sábado, 22 de noviembre de 2008

No form, no shape, no meaning












A hand painted visualisation of sex in the mind's eye - Stan Brackhage hablando de su corto Love Song del año 2001.

Resulta una enorme injusticia que cuando autenticas nulidades cinematográficas son aplaudidas universalmente, incluso entre los guardianes de la crítica (y todos pueden hacer su lista privada de éxitos incomprensibles, no tengo porque tomarme ese trabajo), la obra de este cineasta experimental norteamericano apenas es comentada, recomendada o señalada, aun cuando su nombre es conocido por todos aquellos que saben, aun cuando desde 1950 hasta su muerte a primeros de este siglo no dejó de reinvertarse y de refinar su arte, sin apartarse del camino que se había marcado y sobre todo, sin venderse, ese valor que para nuestro ciclo cultural se ha convertido en un ídolo irrenunciable, aunque pocos, especialmente aquellos que más presumen de él, sean los que realmente lo poseen,

En el caso de Brackhage su obra puede dividirse en dos grandes corrientes, por una parte, la realidad filmada, filtrada y destilada hasta convertirse en abstracción, utilizando el montaje fragmentado, la ruptura de la secuencia temporal y la superposición de lo filmado, hasta convertir la realidad en algo irreconocible y mágico; mientras que por otra parte esa misma abstracción final se alcanza pintando directamente sobre el fotograma vacío, para proyectar luego esa serie de imágenes estáticas a la velocidad del proyector, impidiendo al ojo extraer una de ellas y consiguiendo que el propio cerebro del espectador las mezcle y monte, en un efecto hipnótico, que bien provoca el rechazo inmediato o la subyugación absoluta.

Dos vías, la de la realidad filmada y distorsionada, la de la abstracción pura proyectada, que acaban por no ser otra cosa que los reversos de una misma moneda, la cacofonía del mundo proyectada ante nuestros de los ojos, un desorde del cual sólo podemos extraer destellos, momentos, sonidos, pero no una regla que los unifique.... un mundo en tensión, preñado de significado y de alusiones, del que un simple parpadeo puede hacernos perder la clave que nos revele su sentido, y que obliga a Brackhage a renunciar al sonido y a la música, para que nada nos distraiga, para que nada nos conduzca por caminos equivocados. Un deseo por sumergir el espectador en la imagen, que el autor expresaba también en su preferencia porque estas obras fueran proyectadas en la intimidad, en las copias caseras que él mismo distribuía, y no en la masa anónima de la gran sala de proyección, y que ha hecho del DVD el mejor método para propagar su obra, al permitir verlo en la intimidad del hogar, sin distracciones, sin nada que nos aparte de esas imágenes.

Una forma de trabajo, la del corto Love Song, la de crear imágenes, pinturas independientes, que la velocidad del proyector convierte en un todo en el cual pierden su individualidad, que convierte a las capturas de arriba en un esfuerzo vano por representar el corto, puesto que es imposible capturar lo entrevisto, lo que puede ser simplemente un composite que no existe, algo creado por nuestro cerebro en su intento de dar un sentido a lo que no son sino formas y colores sin él. Un caos del cual sólo es posible pescar imágenes aisladas, las que salen cuando se da al pause, más o menos representativas, más o menos bellas, pero a las que le falta el movimiento aparente que les otorgan la transición apresurada entre las que le preceden y las que le suceden.

Una abstracción, (ese concepto del cual no se atreven a hablar los proponentes del cine anarrativo, ya que pertenece a otra esfera estética completamente separada de la suya) que resulta chocante aplicado a un tema como el de Love and Sex, el cual nos parece que debería ser ilustrado mediante los símbolos, es decir escondiendo el sudor, los lubricantes y el semen, o bien de la forma más cruda posible, reduciéndolo a maquinaria animal, oscilando siempre entre la cursilería y la brutalidad.

Todo lo contrario de la fiesta de color, de formas y relieves, sí de relieves, puesto que la iluminación lateral nos descubre los pegotes de pintura, que conforman este corto.

Pero también tenemos a un artista anciano, que empezó su carrera hacia 1950, que pasó medio siglo en activo dedicado por entero a su arte, y que sabe que le queda poco de vida (moriría unos años más tarde), para el cual la juventud es una cosa pasada, perdida en el recuerdo, y la decadencia y la tumba que ésta anuncia el presente inescapable, pero que no renuncia a celebrar con el ímpetu y la alegría de un joven que comenzase su andar en la vida.

A festejar aquello sin lo cual la vida no merece la pena ser vivida.