sábado, 24 de febrero de 2007

Beauty is everywhere


Landscape with scholar's rock, Roy Lichtenstein, 1997

Veía este cuadro esta mañana, en la exposición dedicada a este pintor en la madrileña Fundación Juan March, y no dejaba de pensar en lo injusta que es la historia del arte.

En primer lugar, porque se intenta reducir un pintor a unas cuantas obras supuestamente paradigmáticas, las rompedoras en la época, olvidando el resto de la producción de un artista por muy rica que haya sido esta, encasillándolo a la fuerza en un modo y manera, que provoca inevitablemente dos juicios contradictores. El de haber decaído y dejado atrás su mejor momento, si el artista se atreve a evolucionar o el de haberse enquistado en la facilidad, si continúa fiel a sus esencia.

Así el único Lichtenstein que conoce el gran público, y muchos de los aficionados, es el de las reproducciones fotográficas de viñetas de cómics, como si durante toda su vida no hubiera hecho otra cosa que eso. No es de extrañar, por tanto, la sorpresa del público en todas las retrospectivas, al constatar la variedad e imaginación del resto de su obra, aunque toda ella, hay que emitirlo, tenga un cierto aire de familia, por su habitual técnica de punteado.

En segundo lugar, porque aunque ya no podemos hablar de Arte, sino de artes, e incluso cuando la cultura pop ha sido perfectamente integrada en nuestras vidas y hasta los gourmets de gustos más refinados no le hacen ascos a las formas más bajas o banales, Lichtenstein sigue siendo un objetivo favorito de la crítica y de la burla, por ese mimetismo que su obra tiene con las fuentes en las que se inspira.

Un jucio claramente injusto, porque si algo demuestra esta exposición es lo variadas que son las fuentes de inspiración de Lichtenstein, cómic, cine, gran arte, cotidianidad, otras tradiciones culturales, el proceso de adaptación y elaboración, casi una metamofosis, a las que la somete, y, sobre el largo proceso creativo que transcurre desde la idea al lienzo. Un proceso que sorprende por la cantidad de etapas que comprende y el duro trabajo, casi de pintor/artesano de antaño que requiere.

En tercer lugar, la triste constatación de como el artista se ha convertido en una estrella mediática, alguien en que importa más la biografía y la pose que la obra que haya podido crear. Así por ejemplo, los admiradores de Warhol y su factoria, se encuentran por doquier, como si esa época hubiera supuesto un punto culminante del arte y la civilización, cuando, muy al contrario, aparte de producir unos objetos-iconos-marca comercial, todo su ímpetu se agotó en la nada

Y es que Lichtenstein en cierta manera, continúa siendo un artista tradicional, aquel que se encierra con su obra, se entrega a ella, y destila en su interior lo que encuentra y ve en el mundo. Ése artista pop, por decirlo así, genera arte partiendo de los productos industriales y de masas, porque, lo queramos o no, la obra de Lichtenstein no se puede confundir con los productos que le dieron origen, en cierta manera los contradice. Es un comentario sobre esos objetos cotidianos y banales. Sin embargo, la obra de Warhol, es otro producto industrial de la misma categoría que aquellos que reproduce. Al igual que estos, en su mayoría, erara imágenes utilizadas para la venta de aquello que representaban, la obra de Warhol no es más que propaganda del producto Warhol, una inmensa máquina de promoción y autobombo del artista.

Simplemente porque no podemos, nadie puede, gozar de una obra de Warhol menos que le digan que es de ese artista. Algo que si se puede hacer con las pinturas y esculturas de un Lichtenstein, imaginarse que no tienen firma, que son de otro artista distintos y gozarlos por sí misma, como objetos independientes.

Algo que es producto, curiosamente del proceso de apropiación, reescritura y reelaboración que consituye la esencia del pop. La transformación del objeto conocido en otro objeto distinto, en el cual es perfectamente reconocible la referencia, pero donde la intervención del artista ha obrado la metamorfosis de la que hablaba (y en cierta manera esto se ha convertido en una definición de lo que es el arte)

Pero esto son sólo palabras, divagaciones de un aficionado que se cree entendido... mejor entonces ceder la palabra al propio Lichtenstein.

Es un hecho reconocido que entender la pintura a través de las palabras supone una gran dificultad, los muchos volúmenes dedicados al tema así lo demuestran, estoy convencido, no obstante, de que las propias pinturas encarnan el proceso y el camino por el que se logra.

En otras palabras que el tiempo que dedicas a leer sobre el arte, no te evite disfrutar de ese arte, porque se aprenderá mucho más de la visión de una sola obra, que de la lectura de infinitos tomos.