jueves, 30 de julio de 2009

Born Again



En estos días de verano hay abierta en la Fundación Thyssen una exposición dedicada a Matisse, que resulta muy interesante, por razones completamente opuestas a las pretendidas por sus organizadores.

La cuestión es que Matisse (para el gran público, el otro gran nombre de la vanguardia de primeros del siglo XX, junto con su némesis Picasso) atraviesa en el periodo de entreguerras un inmenso bache creativo que llega incluso a que deje casi de pintar en 1927. Una crisis que los organizadores intentan demostrar que no afectó a la calidad de su producción, que continuaría siendo, según ellos de primera clase.

Dicho así, y tratándose de uno de los pintores máximos del siglo XX, parecería lógico pensar, como apunta esta exposición, que la susodicha crisis nunca existió y que lo en realidad existe es una incomprensión y un desconocimiento de la producción de Matisse durante esos más de veinte años, que ha llegado el momento de subsanar.

Dicho así, repito. Porque lo anterior no es más que una burda generalización.

La "crisis" referida, no es una crisis sólo de Matisse, sino que afecta a toda la primera ola de la vanguardia del siglo XX, coincidiendo con el impacto demoledor de la primera guerra mundial, el derrumbamiento de los ideales de progreso y del optimismo que éste conllevaba, y el ascenso de la segunda ola de la vanguardia, dada, surrealismo y abstracción radical, a la cual todas las reglas le dan risa, incluidas las de sus predecesores en el formalismo, y abjura de todo intento de dar significado o una intencionalidad a la obra de arte.

Así ocurriría el fenómeno de l'Appel à l'ordre, donde los forjadores de vanguardia le darían la espalda y se refugiarían en un neoclasicismo que a la larga se revelaría un nuevo callejón sin salida, un fenómeno que tiene su ejemplo paradigmático en el Picasso y el Stravinski de los años XX. Un estado de cosa que afectaría en mayor o menor medida a todos los grandes nombres que habían sobrevivido a la la guerra, desde la cristalización matemática y formalista de la abstracción, que puede observarse en Mondrian y Kandinski, hasta la decadencia sin remedio de un nombre tan importante como Derain, pasando por el retiro autoimpuesto de Braque, huyendo del mundo para poder continuar su búsqueda estética, y al que luego, muchos años más tarde, sería necesario redescubrir, para mostrar que era algo más que el vecino de Picasso.

Y luego por supuesto está el caso Matisse.

Aquí entra en juego otra distorsión de nuestras percepciones e ideales. El hecho de que cuando asignamos a alguien la etiqueta de genio, como ocurre con Matisse, no aceptamos que pueda dejar de serlo, es más nos sentimos especialmente ofendidos, sobre todo cuando no sigue el camino que nosotros suponemos que es el apropiado. No comprendemos que la personas cambian, que el arte puede dejar de tener significado para ellas, como ocurriera con Rimbaud, o que simplemente su propia coherencia les lleve a desistir, puesto que ya no serán capaces de volver a las cumbres que alcanzaron.

Eso es precisamente lo que muestra esta exposición. Como Matisse se da cuenta de que la fórmula, mejor dicho, la forma que había descubierto y perfeccionado en la primera y segunda década del siglo XX se ha agotado y completado, que ya no es posible seguir por ese camino a menos que quiera copiarse a sí mismo, acomodarse y aburguesarse, perder ese rasgo, el marchar siempre un paso por delante de los demás, que constituía su marca de artista y del cual se enorgullecía.

Por ello, esas décadas de entreguerras no son otra cosa que una búsqueda de nuevos caminos, por intentar romper el bloqueo y volver a marchar con paso firme, pero también un periodo de caminar en círculos, de producir poco, lo poco que merezca la pena de ser mostrado y conservado. Pero especialmente es un periodo en que Matisse se da cuenta de que la pintura ya no es el camino (¿o quizás que es un camino demasiado transitado?) y empieza a experimentar con la escultura, intentado sentir en sus manos las formas que creaba, o con el dibujo, dejando fluir el lápiz sobre el papel sin que su mente intentara gobernarlo, atreviéndose con las mezclas y adentrándose en las tierras de nadie al igual que, paradoja de las paradojas, su rival Picasso.



hasta que hacia 1941 una enfermedad le hurte para siempre el huso del pincel y le descubra una tierra completamente nueva y desconocida, nunca hollada hasta entonces por artista alguno. Ese lugar, donde, en las propias palabras de Matisse, "le era posible esculpir el color con las tijeras"