jueves, 25 de noviembre de 2021

Belle, Ryū to sobakasu no hime (Belle, el dragón y la princesa pecosa, 2021) Mamoru Hosoda

Hace un par de semanas tuve el honor de ver en primicia, gracias al festival Animario de la Cineteca, la nueva película de Mamoru Hosoda: Belle, Ryū to sobakasu no hime (Belle, el dragón y la princesa pecosa). Les confieso que iba con cierta aprensión, ya que, a pesar de lo mucho que admiro a este director, sus dos ultimas obras me habían dejado bastante frío. Bakemono no Ko (El niño y la bestia, 2015) era un cartucho mojado, mientras que Mirai no Mirai (Mirai, mi hermana pequeña, 2018) no llegaba a la altura de su evidentes ambiciones. Por suerte, Belle ha sido una agradibílisima sorpresa. Me parece que puede figurar, con méritos, entre lo mejor de su producción y, tras haberla revisado la semana pasada, esa primera impresión se ha confirmado. Doble alegría, por tanto, puesto que ha contribuido a reconciliarme con el anime reciente, de cuyas obras me he desligado por cierto cansancio.
 
No es que esté desprovista de defectos. En determinados instantes tiene concesiones a la fiebre kawai que tanto astraga el anime y la cultura japonesa contemporánea. Sin embargo, esos pequeños deslices se quedan eso, en leves patinazos: su presencia engarza bien en la narración y sería difícil eliminarlos sin que ésta se resintiese. Porque ante todo, Hosoda es un perfecto narrador de historias, capaz de empezar por una premisa, hacerla transitar por diferentes espacios, hacer surgir de ella otras posibilidades insospechadas, cual cajas dentro de otras, sin que las uniones se perciban o la unidad se resienta. De hecho, habiendo transcurrido tan poco tiempo entre visionados, he podido apreciar como ciertos elementos centrales en la parte final de la trama ya estaban allí desde el principio, al tiempo que, aquí y allí, se introducen detalles sutiles, apenas visibles, que completan la psicología de los personajes: que la protagonista tenga un perro al que le falta una pata ayuda a que aceptemos, de manera natural, que proteja al dragón con el que se topa en el mundo virtual de U.
 
Lo que no quiere decir que nos encontremos ante una obra rígida, de ésas que encierran a los personajes en una jaula y les obligan a marchar de A a B sobre carriles. Si algo ha caracterizado al estilo de Hosoda, ya desde Toki wo Kakeru Shōjo (La chica que saltaba a través del tiempo, 2006) es su gusto por la digresión. En Belle, Hosoda nos embarca, una y otra vez, en largas elipsis descriptivas donde unas pocas imágenes aisladas, desprovistas de diálogo, permiten recorrer largas distancias temporales, al tiempo que detallan los cambios psíquicos de los personajes. Como muestra, por ejemplo, la secuencia que abre esta entrada, constatación de como la entrada de Suzu, la protagonista, en esa segunda vida que es  el mundo virtual de U, la ha aportado un poco de luz en su sombría existencia, al igual que, en otra escala y en otra media, nos ocurre a todos nosotros en nuestras andanzas por la Internet.
 
Como habrán visto, Belle retoma un tema habitual en el cine de Hosoda y en la animación japonesa, al menos desde los tiempos de Serial Experiments Lain (1998,  Ryūtarō Nakamura). La constatación de que nuestra vida, nuestras experiencias y aprendizajes actuales se desarrollan  sobre una dualidad: la de la realidad perceptible y el de la virtualidad recreada, ese mundo de U donde cada cuál podría ser lo que quisiera, de forma perfecta. Mundos a los que separa, en apariencia, un abismo infranqueable, pero que en realidad están íntimamente  unidos: lo que ocurre en uno repercute en el otro y viceversa. Sin embargo, y al contrario que en Lain, para Hosoda lo virtual no acabará devorando a lo real, si sólo porque los problemas que esos ensueños tecnológicos pretenden resolver tienen su origen en la realidad y sólo podrán resolverse en ella misma. De ahí que las películas de Hosoda adopten siempre la forma del retiro y retorno: el hijo pródigo acabará siempre retornando al hogar, único lugar donde podrá encontrar el amor y el cariño perdido, donde podrá sanar de la enfermedad que le llevó a extraviarse.

No es extraño, por tanto, que su filmes se caractericen por una fe inquebrantable en la humanidad, por la posibilidad de ésta por resolver sus problemas de forma pacífica, de poder rescatar a aquéllos que se anegaron en la maldad. No sorprende, asímismo, que parte de su metraje sea una crítica abierta a esa fiebre superheroica que nos abruma. El "vigilante", en el sentido americano, no obra por restaurar la justicia, sino por satisfacer su propio ego, sin preocuparse por si aquéllos a quienes aplasta pueden ser redimidos o no.  Lo único que le importa es la hora de las tortas, reafirmar su supremacía, demostrar su dominio. Antesala de todas las tiranías y de insondables injusticias.

Para terminar, otra de las virtudes de la película es que una de sus mejores escenas no está dedicada a los protagonistas, sino a unos personajes secundarios. Escena, además, de una comicidad desbordante y que Hosoda rueda con plano medio, cámara estática y casi sin diálogo. Permitiendo que los personajes respiren, que se salgan de cuadro, que tengamos que adivinar lo que ocurre allí fuera y que tengamos que anticipar cómo y cuándo van a retornar. Un prodigio de ritmo, control y seguridad, en claro contraste y oposición con un tiempo que todo es apresurado y entrecortado

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