lunes, 5 de febrero de 2007

Et in Arcadia, Ego: Third Round


Hay algo que siempre me ha sorprendido del anime, y es la perenne presencia de la muerte, unida, como en el caso de esta serie, Kanon, a la extrema juventud de sus protagonistas.

En nuestro ambiente cultural, ese occidente que se pretende norma del resto de la humanidad, tal combinación es casi inencontrable, o pertece a las regiones del arte llamado transguesor o a las del dramón sudamericano desaforado... que en el fondo son la misma cosa, pues, si dejamos aparte sus aparentes objetivos, el amasar dinero en un caso, el sacudir conciencias en el otro, ambos pretenden provocar una desusada respuesta emocional en el espectador, mediante el sencillo y expeditivo método de retorcerle el brazo.

Pero me vuelvo a perder por las ramas.

El caso es que en nuestro querido Occidente tendemos a hiperproteger a nuestros niños. Buscamos, por todos los medios, que no tengan acceso a aquellos productos culturales que les hablan de muerte, de desesperación, de injusticia, de humillación y dominación, como si el desconocimiento fuera a librarles de experimentar esas situaciones en su vida diaria, cuando más bien ocurre lo contrario, que todo eso lo aprenden por la vía mala, día a día, en el contacto con sus camaradas, sin que sus padres y educadores lo sepan... o quieran saberlo.


Por ello, me fascina que en otros ambientes culturales se representen esos aspectos más feos de la existencia y que esa representación no se produzca en los sectores marginales, sino en los más normales, como algo que todos experimentamos, sin que haya excepción para nadie. Esa consciencia dolorosa del mal y la obscuridad que constituye el reverso de nuestra personalidad, y en la que sólo la casualidad y las circunstancias nos impiden caer, y no alguna extraña particularidad heredada.

(y sí, sé que esta representación, como todo producto cultural, es una representación parcial, producto de una sociedad que tiene un ideal y que establece normas para alcanzarlo, normas que se aplican, por supuesto, a esos mismos productos culturales)

¿Y qué es lo que yo quería decir entonces? O mejor dicho ¿por qué me fascina esta especie de solidaridad en el dolor, de, como viene siendo el tema de estas anotaciones, la muerte en el paráiso?

Quizás porque es precisamente esa experiencia del dolor, ese conocimiento de que muerte y desesperación, forman parte inseparable de nuestra vida, lo que te permite apreciarla, lo que te capacita para vivirla en toda su intensidad, para reconocer esos instantes únicos que enseguida se perderán en el tiempo, y sin cuyo recuerdo no merecería la pena vivir, mejor dicho, esos preciosos recuerdos, que si no se consiguen, harán imposible envejecer en paz, y convertirán al hombre en un amargado y un solitario.

O lo que es lo mismo, la fuerza inquebrantable que surge de la derrota, de la consciencia, como podría decir Dante, de haber cruzado el infierno y sobrevivido a él. O como podrían decir los estóicos, que todo lo que nos pasa es algo que llevamos en la mente, y que basta con negar la muerte y el sufrimiento, para que se abran las puertas del paraíso, ese paraíso que pensabamos no poder alcanzar jamás.