martes, 13 de febrero de 2007

Look me in the eye



Ernst Ludwig Kirchner, La artista


Hay exposiciones que sorprenden por su mismo planteamiento. De esta, El retrato en el siglo XX recién abierta en la Thyssen Bornemisza, cabría pensarse que fuera un intento de mostrar qué hubo en el arte del siglo XX además de la vanguardia, como fue el caso de la exposición Realismos de hace unos meses.

Sin embargo, se lleva uno la muy agradable sorpresa de que, en realidad, no es sino otra historia de la vanguardia europea del siglo XX, pero observada desde un ángulo nuevo, el de como la forma tradicional, el retrato de encargo, preciso y casi fotográfico que había perdurado desde el Renacimiento, se ve transformado por la revolución estética, para convertirse en un manifiesto de un estilo (o de un -ismo si quisiéramos ser más peyorativos) y en una excusa para reflejar la sensibilidad del artista y no la lista de requisitos del comitente. Simplemente porque, aunque destinado a la venta, el receptor de ese cuadro no va a ser modelo, y por tanto la elección de la persona representada, frecuentemente amigos y conocidos del propio artista, se convierte en una elección libre del artista, así como la técnica, el formato y el resultado final.

Un poco como el cuadro cuya imagen he seleccionado, la escena hogareña, trivial, sin pretensiones, casi universal, lejos de los objetivos y pretensiones del retrato de encargo, ergo, trasmitir a los contemporáneos y a las generaciones venideras, el resumen de la importancia y valía de un hombre que ha llegado a algo en esta vida, una lápida sepulcral antes de la muerte, un fantasma que se torne en más real que el propio hombre representado y acabe por substituirlo.

(y es extraño, porque esto que acabo de escribir es casi exacto al objetivo que se pretendía con los retratos de El Fayyum, aunque en este caso, el retrato ideal acompañaría al difunto)

Además, esa sencillez, el huir de los temas y los objetivos del retrato anterior, se traduce en una huida también del estilo de antaño, con la importante característica de que el tema no fuerza la estética. Dicho de otra manera, el estilo preexiste a los temas representados y les tiñe del color que desea el artista, de manera que cada uno conserve su individualidad, concepto más ajustado que el de originalidad, a pesar de estar siempre pintando las mismas personas, un músico, la amante, un paseante, en casi las mismas actitudes.

Atinando un poco más, y repitiendo lo que es ya un lugar común, el tema es una excusa para desarrollar un modo de representación, lo cual constituye, por así decirlo la definición perfecta del formalismo.

Y resulta curioso comparar esta aproximación, donde no hay un estilo fijado para representar un tema, sino múltiples miradas, válidas todas ellas, con la tomada por otras artes. En música por ejemplo, esta postura coincide con el tour de force de Monteverdi en sus obras sacras, en las cuales musicó de decenas de maneras distintas la frase final, el "per secula seculorum, et nunc et semper", como si ese significado fuera completamente independiente de las notas que le acompañan y fuera solo una excusa para describir arabescos... con el curioso efecto final, de que esos arabescos que parecen arbitrarios, se nos revelan consustanciales a la obra, como si cada nueva versión nos descubriese aspectos en los que nunca habíamos pensado al escuchar esas palabras tan repetidas que habían perdido su significado...

...igual que pasa con estos cuadros, donde la variedad de estilos nos hace ver la realidad de todas esas situaciones cotidianas, con ojos completamente nuevos, los de cada artista, y al mismo tiempo, y casi más importante, ese formalismo elimina lo pasajero que había en la escena original, y lo torna intemporal, capaz de ser apreciado y degustado por el espectador de decenios y siglos posteriores.

Todo lo contrario de cierta manera de hacer cine actual, supuestamente respaldada por solidos y sesudos argumentos críticos, y que supone que hay sólo una manera de hacer cine, la buena, y que el resto no son validas, por faltarles cierto supuesto marchamo moral que se supone se trasluce en el posicionamiento estético.

(Como divagación final, he de señalar mi profunda desconfianza ante las culturas que huyen o prohiben la representación de la figura humana. En mi ideario, no puedo concebir que una cultura se llame plena, si no goza de un arte figurativo, de un arte que plasme el mundo que nos rodea y el lugar del hombre en él, utilizando imágenes comprensibles para todos... como si se tuviera miedo a que esa misma inmediatez, esa propiedad que tienen las imágenes que les hace comprensibles a todos, cultos y analfabetos, fuera a tracionar alguna deformidad, alguna mentira oculta en esa cultura.

Y que una cultura no puede ser plena si no tiene un arte figurativo, lo demuestra como dentro de esas mismas cultura afigurativas, si se aparta uno del centro donde las tradiciones se mantienen supuestamente más puras, las plantas de la representación vuelven a crecer de nuevo y con fuerza renovada)