domingo, 27 de enero de 2013

The World at War (y XVIII): Genocidio, 1941-1945



























El capítulo de esta semana de The World at War está dedicado al hecho que separa la segunda guerra mundial de todas las demás: El Holocausto. Hay que hacer un esfuerzo para darse cuenta que no es normal que una guerra que tuvo lugar hace ya más de setenta años proyecte una sombra tan larga sobre nosotros, hasta el extremo de que Hitler y el nazismo son odiados - y en algunos casos, amados - como si fuéramos contemporáneos suyos. Para apreciar en su justa medida la excepcionalidad de la segunda guerra mundial, basta retroceder unas décadas, hasta la primera guerra mundial, y reparar en lo lejanos, en lo olvidados, que están los hechos y los motivos de ese conflicto no menos cruel y salvaje, de forma que nadie, ni siquiera los especialistas, es proclive a reacciones viscerales por defender o condenar al Kaiser Guillermo, por poner un ejemplo.

La segunda guerra mundial, por el contrario, permanece fresca en la memoria, debido principalmente al Holocausto, el intento por parte del Nazismo de eliminar a todo un pueblo por razones racistas, que se saldo con casi seis millones de victimas inocentes. Un hecho de tal magnitud que se resiste a toda explicación racional y que incluso entre los defensores contemporáneos del nazismo - y muchos que buscan disculparlo - produce tal repugnancia que se niegan a aceptarlo- en este documental el propio general de las SS Wolf, testigo de matanzas en Rusia junto con Himmler, clama que sus SS jamás se concibieron como una banda de verdugos - aunque el resultado esté implícito en la propia ideología nazi, tal como Hitler la concibió.

Ese negacionismo se expresa en muchas formas. Los hay que lo niegan por entero o claman que fue realizado por formaciones al margen de la estructura nazi, tipo unidades paramilitares o comandos de la muerte. Un ejemplo de esta postura es el caso del británico David Irving, que ha pasado su vida intentado demostrar que Hitler fue ajeno al exterminio y que la responsabilidad por entero recae sobre Himmler, que lanzó la operación de exterminio al margen de su Führer. Como se puede suponer, los argumentos de Irving sólo pueden tener credibilidad en aquellos que no tienen conocimiento del funcionamiento de los estados totalitarios, en los que cualquier acción requiere la aprobación del dictador, bien a priori, bien a posteriori, a riesgo de perder su favor y sufrir un castigo que bien podría ser penado por la muerte... algo que estaba en la mente de todos los líderes nazis tras las purgas de la Noche de los Cuchillos largos o la eliminación de la cúpula militar en el 38 por oponerse a los planes de expansión Hitlearianos.

En cualquier caso, los pruebas son demasiado abrumadoras para que el negacionismo estricto tenga alguna oportunidad. Más peligrosos son aquellos que buscan atenuar la gravedad del holocausto, bien reduciendo el número de víctimas - no fueron millones - bien la intencionalidad del nazismo - si no fuera por la guerra, Hitler sería recordado como un gran prohombre - o bien con diferentes versiones del "Y tú más" - los bombardeos de las ciudades alemanes son comparables al holocausto, Stalin era mucho peor que Hitler - y resulta necesario combatirlos una y otra vez.

Hay que recordar en primer lugar dos factores, el Holocausto no es algo que viniese impuesto por la guerra, ni es algo que limite a Auschwitz. En primer, lugar el primer exterminio no fue el de los judios, sino que se ejerció contra el pueblo alemán, a través de las actividades del grupo T4 de las SS, que se dedicó a "limpiar" los psiquiátricos alemanes con ayuda de cámaras de gas. El programa fue interrumpido en 1940, al ser conocido por la población alemana, pero la experiencia adquirida en él resulto de gran ayuda a lo hora de crear la industria del exterminio. Por otra parte, conviene recordar que la política racista del régimen nazi se extendía a una fecha tan temprana como 1935, con las leyes segregacionistas de Nüremberg, subrayado con el ataque organizado contra los judíos alemanes que fue la Noche de los Cristales Rotos de 1938, que se saldo con deportaciones a los campos de concentración y la aplicación de una multa colectiva a la comunidad judía por sus "provocaciones".

Los defensores del Nazismo - o revisionistas, como gustan llamarse - suelen alegar que las apetencias de los nazis se habrían aplacado con la expulsión de los judíos. Es cierto que esa era la política oficial del Nazismo en tiempo de paz, pero mal se avenía con unos deseos expansivos hacia el este que le llevarían a heredar los millones de judíos de Polonia y Rusia. Por otra parte lo que significaba expulsión para los alemanes, lo descubrieron bien pronto los judíos de Polonia en 1939, simplemente la deportación pura y simple, especialmente para los judíos en los territorios anexionados al Reich y la concentración e Ghettos con raciones de hambre, circunstancias que unos pocos años habrían acabado con los judíos de Polonia, bien por las enfermedades causadas por el hacinamiento o por la malnutrición.

Así habría ocurrido, sin que los alemanes hubieran tenido que ensuciarse las manos. Pero los nazis tenían prisa, especialmente tras haber lanzado la operación Barbarroja y haber conquistado regiones con unos cuantos millones más de judíos. Fue entonces cuando empezó a gestarse la Solución Final en sí, cuando los Einsatzkommandos que seguían a la Wehrmacht empezaron a limpiar las zonas ocupadas de judíos, por el sencillo expediente de fusilarlos en masa. El resultado fue que entre 1941 y 1942, aproximadamente un millón y medio de judíos soviéticos fueron eliminados de forma artesanal. Según parece, el coste psicológico de estas acciones sobre las tropas de las SS fue tan grande que se empezó a pensar en encontrar un método más aséptico e industrial. Tal fue el origen del sistema de campos de exterminio, en el que otros tres millones de judíos fueron asesinados en el periodo de 1942 a 1944, siguiendo las directrices de la conferencia de Wansee en Enero de 1942, en la que se puso como objetivo alcanzar la cifra de 11 millones y medio, el total de judíos que vivían entonces en Europa.

Pero aúin hay más. El odio racial de los alemanes no se extinguía en los judíos. Central a su pensamiento era la obtención de espacio vital en el este de Europa, en los territorios de Polonia y la URSS, que desgraciadamente estaban ocupados por millones de eslavos. Había que limpiar este territorio, por tanto, y dejarlo dispuesto para los colonos alemanes, lo cual se conseguiría con el plan Hambre, por el que, una vez alcanzada la victoria sobre la URSS, millones de eslavos dejarían de recibir alimentos y perecerían en un corto espacio de tiempo.

Pero esto es otra historia y habría que contarlo en otro momento. Baste citarlo aquí para dejar bien claro la extensión del odio racial de los nazis y los extremos a los que estaban dispuestos a llegar por ver cumplidos sus ideales.