miércoles, 10 de noviembre de 2021

Exposiciones en el Reina Sofía: Michael Schmidt/Pedro G. Romero

 

Fotografía de Michael Schmidt

Acaban de abrirse dos exposiciones muy interesantes en el Reina Sofía Madrileño, aunque una de ellas, me temo, naufraga por su exhaustividad. Se centran, respectivamente, en la obra del fotógrafo alemán Michael Schmidt, activo en el último tercio del siglo XX y en las décadas iniciales de éste, obsesionado por documentar el estado de su ciudad natal, Berlín; mientras que la otra gira sobre la figura de Pedro G. Romero, artista español polifacético cuya trayectoria comenzó en los 80 y que abarca instalaciones, performances, arte conceptual, agitación política... un sin número de vertientes, opciones y propuestas. 

En el caso de Schmidt, ese esfuerzo documental no implica que nos hallemos ante un fotoperiodista. O al menos no durante toda su carrera. En sus primeras obras es más que evidente su afán por cartografíar fotográficamente los barrios de Berlín, aún dividido por el muro en occidental y oriental, tanto en un sentido espacial como temporal. De esa producción temprana destacan unas series en las que intenta trazar la vida cotidiana de algunos berlineses. Un análisis que no tiene nada de inocente, puesto que de él se desprenden importantes conclusiones sociales. Por ejemplo, el hecho de que las mujeres trabajadoras, en los años 70, tenían que llevar una doble vida: la jornada laboral en fábricas y oficinas, la de ama de casa en el hogar, mientras que los hombres eran los únicos que podían aprovechar su ocio.

Sin embargo, en los ochenta la perspectiva de Schmidt sufre un cambio esencial. No deja de ser política -su tema por antonomasia sigue siendo el Berlín partido por la Guerra Fría-, pero se vuelve más abstracta y atemporal. Lo que fotografía es a la vez local y atemporal, característico de una ciudad escindida, pero trasladable a otras muchas poblaciones occidentales. El Berlín de Schmidt es un lugar incongruente, de descampados, edificios abandonados, lugares desangelados, que se tornan en callejones sin salida debido a la presencia ubicua del muro. Un limbo en el que vagan jóvenes desarraigados, sin esperanza, típicos de un tiempo en el que todos creíamos que el Holocausto Nuclear iba a cercenar nuestras vidas.

Esa radicalidad de Schmidt se fue acendrando con los años. Su encuadres se fueron haciendo cada vez más claustrofóbicos. En vez de tomas generales, como en sus inicios, se constreñía a un ángulo, una esquina, un fragmento de pared, unos metros de calzada. Perspectivas encajonadas que contrastan con la supuesta euforia de la caída del muro y la reunificación alemana, pero que reflejan la resaca de los habitantes de Alemania Oriental -los Ossies- al despertar en el capitalismo. De repente, se vieron reducidos a ciudadanos de segunda en su propia tierra, posición subordinada que aún hoy, treinta años más tarde, aún se mantiene.

Evolución que alcanzaría su cima en un libro compuesto por fotografías de fotografías. Tomas de tomas que no son inocentes ni intranscendentes, sino que provienen de ese pasado tan incómodo que es la historia de Alemania en el siglo XX: azotado por dos totalitarismos de muy distinto signo, q. Imágenes muy reconocibles, otras quizás menos, entre las que imbrican otras fotografías del presente. De ese presente que se cree libre ya del pasado, pero que sigue estando infiltrado, condicionado y determinado por lo que se cree ya relegado al olvido.

Obra de Pedro G. Romero.

Si interesante era la muestra de Michael Schmidt, la de Pedro G. Romero -subtitulada La máquina de trovar- podría haberlo sido aún más, sino fuera por un error -a mi entender- que no sé si será intencionado o involuntario. Mi mayor pero es que la exposición intenta ser una suerte de obras completas de Pedro G. Romero, donde se incluyan todas y cada una de las facetas de sus producción. Una exhaustividad muy común en las retrospectivas del MNCARS, que en algún caso me obliga a dedicar largas horas hasta, al menos, hacer justicia a todo lo expuesto, pero es la primera vez que he me ha producido sentido auténtico agobio: sentía que daba igual cuánto tiempo pasase allí, que no sería capaz de hacerme una idea de su contenido, aunque sea somera.

La muestra adolece de un auténtico horror vacui. No hay casi un centímetro de pared que no esté ocupado por alguna obra, alguna variación, alguna versión, que escapan de los muros, ocupan los suelos e interrumpen el paso. Da la impresión de que se trata de la proverbial maleta en que se ha embutido un sinnúmero de objeto, amenazando con estallar. De hecho, hay secciones donde es imposible que dos personas puedan contemplar los objetos expuestos, porque no hay espacio para que se respete el espacio personal -tanto peor en estos tiempos de COVID-. No se puede mantener una relación personal con la obra, ni se permite aislarse y distanciarse. Casi parecería que se obliga al visitante a marchar sin descanso, sin poder entretenerse en lo que le llame la atencíon. sabedor de que interrumpiría el tráfico,

¿Error de los organizadores? Dado la fijación de Pedro G. Romero por la tortura, la violencia y la muerte, me decantaría por pensar que no, que es intencionado. Pero lo sea o no, ese carácter enciclopédico, ese abigarramiento en la disposición, tornan inhóspita la muestra. Una pena, dado que bastante de lo expuesto es intelectualmente provocativo, preñado de signiicado, y señala a un artista de garra, al que la propia muestra impide comprender, apreciar y disfrutar.

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