domingo, 9 de noviembre de 2008

Self Built Labyrinths




Uno.

La primera vez que vi Il desserto Rosso de Antonioni fue a mediados de los 80, en un tiempo en que estaba de moda hacerle de menos, decir aquello de que en su búsqueda por reflejar la incomunicación consiguió incomunicarse con su propio público, para añadir luego que lo que todos pensaban ser una cumbre del cine italiano, había resultado ser una islita.

En realidad, lo que se cuestionaba en aquel tiempo de Antonioni no era su pericia o valía como director. Lo que se cuestionaba en él era su relación con un momento histórico determinado, los sesenta, y los ataques contra él, no era otra cosa que ataques contra un tiempo y un modo de entender el mundo, que en aquellos tiempos nos parecía completamente pasado. Vivíamos, por explicarlo de alguna manera, en un tiempo de resaca y reflujo, viendo como todos aquellos ideales, toda esa efervescencia pasada, no habían conducido a nada, o al menos no a los grandes resultados que habían prometido y profetizado.

Éramos, simplemente, un tiempo de cínicos, incapaces de comprender el tiempo pasado, el de los sesenta, o el del futuro, el de está primera década de siglo en que hemos acabado viviendo.

Dos

Veinte años más tarde me volví a acercar a esta película, justo al principio de este siglo. Un encuentro sorprendente, puesto que Antonioni, en esa revisión de una película que no recordaba ya, me pareció clásico.

Clásico, en el sentido de que sus obras ya no me parecían herméticas ni obscuras, ni su estilo incomprensible o arbitrario. El tiempo había obrado su labor, disolviendo las polémicas del pasado, tornándolas inútiles, y había vuelto esas películas normales, legibles y accesibles, emocionantes, cercanas, conmovedora. Esos adjetivos que parecían imposible de ser aplicados a una obra de Antonioni.

Clásico, sí, pero extremadamente modernista, en el sentido inglés, puesto que sus obras son indisociables de la forma, una forma que se vuelve cada vez más abstracta, hasta el extremo de convertir algunos planos en manchas de color, sin significado alguno, si no fuera porque sabemos el momento en que se está produciendo. Un modernismo que contamina toda su forma de narrar, que evita lo dramáticamente importante y se pierde en meandros y disgresiones, que corta la evolución narrativa con audaces elípsis y pérdidas de continuidad, hasta hacernos perder el hilo, algo que molestaba mucho a los críticos de antaño.

Modernista, sí, pero extremadamente clásico, puesto que esos formalismos reflejan un punto de vista riguroso, la visión que sus personajes tienen del mundo, la sensación de estar perdidos, de vagar sin rumbo, de dar vueltas y revueltas a lo mismo sin llegar a ninguna parte, sin destino, sin que nadie les espere.

De vivir disociados del mundo, en definitiva.

Tres

Ver una película pasados varios años, cuando el olvido ha ejercido su trabajo, siempre produce sorpresas, los pasajes de los que nos enamoramos, los vemos ahora con indiferencia, otros, los que nos conmueven, parecen pertenecer a otra película, puesto que de ellos no conservamos ningún recuerdo, mientras que de otros, nuestro cerebro ha elaborado una versión nueva, que nos negamos a abandonar, incluso cuando las imágenes nos muestran lo contrario.

Sin embargo, entre una visión y otra, entre la de una mala edición en DVD y está, modélica, de la BFI, persisten puntos de contacto. La mirada inigualable de Antonioni, la de los formalistas, capaces de descubrir la belleza más aterradora, aquella de la que no se puede apartar la vista, en los lugares más inesperados, como ocurre con los paseos de los personajes por las inmensas áreas industriales en las que transcurre la película, o con sus otros paseos por una naturaleza moribunda, que malvive en los márgenes de ese progreso y ese desarrollo y no tardará en ser pavimentada y normalizada por ella.

Unos paseos que al mismo tiempo transmiten otra idea, vital en lo que nos cuenta Antonioni en esta no-historia que no narra, la de los diferentes caminos que nosotros, individuos, y el mundo seguimos, de como nuestro entorno cambia a pesar nuestro, mejor dicho, sin que le importemos, y como, al final, nos encontramos desorientados, sobrantes, tan innecesarios como esos pinares, y esos humedales en medio del New Brave World, que Antonioni fotografía y nos muestra.

Cuatro

Para llegar a la conclusión de que sólo existe un paraíso, el soñado y fabulado, el que irrumpe, arrollador e inexplicable, en el frío, la obscuridad y la niebla que empapa y cala la película... para desvanecerse al instante, en cuanto apartamos la vista.