo acabar antes de que el techo se seque o tendríamos que picarlo entero y empezar de nuevo.
Con mucho cuidado trazo el perfil de un pájaro, siguiendo los puntos que indican su contorno. Sus alas están extendidas para remontar el vuelo. Lleva una baya en el pico con la que va a alimentar a sus polluelos. No me ocupa mucho dibujarlo, así que tomo otro pincel y comienzo a rellenarlo de color. El pico, el punto de los ojos, las plumillas de la cabeza y el cuello, el plumón del pecho, las largas remeras, las escamas de las patas.
Me vuelvo de repente, sobresaltado. El maestro está detrás de mí, observando mi trabajo.
“Me habéis asustado, maestro. Quería terminar esta parte del techo antes de que nos fuéramos”
“No está mal. Vas cogiendo soltura, pero déjame”
Toma otro pincel y comienza a dibujar una maraña de líneas sin sentido. De vez en cuando se detiene, medita un instante y añade una nota de color.
“Mira ahora y dime que te parece”
Se aparta para dejarme ver. Su pájaro está volando sobre nuestras cabezas. Recoge sus alas y se lanza como una flecha sobre el arbusto que está pintado más abajo en la pared. Comparado con éste, el que yo he pintado no es más que un garabato informe.
El maestro apoya su mano en mi hombro.
“ Acaba de pintar el fondo del techo antes de que se seque.”
Termino y desciendo del andamio. El maestro está pintando el rostro de un niño. El pequeño acaba de descubrir la escena que se desarrolla junto a él y se vuelve sorprendido. Tan absorto está, que no se da cuenta de que ha inclinado demasiado el cesto de frutas que lleva y que éstas se están precipitando al suelo, rodando y esparciéndose por doquier.
Sigo la mirada del niño. Un héroe y una diosa acaban de encontrarse. Esta zona aún no ha sido pintada. Sólo las siluetas de los personajes han sido trazadas sobre la pared aún desnuda, con leves indicaciones que muestran la posición de las manos, la situación de boca y ojos, la expresión que adoptarán.
El maestro da la última pincelada. Seca el pincel con un paño y se levanta. Mi presencia no le sorprende.
“¿Qué piensas?”
“Si sólo pudiera pintar como vos…”
“Lo harás. Yo también tuve que pintar muchos techos cuando era aprendiz. Al menos ya no te toca moler los colorantes y aplicar el revoque. Algo has avanzado”
Ambos guardamos silencio.
“Señor…”
“Dime”
“¿Cuándo vais a pintar la escena principal? Estoy ansioso por verla, con el esfuerzo que ponéis en los detalles, estoy seguro que será algo fuera de lo común.”
“Es la parte que menos me importa”
“¡Pero es la escena central! ¡La que da sentido al resto!”
“Y por la que me pagan. Cierto, Esa escena será lo primero que se verá cuando se entre por la puerta. Por eso no puedo defraudarles”
“¿Defraudarles?”
“Exactamente. Aunque nadie lo diga, todos esperan que esta escena se represente de una forma precisa. El héroe debe mostrar bravura y fortaleza. La diosa, nobleza y sabiduría. Todos los gestos, todos los colores deben subordinarse a este fin. Ninguna fantasía está permitida. Siempre debe aparecer lo mismo, como si se aplicase el mismo calco una y otra vez. Para eso mi talento no es necesario. Cualquiera de vosotros, hasta el menos dotado, podría pintarla igual de bien que yo. Muchas veces he pensado en dejarlo en vuestras manos, pero creo que los clientes no se sentirían muy contentos si lo descubrieran…” Se sonríe para sí “Si sólo tuviéramos que pintar lo que a ellos les place…”
“¿Qué hay que pintar entonces?”
“Lo que nos haga aprender. ¿Por qué crees que le doy tanta importancia a los detalles? Otros colegas dejan toda esa labor a sus ayudantes, al fin y al cabo no da dinero y ocupa demasiado tiempo, el tiempo que necesitan para aceptar otros encargos. Así les va. Nunca dejarán de ser unos pintamonas. Se han sentado en su arte y sólo les preocupa en la medida en que cubra sus gastos. Es una actitud muy apropiada para un bodeguero, pero si quieres llamarte pintor… Escucha bien, lo serás cuando pintes una casa sumergida en la luz del verano y te acuerdes de incluir en ella un toldo hinchado por el viento, cuando logres que un perro mire lleno de admiración a su amo, o que un gato aceche con ojos desorbitados a la presa que está a punto de atrapar. Entonces podrás llamarte pintor, si encuentras el color verdadero de la carne, si cuatro líneas tuyas bastan para crear un rostro y en él se refleja el temor, la espera, la meditación, la tranquilidad, el odio o la resignación. Todos tus colegas se tirarán de los pelos, incapaces de descubrir tu secreto… Pero ten cuidado, mucho cuidado”
“¿Con qué?”
“Nunca hay que olvidar a los ignorantes. Si no les das lo que piden, no te lo perdonarán. Pon lo que exigen en el lugar más visible, ahí donde no puedan dejar de encontrarlo. Lo que te interesa, no lo subrayes ni lo destaques. Sitúalo en el lugar que le corresponde, con sus tonos apropiados, no otros. Aquellos que saben, aquellos que entienden, sabrán qué buscar y cómo.“
La obscuridad nos rodea y separa, pero me bastaría estirar el brazo para tocarte. Escucho tu respiración, lenta y pausada, al igual que tú escuchas la mía. Sé que estás despierta, pero no quiero hablarte. Dejo pasar el tiempo, sabiéndote a mi lado, seguro de que no te marcharás, olvidado del mundo que se derrumba fuera de estas cuatro paredes.
- He escrito más versos.
- ¿Y ahora me lo dices? Léemelos. A qué esperas.
Doy lumbre a la lucerna y me levanto por el rollo de poemas que guardo entre la ropa. Cuando vuelvo al lecho, te has incorporado y sentado sobre la cama, cruzando las piernas. La débil luz de la llama tiembla sobre tu rostro, sobre la fina red de arrugas que comienza a formarse en tu piel, sobre tus pechos que empiezan a vencerse. La impaciencia te consume, Te abalanzas sobre mí, con la intención de arrebatarme el rollo, y forcejeamos juntos por su posesión.
Casi se nos olvidan los poemas, pero logras calmarte y vuelves a sentarte. Jadeas y en tu rostro se refleja el agotamiento de tantos años, la monotonía, la frustración. Es sólo un momento. Cuando descubres que te miro, vuelves a sonreírme, tu rostro se ilumina, retornas a tu juventud. Eres cruel, sabes que no puedo soportar el brillo de tu mirada cuando te pones así, y, sin embargo, no tienes reparo en jugar conmigo. Aparto la cabeza para no verte, pero cada vez que la levanto, estás ahí esperándome, vuelvo a encontrarme con tus ojos, con tu sonrisa maliciosa y picara, y no tengo otro remedio que hurtar de nuevo la mirada. Ríes despreocupada y confiada, como una niña.
- Vas a dejarlo ya o no.
- Vale, vale, no te pongas así.
Finges ponerte seria, aparentas arrepentimiento e inclinas la cabeza, contrita, pero lo haces mal a propósito, apenas puedes controlar la risa que te domina. Me acerco a ti y rozo tu mejilla con el puño cerrado. No me miras. Te esfuerzas en permanecer seria y digna. Rompo en carcajadas.
-¿A que esperas? – susurras
Me recuesto contra la pared y desenrollo el papiro. Tú te acurrucas contra mi hombro. Siento tu pecho rozar contra mi brazo. Comienzo a leer.
Primero dame un beso y luego dos más
Continua con mil y sigue con cien
Y luego otros cien y después otros mil
Hasta que perdamos la cuenta
Y no nos importe tener que ignorarla
Entonces empieza de nuevo
Primero dame un beso y luego dos más
Continua con mil y sigue con cien
Y luego otros cien y después otros mil
Hasta que perdamos la cuenta
Y no nos importe tener que ignorarla
Entonces empieza de nuevo
Primero dame un beso y luego dos más
Tu risa me interrumpe.
-¿Qué pasa ahora?
-¿Cómo puedes escribir algo así? – dices mientras tus brazos se enroscan alrededor de mi torso
-¿Qué tienen de malo?
-¿Qué qué tienen de malo? Son una cursilada. Peor que eso, seguro que estabas pensando en mí cuando los escribiste. ¿Aún no te has dado cuenta de con quién estás ahora mismo? – tu voz se quiebra. Nunca la había oído en ese tono.
Tú eres una prostituta que me recibe una vez a la semana. Yo soy un poeta a quien sus versos no le van a sacar de la miseria, pero ahora, sobre este lecho, somos iguales que los reyes.
¿Cómo era aquello?
“Ni toda la gloria de Alejandro, ni todas las riquezas de los reyes, valen lo que el lento transcurrir de una tarde de verano o el secreto frescor de un vaso de agua”
Mi mano está en tu mejilla. Cierras los ojos y te aprietas contra ella.
“No pienso volver a pintar. Jamás en la vida. Es inútil que intentes convencerme.”
“¿Te crees que nadie sufre en este mundo, aparte de ti? ¿Te acuerdas de Cina? Has leído sus versos, incluso un día os presente. Ahora está muerto, su nombre era demasiado parecido al de un conjurado”
“Cina ha tenido mucha suerte. Ha muerto antes que su obra. Yo he tenido que ver como esos bárbaros asaltaban la casa de Bruto y la prendían fuego. No he podido hacer nada por evitarlo. En el lugar donde estaban mis frescos, ahora sólo quedan escombros requemados. Me había dejado la vida en ellos, había puesto todo de lo que soy capaz y ahora no queda nada. ¿Te enteras? ¡Nada en absoluto!”
“¿Eso es todo? ¿Te conformas con no ver ni sentir? Te voy a poner un ejemplo. Dentro de unos años, el nieto o el bisnieto de Bruto se cansa de ver unos garabatos pasados de moda y decide picar las paredes. Eso no debería importante. Tú ya estarás muerto.”
“Eso no va a ocurrir. Las personas que poseen mis pinturas son personas entendidas, no unos incultos que no tienen dónde caerse muertos”
“¿Por qué no va a ocurrir? ¿Por qué tú lo digas? Tú eras el primero en reírte a escondidas de los bocetos de tu maestro. Decías que estaban faltos de inspiración, que eran torpes y repetitivos. ¿Crees que no van a opinar lo mismo de los tuyos? Aunque seas un genio lo harán. Espera a que el último pintamonas haya copiado tus trazos, entonces tus pinturas sólo servirán para aburrir. Preferirán cualquier novedad, aunque la ejecución sea torpe y los colores estridentes. Métete eso en la cabeza.”
“¿Quieres palabras duras? Yo también tengo puedo decirte unas cuantas. Tú y todos los poetas escribís sólo para el momento, para agradar a la mujer con la que queréis acostaros, para adular al rico que os mantiene, para entretener a los comensales de una cena. ¿Crees que alguno recuerda tus versos? A los postres ya se les han olvidado. En cambio, yo y el arquitecto que ha construido la casa donde voy a pintar trabajamos para la eternidad, para personas que van a vivir allí un día tras otro, que van a crecer y envejecer rodeados de nuestra obra, para quienes va a ser tan suyo como su brazo o su pierna. Por eso es tan terrible su destrucción, es como si te lo amputaran.”
“Sin darte cuenta me das la razón.“
“No te doy la razón.”
“Sí me la das. Mira, ¿Crees que me importa que recuerden más una indigestión que mis versos? Si fuera así, me hubiera hecho cocinero. ¿Qué tu arte es más duradero que el mío?. También lo sé. Quizás alguno de mis poemas esté de moda una temporada o dos, pero dudo que la próxima generación recuerde mi nombre. No todos tenemos la suerte de Homero, si es que existió en realidad. Soy consciente de todo eso y sin embargo sigo escribiendo, pues no busco el aplauso, ni la fama, ni la riqueza. Tú haces como yo”
“No hago como tú. Tu actitud es suicida. Hay que contemporizar o si no, te convertirás un paria o un apestado. Nadie puede colocarse aparte de todo el mundo.”
“Sí que haces como yo, porque tú tampoco pintas por dinero o por fama. Si sólo quisieses eso, te bastaría con calcar patrones en las paredes y colorearlos. Tienes la técnica suficiente para que cada copia parezca una obra nueva y original. ¿Actúas así? No, quieres que tus pinturas estén vivas, al contrario que las de tus competidores que sólo son una colección de monigotes.”
“No puedo pintar de otra manera... El día que no pueda…”
“Romperás tus pinceles. ¿Ves porque digo que somos iguales? Ambos creamos para nuestro propio placer. Lo que nos mueve es un deber íntimo e ineludible, tan necesario como respirar, comer o dormir. Si fueras un mercader podrías dejar de pintar. Podrías convencerte en cualquier momento de que no merece el esfuerzo, de que lo que ganas no compensa tus sacrificios y de que mejor te iría vendiendo trigo o madera. Por desgracia, esa opción te está vedada.”
”¿Por qué?”
”Porque no está en tu mano cambiar a los hombres, ni impedirles que destruyan lo que es bello. Por el contrario, sí está a tu alcance pintar. Te ha sido concedido, de la misma forma que a mí me ha sido concedido escribir. No puedes traicionar ese don. No puedes rendirte.”
“Pero no puedo soportarlo más, es demasiado doloroso. Creas y luego tienes dejar tu obra a merced de cualquier salvaje que se crea con derecho a mutilarla y desfigurarla. No puedo tolerarlo. No puedo permitir que tengan ese destino.”
“Tendrás que acostumbrarte. ¿Crees que no se han reído de mis versos? Los han retorcido y reformado hasta hacerlos irreconocibles, para poder burlarse de ellos o hacerlos pasar por suyos. Sin embargo, me he acorazado. Sus dardos ya no pueden alcanzarme. El mundo es así. Tienes que aceptarlo. No podemos hacer nada. Lo que hoy es adorado, mañana será aborrecido. Esa es la única verdad. No podemos proteger a nuestras obras una vez que han abandonado nuestras manos.”
“Como si fueran nuestros hijos.”
“De la misma forma. Al igual que a ellos, los engendramos, los alimentamos, los vestimos y educamos para entregarlos al mundo, sin saber que les espera allí. Deberíamos negarnos a procrear. Deberíamos negarnos a pintar y escribir. Más aún. Deberíamos encerrarnos en una habitación y negarnos a comer. Sin embargo, nadie obra así. Seguimos aferrados a la vida, por muy dura y horrible que sea.”
“Porque siempre hay esperanza, porque mientras estemos vivos, siempre podremos alcanzar la felicidad.”
“Nosotros o los que nos sigan. Si ven que no nos hemos rendido a pesar de todas las dificultades, a pesar de nuestra frustración y desaliento, ellos continuaran trabajando y luchando.”
“Una sola obra nuestra que les llegue bastará.”
-¿Qué hora es? Me he quedado dormido.
-No te preocupes. Aún queda mucho tiempo. Duerme. Duerme.
-Imposible. Ya no podré. La mañana se acerca. Dentro de poco tendremos que separarnos… A veces pienso…
-No te lo guardes. No hay nada peor.
-Pienso en cuando lo nuestro termine. En cuando tú no quieras recibirme o yo no desee visitarte. ¿Cuánto tiempo nos queda aún de felicidad? Nada es eterno… Sabes, creo que me gustaría morir antes de… antes de ese día en que comencemos a aburrirnos
-No pienses en la muerte. No pienses en el futuro. Lo que tenga que venir, ya vendrá. Demasiados días nos aguardan para lamentarnos. No es necesario empezar ahora. Ahora es el momento de ser feliz. Aprovéchalo. No lo dejes ir.
-¿Aunque el mundo se esté derrumbando?
-El mundo siempre está derrumbándose.
El maestro ha cambiado en estos últimos meses. Ha despedido a todos sus aprendices. Mi presencia es la única que no le enoja. Él se ocupa ahora personalmente de todo el trabajo, prepara la pared, mezcla los colores, traspasa los diseños al muro. Todas las tareas monótonas de los aprendices las ha hecho suyas. A pesar de esas nuevas cargas que se ha echado encima, no rechaza ningún encargo. Se ve obligado a pintar cada día más y más horas, robando tiempo al sueño y a la comida, pero no le importa, sólo quiere pintar, pintar, pintar. No sé que genio malo se ha apoderado de su alma. Cada día está más delgado y las ojeras que cubren sus ojos se han vuelto permanentes. Temo que se desplome frente a mí en cualquier momento, muerto de agotamiento, pero él continúa pintando frenéticamente, sin pausas, sin descanso. La propia tensión que le consume le mantiene en pie.
Nunca había pintado mejor. Nunca había sido tan audaz. Moja la esponja en la pintura y la arroja contra la pared. Salpica con otro color sobre la mancha aún fresca. Sumerge sus dedos en los tintes y recorre con ellos la pared. Cuando se aparta, veo alzarse las montañas, ocres y opacas, en el horizonte ardiente del atardecer. Otras veces, son arboles y casas, rocas y cascadas que se materializan entre la niebla. Ya no hay partes más o menos importantes. Todo es uno. Parece soñar con el momento en que sea imposible eliminar cualquier fragmento de su obra, por pequeño e insignificante que éste sea, como si quisiera dotarla de los medios con que defenderse por sí sola de cualquier agresión.
Desconozco la razón por la que me mantiene a su lado. “Mira” me dice “contempla esto. Esto es pintar de verdad. Mi obra anterior no eran más que pintarrajos de niño.” y sigue pintando a increíble velocidad, como si quisiera recuperar los años que ha perdido. “Aprende” me advierte “No tendrás una oportunidad igual” pero no me deja tocar los pinceles, ni siquiera acercarme a la pared. Soy un simple espectador de su arte, un testigo de su gloria.
No puedo continuar así, llevo meses sin pintar nada, me estoy oxidando. Tengo que buscarme otro maestro, me repito todas las noches cuando me acuesto, pero al día siguiente vuelvo a acompañarle y a seguir su juego. Me da pena. Si yo desaparezco, nadie querrá ocuparse de él. Nadie.
Los clientes han comenzado a abandonarle. No pueden soportar su obra, les da miedo. Lo que mi amo pinta no son las imágenes que uno espera ver cuando intenta conciliar el sueño en su cubículo, cuando invita a los amigos a comer a casa o cuando se sienta a tomar el fresco en el patio. Su pintura es demasiado dolorosa, demasiado real, demasiado cercana. La gente sacude la cabeza al verlo, preocupada. Comienzan a hablar de él en tiempo pasado. No le encargan nada.
El trabajo escasea, el dinero nos falta, pero mi maestro no se da cuenta. No puede permanecer inactivo. Ha comenzado a pintar las paredes y los techos de nuestro taller. “Ahora soy libre” grita “ya no tengo que pintar para nadie, sólo para mí” pero su pasión hace que los pinceles se quiebren en sus manos. Ya no le sirven para nada, no puede plasmar con ellos las ideas que bullen en su mente. Ellos pagan su impotencia y su frustración. Nada de lo que hace le satisface. La rabia y la desesperación le dominan, golpea la pared con sus puños y hace trizas los tarros de colorantes, como si éstos pudieran sentir dolor o responderle.
Acaba de tener un nuevo ataque. Ahora yace en el suelo, en medio de un sueño inquieto, luchando, combatiendo por su ideal. Le contemplo desde el umbral del taller, por última vez, antes de cerrar la puerta tras de mí.
Las calles de Roma están llenas de legionarios. Se despiden apresuradamente de los suyos y corren a unirse a sus unidades. Luego marchan por las calles, entre los vítores y aclamaciones de la plebe. Las ancianas les arrojan flores, las jóvenes se cuelgan de sus cuellos y les regalan besos. – ¡Vamos a vengar a César! – gritan hasta enronquecer – ¡Ay de sus asesinos! – La ilusión y el entusiasmo brillan en los rostros de todos. Ya ven en sus manos el botín que van a obtener de los enemigos, ya aran las tierras con las que van a ser recompensados tras la campaña. Adiós a la pobreza, hasta nunca a las privaciones, se dicen, mientras sonríen y saludan a los que les vitorean. Sin embargo, su alegría es sobrepasada por la de sus jefes, aunque éstos la oculten celosamente. El mundo es suyo. Una vez derrotados los conjurados, podrán ejercer el poder sin oposición ni impedimentos, como ni Flaminios, ni Escipiones, ni Gracos, ni Silas pudieron soñar jamás.
Yo ya poseo mi propia gloria, mi propio tesoro. No tengo que embarcarme a tierras lejanas, ni arriesgar mi vida. Sólo el breve espacio de una semana me separa de ella. Me basta con esperar para tenerla de nuevo por entero, para mí solo, simplemente porque ambos lo deseamos así. Mientras aguardo, tengo mi oficio, la dura e ingrata labor de pegar palabras una detrás de la otra, para formar versos y con ellos estrofas. Si ella ríe al leerlos o sus ojos se emocionan, merecerá la pena. Esta vida merecerá la pena
Nota: El entierro de César fue así en realidad. El resto de la peripecia es inventado, aunque los frescos que aparecen se corresponden con frescos reales y los versos son de Cátulo.
domingo, 5 de diciembre de 2010
100 AS (XXXIX): Den Offentlige Rost (1988) Lejf Marcussen
Esta semana, en mi revisión de la lista de 100 mejores cortos animados que recopilara hace ya unos años el festival de Annecy, le ha llegado el turno a Den Offentlige Rost (La voz pública) realizado en 1988 por el danés Leijf Marcussen.
Para serles honestos, hasta hace unos minutos esta entrada se habría acabado aquí.
La razón es que había sido incapaz de encontrar el video en la Internet, ya fuera por medios legales o por medios menos legales, con lo que este comentario se hubiera reducido a una larga diatriba sobre el olvido y el desinterés en que se haya sumida la animación, de manera que sus mejores obras, blah, blah... ya saben, como es habitual mí.
Pero contra todo pronóstico, según he comenzado a escribir, se me ha ocurrido realizar una búsqueda en Google, para al menos poderles contar algo del creador del corto. Et Voilà! allú estaba, no en toda su gloria puesto que se trata de una copia de un VHS grabado de la TV, pero al menos visible. Desgraciadamente, la calidad, no es muy allá, por lo que he considerado que mejor no hacer capturas y para compensarles, poner primero el vídeo para que lo disfruten y luego obsequiarles con mi comentario, dándoles la clara oportunidad de no leerlo.
Así que aquí lo tienen y nos vemos tras el corto.
¿Y qué puedo decirles ahora? Debo confesarles que me se siento confuso, no porque el corto no me haya contado, sino porque a pesar de mi fascinación, me veo incapaz de proceder a su decodificación y descripción. Pero, antes vayamos por partes.
Leif Marcussen es un nombre que nos les dirá mucho. Por no decir, ni siquiera aparece en wikipedia, pero la escasa información que se puede encontrar en la Internet, se sabe que es un animador que trabaja desde principios de los 70 del siglo pasado con la TV danesa, y que busca la creación de cortos abstractos o mejor dicho, no verbales puesto que en ellos los objetos continúan siendo reconocibles, sólo que no hay una historia que contar. A lo cual debo añadir su obsesión con el paso del tiempo y los cambios que éste provoca en los espacios cotidianos.
Ahi queda. Pero... ¿qué quiere decir la frase de arriba, kilométrica como ninguna? Si han visto el corto, habrán podido comprobar como la anécdota se reduce a explorar con detalle creciente un cuadro de Delvaux, el que da título al corto.
para luego realizar el trayecto opuesto, sólo que por un camino completamente distinto. Como ven nada que pueda ser reducido a una narración convencional, de ahí lo de la no verbalidad, pero que tampoco se limita al simple truco técnico, ya que continuamente se nos están dando pistas, en claro guiñó surrealista, sobre la existencia de un mensaje ulterior y unificador, que el propio creador se ocupa de escamotearnos una y otra vez.
Así el camino de ida que tiene su origen en el cuadro no nos lleva dentro de él sino a una serie de vistas arquitectónicas, que parecen reconstruir una sui generis historia de la disciplina, una serie de espacios ideales que se esconden detrás del cuadro de Delvaux o a los que nos llevaría el tranvía que aparece en su centro. Sin embargo, es en el camino de vuelta, cuando el corto alcanza su culmen, con diferentes cuadros (es posible distinguir la Mona Lisa o el Jardín de las delicias) transformándose los unos en los otros, como si estuvieran contenidos en ellos y sus significados unidos por extrañas relaciones secretas, ocultas a nuestros ojos, y donde una y otra vez se nos recuerda la obra de partida, acompañado por una música discordante, sin aparente conexión con lo que estamos presenciando, y cuya única misión es precisamente crear desasosiego, señalar la cercanía ya la amenaza de esas relaciones invisibles que unen todo el tinglado, y que se suponen esenciales.
¿Han entendido algo? Yo tampoco. Ya les digo que sigo sin saber qué quiere decir el corto y que estas notas no son más que reflejo de mi confusión. Eso sí, volveré más de una vez a él, especialmente si consigo una copia de mejor calidad y ése es el mejor elogio que podría hacérsele, ya que no quedará relegado al olvido, como tantos otros de usar y tirar.
¿Algo más? Sí, un pequeño detalle técnico. Todo lo que han visto está hecho a mano, sin utilizar ordenador. Ahora asómbrense y procuren que alguien les cierre la boca.
Para serles honestos, hasta hace unos minutos esta entrada se habría acabado aquí.
La razón es que había sido incapaz de encontrar el video en la Internet, ya fuera por medios legales o por medios menos legales, con lo que este comentario se hubiera reducido a una larga diatriba sobre el olvido y el desinterés en que se haya sumida la animación, de manera que sus mejores obras, blah, blah... ya saben, como es habitual mí.
Pero contra todo pronóstico, según he comenzado a escribir, se me ha ocurrido realizar una búsqueda en Google, para al menos poderles contar algo del creador del corto. Et Voilà! allú estaba, no en toda su gloria puesto que se trata de una copia de un VHS grabado de la TV, pero al menos visible. Desgraciadamente, la calidad, no es muy allá, por lo que he considerado que mejor no hacer capturas y para compensarles, poner primero el vídeo para que lo disfruten y luego obsequiarles con mi comentario, dándoles la clara oportunidad de no leerlo.
Así que aquí lo tienen y nos vemos tras el corto.
¿Y qué puedo decirles ahora? Debo confesarles que me se siento confuso, no porque el corto no me haya contado, sino porque a pesar de mi fascinación, me veo incapaz de proceder a su decodificación y descripción. Pero, antes vayamos por partes.
Leif Marcussen es un nombre que nos les dirá mucho. Por no decir, ni siquiera aparece en wikipedia, pero la escasa información que se puede encontrar en la Internet, se sabe que es un animador que trabaja desde principios de los 70 del siglo pasado con la TV danesa, y que busca la creación de cortos abstractos o mejor dicho, no verbales puesto que en ellos los objetos continúan siendo reconocibles, sólo que no hay una historia que contar. A lo cual debo añadir su obsesión con el paso del tiempo y los cambios que éste provoca en los espacios cotidianos.
Ahi queda. Pero... ¿qué quiere decir la frase de arriba, kilométrica como ninguna? Si han visto el corto, habrán podido comprobar como la anécdota se reduce a explorar con detalle creciente un cuadro de Delvaux, el que da título al corto.
para luego realizar el trayecto opuesto, sólo que por un camino completamente distinto. Como ven nada que pueda ser reducido a una narración convencional, de ahí lo de la no verbalidad, pero que tampoco se limita al simple truco técnico, ya que continuamente se nos están dando pistas, en claro guiñó surrealista, sobre la existencia de un mensaje ulterior y unificador, que el propio creador se ocupa de escamotearnos una y otra vez.
Así el camino de ida que tiene su origen en el cuadro no nos lleva dentro de él sino a una serie de vistas arquitectónicas, que parecen reconstruir una sui generis historia de la disciplina, una serie de espacios ideales que se esconden detrás del cuadro de Delvaux o a los que nos llevaría el tranvía que aparece en su centro. Sin embargo, es en el camino de vuelta, cuando el corto alcanza su culmen, con diferentes cuadros (es posible distinguir la Mona Lisa o el Jardín de las delicias) transformándose los unos en los otros, como si estuvieran contenidos en ellos y sus significados unidos por extrañas relaciones secretas, ocultas a nuestros ojos, y donde una y otra vez se nos recuerda la obra de partida, acompañado por una música discordante, sin aparente conexión con lo que estamos presenciando, y cuya única misión es precisamente crear desasosiego, señalar la cercanía ya la amenaza de esas relaciones invisibles que unen todo el tinglado, y que se suponen esenciales.
¿Han entendido algo? Yo tampoco. Ya les digo que sigo sin saber qué quiere decir el corto y que estas notas no son más que reflejo de mi confusión. Eso sí, volveré más de una vez a él, especialmente si consigo una copia de mejor calidad y ése es el mejor elogio que podría hacérsele, ya que no quedará relegado al olvido, como tantos otros de usar y tirar.
¿Algo más? Sí, un pequeño detalle técnico. Todo lo que han visto está hecho a mano, sin utilizar ordenador. Ahora asómbrense y procuren que alguien les cierre la boca.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Modernity's Elegy/The Shock of the New (VIII): Culture as Nature
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| Robert Rauschenberg, Anagram |
En la reseña del capítulo anterior de The Shock of the New, la mítica serie de los 80 de Robert Hughes sobre el formalismo/modernismo, dos conclusiones habían quedado implícitas. La primera, que la vanguardia ya no era un asunto europeo, sino que el centro de la modernidad se había trasladado a los EEUU, en consonancia con la importancia política y económica de ese país. La segunda y más importante era que en su empeño por demoler los dogmas que habían gobernado el arte europeo desde el 1400, el expresionismo abstracto de los 50 había acabado con la dualidad arte-belleza, o lo que es lo mismo, el arte no necesitaba ser bello para recibir la calificación de arte.
El siguiente paso, que ocuparía la década de la 60 era fácilmente previsible, aunque nadie reparara en ello hasta verlo expuesto y aunque ciertos movimientos, como el Dadá, y ciertos artistas, como Duchamp y Schwitters, ya lo habían anticipado. Muy brevemente, el secreto a gritos que el Pop revelaría en esa década es que el concepto de arte era un concepto huero y vacio, en concreto, que cualquier objeto, cualquier manifestación podía ser arte, sin que esa calificación supusiera un marchamo de nobleza o calidad.
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| Jasper Johns, Target and Cast |
Para poder entender el porqué de esa revolución, esa última vuelta de tuerca en la historia del modernismo/formalismo, que junto con el concepto de arte acabaría allí también su recorrido. Hughes nos invita a realizar una reflexión histórica, tan sencilla y al mismo tiempo tan crucial, como darse cuenta de que el entorno en el que todos nosotros hemos crecido y desarrollamos nuestra vida diaria, es completamente distinta al de nuestros antepasados del siglo XIX. Ellos vivían aún en un mundo campesino y rural, donde la ciudad era una excepción y la naturaleza una norma. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos y la ciudad es nuestro paisaje.
Un paisaje vital que conlleva unas consecuencias no menos importantes, ya que frente al silencio, el ritmo pausado, la escasez de estñimulos y el tiempo para examinarlos y asimilarlos, nuestra sociedad se caracteriza por una multiplicidad de fuentes de información, siempre en funcionamiento, de flujo constante y en continua competencia, de manera que lo importante puede y queda ahogado por lo banal, mientras que el contenido se reduce a la orden que pueda ser captada al instante, tornando la imagen en signo, que no requiera esfuerzo de estudio ni de decodificación.
Un tiempo, un modo de ver y de experimentar que se resumen en la TV, cuya principal características, signo también de nuestros tiempos, no es su contenido ni si calidad, sino la capacidad de cambiar de canal, tornando la realidad en montaje y yuxtaposición, al alcance de cualquier individuo... como habían soñado los modernistas de principios del siglo XX.
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| Andy Warhol, Campell Soup |
En el campo del arte, esta metamorfosis de la experiencia vital supuso que al arte le había salido un competidor. Una fuente completamente distinta de los canales habituales, el artista en su estudio, que era capaz de producir símbolos e imágenes a mayor velocidad de lo que podría conseguir cualquier pintor en solitario, y propagarla a lo largo y ancho del mundo, haciéndola visibles ante toda la humanidad.
¿Cómo reaccionó el arte frente a este nuevo mundo? Adaptándose, asimilando lo cotidiano, reproduciendo la experiencia visible de los contemporáneos, como siempre había hecho en el pasado. Así, Rauschenberg introdujo la basura en el espacio artística, eligiéndola como ejemplo paradigmático y testimonio perfecto de la realidad social de su tiempo. Johns tomo los símbolos reconocidos por todos, como la bandera de los EEUU o una diana, y los vacío del contenido simplemente transfiriéndolos a otro soporte y exhibiéndolos en lugar distino, mientras que artistas como Warhol hicieron visible el absurdo de nuestra sociedad de consumo, quizás sin ser consciente plenamente de ello, puesto como la posesión de objetos producidos en cadena, cada uno idéntico a millares de otros, debería seguirse un experiencia personal única e irrepetible.
Los hubo, como Lichtenstein, que tomaron las producciones culturales populares, las destinadas a ser consumidas en el momento y enseguida arrojadas al vertedero y las transplataron al sancta sanctorum del museo, en un ejercicio mezcla de ironía frente a los tiempos y profunda admiración. Por último, artistas como Oldenburg tomaron los objetos cotidianos, aquellos producidos en masa, banales y en cuya existencia apenas reparamos, para modificar sus proporciones, su textura y sus materiales, transformándolos en presencias inquietantes, aviso de la fragilidad de nuestra realidad.
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| Roy Lichtenstein , Now, Mes Petits |
¿Y qué quedo de todo esto? Una puñado de grandes nombres que añadir a la lista del siglo, un buen numero de obras maestra, lo que parecía ser una resurrección del arte en la vía que había marcado el modernismo/formalismo en ese siglo de aciertos y victorias que va de 1880 a 1980. Sin embargo, y a pesar de este balance positivo, una conclusión completamente negativo, ya que el objetivo principal, el de un arte que pudiera resistir la comparación con los productos populares en su mismo ámbito no se consiguió.
Inevitablemente, el arte contemporáneo se fue convirtiendo poco a poco en un producto producido para los museos de arte contemporáneo y que sólo tenía sentido en el espacio del museo. Un arte que, al contrario, que el producido en siglos pasados e incluso durante la mayor parte de la vida del modernismo/formalismo, si fuera expuesto en la calle no atraería mirada alguna ni sería, por supuesto, apreciado.
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| Claes Oldenburg, Cloth Pin |
Sic transit gloria modernitatis
jueves, 2 de diciembre de 2010
Reading the Bible (y XIV)
Cuando abrió el séptimo sello hubo un silencio en el cielo como de media hora.
Apocalipsis, 8, 1
Con esta entrada finalizo mi lectura completa de la biblia, la tercera creo, dos en mi juventud y esta en mi madurez, completado mi tránsito de creyente a ateo. No sé si habrá una cuarta, entre otras cosas porque mi edición de Nacar Colunga empieza a perder integridad, a desencuadernarse y soltar hojas como árbol en otoño. ¿Una nueva? Creo que no sería capaz de acostumbrarme a otro estilo, otra cadencia y otro lenguaje, especialmente una edición modernizada.
Pero volviendo al tema. Con el libro del Apocalipsis, parece que los editores de la Biblia hayan querido hacer realidad la parábola de las bodas de Caná. Ya saben, dejar para el final de la fiesta el mejor vino, porque lo cierto es que éste libro atribuido al apóstol Juán es una de las cumbres del libro de los libros.
Ya he comentado en otras ocasiones como de joven de toda la Biblia solía centrarme en el Nuevo Testamento, y de éste, en cuanto acababa los Evangelios y los hechos de los apóstoles, saltaba directamente al Apocalipsis, evitando los sermones de las diferentes epístolas, y lo leía una y otra vez, fascinado por sus imágenes, intentando buscar un sentido a la acumulación de sucesos futuros que ese supuesto Juan había anunciado. No he sido el único que se ha sentido cautivado y obsesionado por ese libro, multitud de sectas cristianas han intentado hallar la clave que les permitiese averiguar cuando esas profecías iban a cumplirse, situándolo inevitablemente en su propio tiempo histórico, mientras que la profusión de imágenes a las que hacía referencia, la potencia y el detalle con que están descritas, han servido de inspiración a un milenio de arte cristiano.
Incluso, tan turbador llega a ser el libro, que padres de la iglesia y reformadores, como el caso de Lutero, lo han encontrado sospechoso y han pensado en eliminarlo del Cánon, mientras que la iglesia católica post Vaticano II, lo ha dejado un poco en segundo plano, ya que no coincide mucho con la (supuesta) postura tolerante y ecuménica del catolicismo contemporáneo... que ha llevado, por cierto, a que obrás máximas del Gregoriano, como el Dies Irae, no sean ya interpretadas en la liturgia, y si no lo creen, comprueben sus ediciones de Silos, serán incapaces de encontrarla.
No es extraño ese reparo de la iglesia frente al Apocalipsis. En él nada queda del supuesto amor de dios por sus criaturas, excepto unos pocos justos que son arrebatados al principio, el resto de la humanidad se ve sometido a la venganza y la ira divina, destruido y aniquiliado, sin posibilidad de perdón y remisión, pues incluso antes de que los tiempos se consumen, se envían las diferentes bestias (la del mar y la de la tierra( para que extravíen a los hombres y así se justifique el castigo que los espera.
Sin embargo, y más allá de este fin de los tiempos situado en un futuro desconocido, vale la pena examinar el apocalipsis como se suele hacer como cualquier profecía, es decir, como una alegoría del tiempo presente. Es entonces cuando descubrimos esa otra vertiente del cristianismo de la que ya he hablado en otras ocasiones, opuesta a la Paulina y a la mayoría de la doctrina cristiana, puesto que si Pablo intenta que la estructura social no sufra ningún cambio y que los cristianos sean respetuosos y obedientes con el poder romano, lo que el Apocalipsis muestra, sin ningún genero de dudas, es el odio de la masa cristiana, pobre y desheredada, frente a los ricos y potentados, los cuales serán aniquilados con todo lujo de torturas y castigos en ese final de los tiempos, en los que pediran a las montañas que caigan sobre ellos y les oculten de la ira del señor.
Un odio que se dirige así mismo contra el poder romano, contra esa marabunta que se había hecho dueño del espacio mediterráneo, con un inmenso coste humano y rapiñando todo lo que encontraba (no olvidemos, los mismos romanos consideraban digno de admiración que un gobernador volviera menos rico de una provincia que cuando se fue, por alfo que sí). Una Roma a la que se dirigen los peores insultos, que será la guarida de las bestias que dominarán el mundo y perseguirán a los creyentes, y que se derrumbará en la peor de las catástrofes para dejar paso a la Jerusalén Celestial.
Así que ya saben, si tienen una biblia al lado, tómense se un rato para leer el Apocalipsis. Déjense arrastrar por las brillantes imágenes, piensen que todo eso es un trasunto de la situación de la Iglesia hacia el año 100 d.C. y sobre todo descubran el genio poético y visual, digno de los mejores escritores, de esa persona que llamamos Juan el Apóstol.
Un genio que no sólo se destaca en las imágenes más desaforadas, sino en pequeños misterios insondables, como ese silencio que sucede a la apertura del séptimo sello, tras que lo anteriores hayan arrasado el mundo y sus habitantes.
Apocalipsis, 8, 1
Con esta entrada finalizo mi lectura completa de la biblia, la tercera creo, dos en mi juventud y esta en mi madurez, completado mi tránsito de creyente a ateo. No sé si habrá una cuarta, entre otras cosas porque mi edición de Nacar Colunga empieza a perder integridad, a desencuadernarse y soltar hojas como árbol en otoño. ¿Una nueva? Creo que no sería capaz de acostumbrarme a otro estilo, otra cadencia y otro lenguaje, especialmente una edición modernizada.
Pero volviendo al tema. Con el libro del Apocalipsis, parece que los editores de la Biblia hayan querido hacer realidad la parábola de las bodas de Caná. Ya saben, dejar para el final de la fiesta el mejor vino, porque lo cierto es que éste libro atribuido al apóstol Juán es una de las cumbres del libro de los libros.
Ya he comentado en otras ocasiones como de joven de toda la Biblia solía centrarme en el Nuevo Testamento, y de éste, en cuanto acababa los Evangelios y los hechos de los apóstoles, saltaba directamente al Apocalipsis, evitando los sermones de las diferentes epístolas, y lo leía una y otra vez, fascinado por sus imágenes, intentando buscar un sentido a la acumulación de sucesos futuros que ese supuesto Juan había anunciado. No he sido el único que se ha sentido cautivado y obsesionado por ese libro, multitud de sectas cristianas han intentado hallar la clave que les permitiese averiguar cuando esas profecías iban a cumplirse, situándolo inevitablemente en su propio tiempo histórico, mientras que la profusión de imágenes a las que hacía referencia, la potencia y el detalle con que están descritas, han servido de inspiración a un milenio de arte cristiano.
Incluso, tan turbador llega a ser el libro, que padres de la iglesia y reformadores, como el caso de Lutero, lo han encontrado sospechoso y han pensado en eliminarlo del Cánon, mientras que la iglesia católica post Vaticano II, lo ha dejado un poco en segundo plano, ya que no coincide mucho con la (supuesta) postura tolerante y ecuménica del catolicismo contemporáneo... que ha llevado, por cierto, a que obrás máximas del Gregoriano, como el Dies Irae, no sean ya interpretadas en la liturgia, y si no lo creen, comprueben sus ediciones de Silos, serán incapaces de encontrarla.
No es extraño ese reparo de la iglesia frente al Apocalipsis. En él nada queda del supuesto amor de dios por sus criaturas, excepto unos pocos justos que son arrebatados al principio, el resto de la humanidad se ve sometido a la venganza y la ira divina, destruido y aniquiliado, sin posibilidad de perdón y remisión, pues incluso antes de que los tiempos se consumen, se envían las diferentes bestias (la del mar y la de la tierra( para que extravíen a los hombres y así se justifique el castigo que los espera.
Sin embargo, y más allá de este fin de los tiempos situado en un futuro desconocido, vale la pena examinar el apocalipsis como se suele hacer como cualquier profecía, es decir, como una alegoría del tiempo presente. Es entonces cuando descubrimos esa otra vertiente del cristianismo de la que ya he hablado en otras ocasiones, opuesta a la Paulina y a la mayoría de la doctrina cristiana, puesto que si Pablo intenta que la estructura social no sufra ningún cambio y que los cristianos sean respetuosos y obedientes con el poder romano, lo que el Apocalipsis muestra, sin ningún genero de dudas, es el odio de la masa cristiana, pobre y desheredada, frente a los ricos y potentados, los cuales serán aniquilados con todo lujo de torturas y castigos en ese final de los tiempos, en los que pediran a las montañas que caigan sobre ellos y les oculten de la ira del señor.
Un odio que se dirige así mismo contra el poder romano, contra esa marabunta que se había hecho dueño del espacio mediterráneo, con un inmenso coste humano y rapiñando todo lo que encontraba (no olvidemos, los mismos romanos consideraban digno de admiración que un gobernador volviera menos rico de una provincia que cuando se fue, por alfo que sí). Una Roma a la que se dirigen los peores insultos, que será la guarida de las bestias que dominarán el mundo y perseguirán a los creyentes, y que se derrumbará en la peor de las catástrofes para dejar paso a la Jerusalén Celestial.
Así que ya saben, si tienen una biblia al lado, tómense se un rato para leer el Apocalipsis. Déjense arrastrar por las brillantes imágenes, piensen que todo eso es un trasunto de la situación de la Iglesia hacia el año 100 d.C. y sobre todo descubran el genio poético y visual, digno de los mejores escritores, de esa persona que llamamos Juan el Apóstol.
Un genio que no sólo se destaca en las imágenes más desaforadas, sino en pequeños misterios insondables, como ese silencio que sucede a la apertura del séptimo sello, tras que lo anteriores hayan arrasado el mundo y sus habitantes.
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