domingo, 25 de febrero de 2007

Et in Arcadia ego: Fourth Round




Hay un viejo problema teológico que siempre está de actualidad, por así decirlo. No es otro sino aquel que inspirara el libro de Job, la terrible constatación de que no importa que se crea en Dios y se sigan sus mandamientos, puesto que desgracias y desventuras habrán de ocurrir por igual a malos y buenos, como si no existiera diferencia entre ellos.

Por su puesto, para el alma religiosa, aquella que no puede concebir la inexistencia de Dios, éste problema tenía que ser resuelto de alguna manera. No podía tolerarse que el Señor se complaciera en las desgracias de su rebaño (aunque algunas mentes especialmente intolerantes han pretendido que el sufrimiento de la humanidad no era sino una prueba a la que nos sometía la divinidad), así que hubo que inventarse otro ser sobrenatural, casi tan poderoso como él, cuya función fuera la de introducir el mal en el mundo, o mejor dicho, de distorsionar el orden de la creación, de ensalzar a los malos y humillar a los buenos.

Por supuesto, estaba hablando del diablo. Ese personaje de la historia sagrada tan cercano y próximo al hombre, aunque sólo fuera porque él continuaba caminando por esta tierra nuestra, mientras que Dios permanecía oculto y encerrado en su cielo.

Sin embargo, en este mundo nuestro de ahora mismo, al contrario que apenas hace unos pocos decenios, ya no existe Dios, no hay lugar para él, mientras que el diablo continúa bien presente, sólo que con otro nombre, el de azar y casualidad.

Creemos poder gobernar nuestras vidas. Estamos seguros de poder identificar peligros y dificultades, de poder poner los medios para evitarlos o al menos atenuarlos. Vivimos en la ilusión que nuestra inteligencia y nuestra habilidad nos permitiran proteger aquello que amamos o al menos reemplazarlo, si es que llega a faltar.

Pero aún así, a pesar de todas nuestras previsiones, nadie puede evitar que la desgracia golpee a aquellos que menos lo merecen.