miércoles, 21 de marzo de 2007

No Meaning

Los pájaros leían, la alberca era el papel, el viento escribía y las nubes puntuaban

Las una y mil noches, noche 23


Vivimos en tiempos absurdos, donde todo tiene que tener un significado, o mejor dicho, una intencionalidad política, e incluso el silencio puede tomarse como signo y símbolo de posicionamiento político.


¿Y qué tiene que ver esto con las mil y una noches?


Probablemente nada, excepto que pocas cosas hay tan reconfortantes como sumergirse en lo que hemos convenido en llamar un clásico. Concretamente en experimentar ese sentimiento que consiste en dejar de lado nuestras defensas críticas, nuestro afán por interpretar, diseccionar y categorizar, para simplemente dejarse llevar, arrastrar por una narración, sus personajes, su ritmo y su estructura, reír con los momentos alegres, llorar en los tristes, emocionares con el triunfo de los protagonista, asistir con el corazón encogido a su caída y derrota.


Sin preocuparse por si, con esas ficciones, se nos pretende inculcar tal o cual ideología, alcanzar esta o aquella verdad, demostrar uno y otro razonamiento, abandonando así, por unos instantes, que somos unos adulto prisoneros de nuestro propio pasado, construido sobre errores, y volver al niño que se deja tomar de la mano y conducir a lugares desconocidos, sólo porque confía en aquel que lo lleva.


Leo esto que acabo de escribir y me confirmo en una verdad, o mejor dicho, una verdad verdadera sólo para mí, mi profunda e íntima sospecha de que todas las diferencias estéticas no son sino diferencias de temperamentos, nuestros deseos y apetencias sublimados y destilados hasta convertirlos en razonamientos que nos sirvan de excusa para seguir gustando y disfrutando de todo aquello de lo que siempre hemos gustado.


Sólo esa conclusión puede justificar las contradicciones en las que incurre nuestro gusto. Contradicciones que estriban en que gustamos de contenidos completamente opuestos, incompantibles entre sí, solo porque han llegado a tocar, ni siquiera a tocar, simplemente a rozar, ese centro insondable e inconfesable de nuestros placeres.


Así puede ocurrir con el verso con que abría esta entrada. Para aquellos que sienten que debe haber un significado en todo lo que leen, y un significado que les dé la razón en lo que piensan o les dé la oportunidad para defenderse violentamente, esas palabras les dejarán fríos, o les servirán de ejemplo de aquello que no debe ser el arte o la literatura. Para aquellos para los que la existencia se reduce al presente, a aquello que no tiene ni diez minutos de antigüedad, o al aquí más cercano, a aquello que pueden tocar con sólo extender el brazo, las palabras escritas hace diez siglos, en culturas y países que ya no existen, tampoco podrán aportarles nada a su vida cotidiana.


Para mí, es precisamente ese misterio, el no poder asociar las palabras con ideas precisas, el no saber porque las nubes son signos de puntúación, ni el viento la mano y la pluma que escriba, es precisamente lo que me estremece. Es como si hubiera vuelto a los tiempos en que apenas sabía leer, esos tiempos de la niñez que siendo adulto es posible volver a visitar estudiando una lengua extranjera. Uno pasea la vista por las palabras, entiende lo que significan cada una de ellas, su función en la frase, pero no es capaz de entender que es lo que quieren decir, ni por supuesto añadir un termino más a la serie propuesta, a la sucesión Pájaro/Lector, Alberca/Papel, Viento/Escribano, Nube/Signo.


Como si existiera un significado más allá, algo para lo que no estoy aún preparado, pero que si le dedicará tiempo, horas, días, semanas, mesas, sería capaz de desmenuzar, descifrar y reconstruir, hasta hacerlo completamente mío.


Y no es menos emocionante que eso lo escribieran hombres muertos hace siglos. Como si la sociedad en la que vivimos no hubiera avanzado ni un paso desde entonces. Peor aún, como si estuvieramos a un nivel inferior, puesto que somos incapaces de traducir a nuestro tiempo, algo que hasta los niños de la calle entenderían entonces.


Y a pesar de todo, experimentar también el sentimiento contrario, el de que el tiempo, los siglos que nos separan han sido abolidos, al comprobar que esas palabras de un pasado que soy incapaz de imaginarme pueden emocionarme a mí, aquí y ahora.