martes, 8 de enero de 2013

Don't dare to look away


















Va ya para una década que escribí un artículo sobre Powaqqatsi para la extinta Tren de Sombras. Ese artículo puede figurar entre lo mejor que escrito - eran otros tiempos, en los cuales yo era más joven, entre otras cosas buenas - lo cual no quita que en su contenido se colasen importantes errores y apreciaciones equivocadas.

Vista de nuevo ahora, en la magnífica edición Blue Ray de Criterion, debo decir que mi preocupación por el destino de la civilización occidental que expresaba en ese artículo no ha hecho otra más que confirmarse, como bien demuestra la crisis sin fin en la que nos hallamos sumidos, sin contar pequeñeces como el calentamiento global o el cercano máximo del petroleo, efectos que por sí solos se las bastarían para dar el traste con nuestra sociedad, a menos que obremos un milagro. En ese sentido, la posibilidad de que seamos sólo una excepción en el curso de la historia y no la norma, un momento de gloria final similar al de tantas otras culturas pasadas, poco a poco se va convirtiendo en una certeza de la que no se puede escapar.

Unido a esto, otro elemento que detecté en la película fue la clara oposición entre un norte caracterizado por la tecnología - y promotor de ella - y un sur que se debatía aún entre la influencia del progreso y la tradición heredada. Debido a la situación política de aquel entonces - aún fresco el impacto del 11 de septiembre - yo veía esta oposición en terminos de combate, en el que bien las fuerzas de la modernidad y el progreso acabarían por transformar las sociedades tradicionales - proceso en que éstas perderían su individualidad y su originalidad - o bien la marea occidental acabaría retirándose derrotada, sin haber producido algún efecto duradero.

Esta dicotomía, en que el progreso se identificaba con el bien y lo tradicional con el mal, me acarreó un merecido tirón de orejas de algunos blogeros de Sudamérica, que se quejaban de que identificase las culturas nativas con una fuerza que podía llevar al mundo hacia su destrucción. En realidad, mi error no era tanto ese - como persona de izquierdas de los antigios no puedo por menos que oponerme a todas las  cadenas que mantienen esclavizados a los pueblos, llámense religión o tradición - sino haber traicionado el propósito original de Reggio en la película, que no tiene el nombre de Powaqqatsi por simple casualidad.

Como bien explica en los documentales que acompañan a esta cinta, Powaqa para los indios hopi, no es otra cosa que una entidad - un mago - que se apropia de la esencia vital de otras criaturas mediante la seducción, es decir, ofreciéndoles un mundo maravilloso que al final se revela trampa mortal. Powaqqatsi es por tanto un modo de vida parasitario, una forma de existencia que se perpetua consumiendo otras formas de vida, de las que logra su asentimiento mediante esos espejismos a los que hacía referencia. En la visión de Reggio, el Powaqa de nuestro mundo es la civilización tecnificada que hemos creado en Occidente, un milagro del ingenio humano que para mantenerse necesita expoliar todos los recursos naturales del planeta y cuyo éxito y riqueza se basa en la pobreza y la explotación de todos aquellos seres humanos que no han tenido la suerte de nacer en los países donde esta tecnología es nativa.

De ahí que la película contraponga constatemente la gloria de esas sociedades, la manera en que fueron capaces de adaptarse al entorno, cada una de ellas a su propia manera, distinta y profundamente humana; frente al desequilibrio que la expansión de occidente ha introducido en ellas, en su búsqueda de recursos con que alimentar su carrera hacia el abismo, ése que empezamos a vislumbrar al final del túnel. Una comparación que se realiza - al contrario que Koyaanisqatsi y Naqoyqatsi, los dos extremos de la trilogía - centrando la visión del espectador en los seres humanos víctimas directas de ese estado de transformación, que sólo aprovecha a los Powaqa del Norte y del que ellos nada habrán de obtener.

Y sobre todo, obligándonos a sostener su mirada, para que nos sea imposible reducirlos a números y estadísticas, a figuras en un paisaje tan lejano que no pertenece a nuestro mundo, voviéndolos así incómodamente próximos, presencias de las que no se puede escapar, víctimas que contemplan a sus verdugos sin perder un ápice de su orgullo y su dignidad.