sábado, 25 de julio de 2009

The country grandpa was born


Digámoslo de forma resumida: Sorolla me hastía.

O digámoslo de forma más exacta y menos demagógica: Sorolla me gusta mucho, pero en pequeñas dosis, con lo que una macro-mega-hiper-exposición como la del Prado, que se pretende enciclopédica, me resulta bastante pesada, especialmente cuando hay que pegarse con hordas de visitantes, de esos que no suelen pisar un museo ni que los aten y sólo vienen atraídos por el nombre, ese nombre que parece representar al pintor peninsular por excelencia, en un país en el que nunca hubieran existido ni Zurbarán, ni Picasso, ni Velázquez, ni Dalí, ni Goya, ni Miró (y no nombro al cretense El Greco, porque si el Greco es español, Picasso necesariamente debe ser francés)

Cierta parte de mi disgusto por Sorolla, es su tendencia a representar esa España de pandereta, tan gratas a las derechas de antes y de ahora, y de la cual nos ha costados un par de siglos librarnos (aunque visto lo visto, me da que aun seguimos en ella, sólo que con iPods e Interné). Una patria ideal e imaginaria, donde las pescadoras remiendan las redes vestidas con su traje de domingo y las escenas playeras son coto exclusivo de las clases acomodadas.

Todo lo contrario de lo que podríamos llamar realismo.

Sin embargo, esto no debería distorsionar mi opinión. Productos artísticas cuya motivación ideológica me es ya completamente extraña, siguen formando parte de mi disfrute cotidiano, como es el caso de la música, la pintura y la arquitectura religiosa (una catedral gótica del siglo XIII en Madrid sería mi sueño), por lo que lo temas de Sorolla no debería apartarme del modo en en que los plasma, manera en la que es un maestro en lo que atañe a la representación de la luz, el mar y las telas, por pronunciar algunas obviedades.

Lo que quizás me molesta más es que se le intenta hacer pasar por un pintor moderno, avanzado y de vanguardia, ya saben esos adjetivos que cuando se aplican a un artista o a una obra parecen darle un aura especial, la de ser mejor que lo que es, cuando para cualquiera que se moleste en mirar, Sorolla no es no moderno, ni avanzado ni vanguardista, como no puede serlo alguien que imite a los impresionistas en 1900, treinta años tras su irrupción en el mundo de antes, y veinte tras que los nuevos pintores jóvenes empezasen a considerar a Degàs, Monet, Manet, Renoir & co. como unos carcas impresentables.

Todo lo cual no quita que Sorolla sea un gran pintor, e incluso un pintor impresionante, pero no un pintor, como digo, avanzado y revolucionario, sino alguien al corriente de lo nuevo y ya consagrado (ergo, que vende), para reutilizarlo en sus telas de forma precisa y reconocible. Es decir, que mezcla en sus telas a Renoir y a Hals, a Monet y a Velázquez, de manera que un público culto e instruido pueda reconocer las referencias y sentirse validado en su cultura.

Hechos, derivaciones, verdades, que es necesario reconocer y aceptar, pero que no quitan un ápice a la grandeza de Sorolla, como demuestran las telas del primer piso de la exposición (dato curioso: esa zona esta menos congestionada que la otra, ¿A qué se deberá?) y donde pueden verse el conjunto de obras que el pintor creó para la Hispanic Society de Nueva York, nunca vistas en España hasta ahora.

Unas telas que sorprenden por su magnitud, sus ambiciones y sus resultados. La obra máxima de un gran pintor (pero no un pintor genial) a las que ninguna reproducción puede hacer justicia, siendo imprescindibles verlas en persona...




...aunque representen esa España folklórica, atrasada y anclada en el pasado, de mis abuelos. La madastra España de la que ellos siempre quisieron huir y de la que solo sus nietos consiguieron librarse, para desterrarla a los libros de historia..