viernes, 7 de noviembre de 2008

Total War (y II)

In Manchuria in those days, every Japanese was a privileged person. I tell you just how privileged. One day in town , I watched a Chinese policeman book a Japanese woman for crossing a road against a red light. A Japanese soldier who saw them told the Chinese to release the woman and apologise. When the policeman refused the soldier shot him dead.

Max Hastings, Nemesis

Siguiendo con las notas al margen de este libro sobre el final de la guera en el Pacífico, pocos testimonios hay que ilustren como el citado arriba, el modo en que los japoneses administraban su imperio, como si fueran señores feudales con derecho de vida y muerte sobre las poblaciones ocupadas, las cuales sólo tenían derechos en tanto que los ocupantes estuvieran bien servidos.

No es que los imperios francés, británico o holandes fueran muy distintos. De hecho, en la India de 1942 se desato una hambruna, principalmente por la disrupción que produjo en el comercio la conquista japonesa de Birmania, Malasia e Indonesia, en la que murieron millones de personas en medio de la indiferencia de los gobernantes británicos, narrándose anécdotas dignas de Dickens, según las cuales, mientras en los restaurantes para blancos se podía seguir comiéndo como un rey, en la calle la gente se moría de hambre.

Sin embargo, en el caso japonés se produjó una doble perversión. En primer lugar ellos se presentaron como los libertadores de Asia, proclamando el lema Asia para los Asiáticos, la construcción de la llamada Esfera de Prosperidad Conjunta, y la destrucción de las potencias ocupante (ABCD, America, Britain, China and Dutch). Una justificación para su expansión guerrar que en principio les atrajo las simpatías y las esperanzas. de los movimientos independentistas de esos países, como ocurrió con el Congreso Nacional Indio, dirigido por Ghandi... y que daría lugar a la formación del INA (Indian National Army) con prisioneros indúes capturados por los japoneses y dirigido por Subas Chandra Bose.

No obstante, los japoneses, en China, en Las Filipinas, en Indochina, en Birmanía, en Indonesia, pronto revelaron la mentira de sus intenciones, puesto que el lema de su expansión en realidad debería leerse como Asia para los Asiáticos Japoneses. En efecto, sus pretensiones eran la de substituir unos imperios coloniales por otros, manteniendo sometidas a las poblaciones de esos países y desoyendo sus apetencias independentistas... lo cual llevó a que incluso sus más acérrimos simpatizantes les abandonasen.

Esa fue la primera perversión, la de establecer una esclavitud disfrazándola de liberación, pero si se hubieran limitado a esto, el conflicto no hubiera sido otra cosa que un conflicto más entre potencias coloniales, sin malos o buenos. Lo peor fue que el modo en que administraron su recién conquistado imperio era completamente anacrónico. En un tiempo en que las potencias coloniales sabían que los días del Imperio estaban contados (otra cosa es que quisieran aceptarlo) y empezaban a aflojar la mano, adoptando medidas de gobierno que evitasen el uso indiscriminado de la fuerza, los japoneses adoptaron el modo colonial puro del siglo XIX, el de considerar a las poblaciones sometidas como especies inferiores, validas sólo para trabajar por el bien de los elegidos del destino, el pueblo japonés, en un curioso y revelador ejemplo de racismo entre orientales.

Una visión que llevaba a no preocuparse en absoluto, no ya por la cultura de esos pueblos, sino sencillamente por su bienestar, puesto que bien podían morir de hambre si el pueblo japonés estaba satisfecho, perecer de extenuación en los proyectos del ejército imperial o simplemente ser ejecutados a la menor sospecha de disidencia, fuera ésta o no real... sin contar que todo lo suyo debía estar siempre a disposición de los ocupantes y que el deseo o capricho de un japonés era una ley inapelable.

Un colonialismo avant la lettre peor que el de cualquier otra potencia europea de su tiempo, en un tiempo en que esta forma de dominio se desvanecía, y que explica porque, 60 años tras el fin de la guerra, aún en todo el sureste asiatico permanece una fuerte inquina contra los japoneses, especialmente cuando sus gobernantes visitan ciertos santuarios donde están enterrados famosos criminales de guerra.