lunes, 26 de marzo de 2007

El carnaval de los animales



Muy frecuentemente, se tiene a igualar la esencia del cine con lo que yo llamo la escuela Garciana/Godardiana.


Inciso: Hasta ahora mísmo no me había dado cuenta de lo blasfema que esta definición puede resultar para ciertos sectores de la cinefilia. En concreto, aquellos que se entusiasman con la sacralización/divinización de sus directores favoritos, y de paso utilizan las hazañas y dichos de esos santos laícos, como tenían por constumbre los predicadores de antaños, para dar mayor empaque y enjundía a sus argumentos.


El caso es que esa escuela Garciana/Godardiana pretende que sólo puede considerarse como cine aquel que plasma milimétricamente la realidad, o mejor dicho, aquel que permite que la realidad se desarrolle espontáneamente ante la cámara y se limita a capturarla según sucede, sin que el artista deba intervenir en ella, modificarla o provocarla. Ese tipo de cine, por hacer más poderoso el argumento, se califica de verdadero y de moral, puesto que no supone una manipulación por parte del artista, ni obedece a un ideario previo del mismo.


Dejando aparte el clarísimo sofisma filosófico, consistente en que la simple elección de un lugar para situar la cámara, de cuando comenzar a rodar y cuando dejar de rodar, supone ya una manipulación de la realidad, o de como todo artista parte de un ideario y una ideología que se traduce en un modo de rodar que busca unas reacciones muy precisas en su público, lo menos que se puede decir es que ese modo de concebir el cine no es más que un reduccionismo, un elegir una manera de hacer cine entre otras muchas y de preferirla a los demás, abandonando el resto y consignándolas al olvido.


Que es así es algo que reconocen inconscientemente sus propios promotores. Basta con darse cuenta en que se introduce un argumento moral en un juico estético. Es decir, su manera de hacer cine es mejor porque es mejor moralmente, porque no intenta (aparentemente) mentir ni enganar al espectador, porque transmite la verdad sin adulteración alguna, frente a un cine manipulador y recreativo (en el sentido de que recrea la realidad) y que supondría el epítome de la mentira y la falsedad.


Argumentos morales en el arte. Nadie en su sano juicio se atrevaría a calificar una pintura como mejor o peor, por sus virtudes morales, ni por su parecido con la realidad, algo que curiosamente, si se hace con la novela. ¿Será que el cine en el fondo no es más que un genero literario más, como algunos pretendían antaño? ¿O será que el cine siempre ha estado a remolque de las otras artes, y que por tanto, por su propia juventud, aún no ha alcanzado la madurez de éstas?


Preguntas sin respuesta, que deberían preocupar a cualquier aficionado con un poco de seso, y cuyo enamoramiento por este arte, no le haya cegado la visión ni nublado el entendimiento.


....


Pero me he dejado llevar, antes de perderme en divagaciones, quería señalar como esa reducción del cine a la escuela Garciana/Godardiana, ha llevado a dejar de lado, peor a expulsar del canon, formas y estilos que han sido constantes dentro de la historia del cine desde su propio nacimiento, como podrían ser el cine publicitario, el cine experimental, el video musical o la animación.


De ahí que, si se pone uno a buscar y se sale de los caminos trillados, se encuentre con más que agradables sorpresas, con cineastas mayores que han sido completamente olvidados, simplemente porque sus postulados no coincidían con los de la escuela Garciana/Godardiana.


Es el caso de Ladislas Starevich, un pionero de la animación y, al mismo tiempo, una de sus cumbres absolutas.


Por decirlo en pocas palabras, lo que Starevich conseguía en los años 30, con muñecos de madera y trapo, sólo es posible hacerlo ahora con la animación 3D. Sus películas, como la ilustrada en esta entrada, Le Roman de Renard, es casi obligado verlas sin subtítulos, puesto que Starevich se ufana en incluir toda clase de detalles en el curso de su narración, detalles que pueden perderse en el tiempo de leer el subtítulo, y detales, asímismo que no pueden perderse, puesto que amplían el conocimiento que tenemos de cada uno de sus personajes y lo ponen, por así decirlo, más en carácter.

Sin embargo, la importancia, de Starevich no se reduce a ser un mago del stop-motion, que ya sería importante. Muy al contario, lo que nos cuenta y como nos lo cuenta, es tán importante como el propio resultado técnico. Le Roman de Renard, por ejemplo, es casi el único ejemplo de una fábula clásica, en un tiempo en que lo que se estila es la trivialización para adolescente o el desmontaje irónico postmoderno.

¿Y que significa eso de una fábula al estilo clásico? Ni más ni menos que recordar que toda fábula no es más que una transposición del mundo real, donde cada animal representa un tipo humano, con sus defectos y virtudes, y donde además cada animal representa una clase o posición social, que le lleva a actuar de una determinada manera, o mejor dicho le concede una serie de poderes y privilegios (o de desventajas y discriminaciones, en el caso contrario), que no duda en gozar y utilizar, sin ningún complejo o impedimento moral. En otras palabras, nadie puede decirle al león que deje de ser león, o al lobo que deje de ser lobo, y que no actúe como tal.

Un mundo cruel y despiadado, donde la única forma de sobrevivir es por la mera fuerza bruta, como el León o el Lobo, o con el ingenio y la inteligencia, como el Zorro, que al final constituye la moral última de todas las fábulas, ese "utiliza tu entendimiento y podrás vencer a todos tus enemigos".

hmmm... Para que luego hablen de la realidad y lo real en el cine.