viernes, 31 de julio de 2009

Gnosis (y IV)

No solo él es el conocimiento incognoscible que le es propio sino que también está unido a la ignorancia que le contempla.

Alógenes El Extraño, Nag Hammadi Codex 11

Puesto que los atributos del Uno incognoscible son esencialmente incognoscibles, el Uno incognoscible es su propio conocimiento incognoscible y por tanto se conoce a sí mismo desconociéndose, lo que significa que cualquiera que quiera conocerlo debe hacerlo por el medio de desconocerlo.

Notas al pasaje anterior en la edición de Marvin Meyer.

Este pasaje es un perfecto ejemplo de las dificultades interpretativas que un análisis del Gnosticismo del siglo II de nuestra Era presenta a nosotros, los habitantes del siglo XXI.

En primer lugar tenemos un texto que es voluntariamente obscuro. Una referencia a un significado ulterior que debía permanecer oculto a los extraños y sólo sería revelada al iniciado por su maestro, muy en la línea de las religiones mistéricas grecorromanas, desde Eleusis hasta Mitra (y hasta que extremo llegaba esto en el caso de los gnósticos, lo muestra el hecho de que la secta gnóstica de Seth reconocía que los hombres no eran iguales, unos no habían recibido en su interior fragmentos de alma universal y se extinguirían sin dejar huella, otros habían recibido algún fragmento incompleto y vagarían por siempre en este mundo inferior, reencarnándose continuamente y se llegan a conocer la verdad, mientras que otros, los devotos de Seth, poseían un alma completa, serían arrebatados de esta carne y mundo miserable, rasgando el velo que cubría el mundo, hasta alcanzar la auténtica gloria).

Un velo de misterio, de confusión y de distorsión pretendida y deseada que hace imposible, no ya al aficionado a la materia, sino al propio erudito, conocedor del idioma, ducho en la religión de la época, experto en la especulación filosófica del momento, el poder rastrear y vislumbrar el auténtico significado de los pasajes, como demuestra el comentario al texto que he incluido, mucho más largo que el fragmento que glosa y casi más críptico y hermético.

No sólo eso. El códice XI de Nag Hammadi es uno de los más dañados de la colección (unos lo fueron simplemente por el tiempo, otros por la mala calidad de los materiales empleados) con lo cual el tratado está lleno de lagunas, con pasajes incompletos y otros tan destrozados que apenas quedan palabras aisladas, de esas que sólo sirven para excitar la curiosidad, pero que no aportan claridad ni luz al texto, su tesis y su argumento. Éste y no otro es precisamente uno de los mayores obstáculos en el conocimiento de la gnosis (y en general del estudio de cualquier texto arqueológico) la sensación inescapable de Murphy se ha cebado con nosotros, de que lo que tenemos no es más que una introducción al tema, interrumpida justo cuando iba a entrar en materia.

En otras palabras, que lo más importante estaba en esas lagunas, perdido para siempre.

No obstante, podría haber alguna esperanza. Porfirio al narrar la vida de su maestro Plotino, nos señala de que el refutó, entre otros, las revelaciones de Alógenes. Sería por tanto menester espigar las obras de Plotino en busca de esas argumentaciones y cotejarlo con el texto de este Alógenes, para así completar el cuadro, acotar un poco más ese espacio desconocido y sacarlo a la luz. Una tarea en la que no podríamos contar con un mejor aliado que Plotino, puesto que, al ser un filósofo neoplatónico, su herramientas para realizar la crítica de los gnósticos, serán la razón y la lógica, no la burla y el sarcasmo tan propios de los Padres de la Iglesia y los heresiólogos (y que de rebote hacen que para nosotros, los habitantes del siglo XXI, gentes como Ireneo o Hipólito nos parezcan fanáticos obtusos, con los cuales sería imposible tener una conversación tranquila, todo lo contrario de Plotino, que aún nos parece cercano e incluso vital).

Pero ¡Ay! que cuando leemos a Plotino, no encontramos nada que se parezca al Alógenes en su crítica de los gnósticos (aunque sí de un libro anterior el Zostrianos), y de nuevo debemos preguntarnos si los gnósticos de Plotino (o los de Ireneo o Hipólito) son los mismos que los de Nag Hammadi, o que relación tiene nuestro Alógenes con el Alógenes de Porfirio, o hasta que extremo la traducción al Copto es un reflejo fiel del (supuesto) original griego, y no una reinvención/refundición del propio traductor.

Una tarea en la que solo cabe especular, con propuestas tan seductoras como la ofrecida en la traducción que estoy utilizando, según la cual, el Alógenes sería una reacción de los gnóstico a la crítica de Plotino al Zostrianos, eliminando todas las debilidades que el filósofo había encontrado.

Especular... o esperar al descubrimiento casual que vuelva a poner todo patas arriba, siempre que no sea destruido por sus propios descubridores, ignorantes de su valor o temerosos de sus contenido, se pierda en el mercado negro de antigüedades, o simplemente no sea reconocido por los estudiosos, y acabe pudriéndose en los sótanos de algún museo occidental.