martes, 19 de diciembre de 2006

La melancolía de las miradas (y 4): Corregio

Había hablado ya con anterioridad, en este personal viaje mío por el renacimiento italiano tardío, de las contradicciones de la cultura de aquel tiempo. Unas contradicciones que se plasman en un casi imposible equilibrio entre paganismo y cristianismo, entre la alabanza de la naturaleza, del cuerpo y del gozo, por un lado, y ansía por el abandono de este mundo, por alcanzar la eternidad, por abandonar el cuerpo, por extinguir todo placer que no sea el propiamente espiritual e intelectual.


Algo que, en el caso de Monteverdi, la llevaría a utilizar las mismas melodías para las canciones amorosas que para las sacras, o que en el caso de Correggio, llevaría a dotar a sus composiciones religiosas de una sensualidad inusitada y a sus composiciones eróticas, de una monumentalidad y rigor, de frialdad y sacralidad, que casi se oponen al sentido pretendido.

Por supuesto, nada de lo dicho, ni Monteverdi ni Correggio, hubieran podido desarrollar sus personalidades artísticas en otro lugar que no fuera la Italia de su tiempo. Basta pensar en la España de los Austrias, donde todo ese elemento celebratorio, gozoso, mestizo y mezclador falta por completo, donde es imposible encontrar, no ya una pintura mitológica, al estilo de la Italiana, sino una pintura religiosa que no sea clara y ortodoxa, el arte de un Imperio que se pretende universal, y en el cual no se admiten figuras.

Muy distinto de la Italia de aquel tiempo, dividida en multitud de señoríos independientes, de cortes que competían en lujo y boato entre sí, de señores que podían permitirse ese lujo y ese boato, puesto que tras las guerras entre franceses y españoles de primeros del XVI, Italia se había convertido en un lugar secundario en la política de la época, un escenario donde las líneas del mapa ya habían sido fijadas, donde los potentados y las potencias de la época no podían esperar, o no se atrevían a obtener, nuevas ganancias.

Una era en la que era posible construirse, creerse, la ficción de que el tiempo se podía perder impunemente, que la vida se podía en las fiestas galantes, en los cortejos amorosos, en la discusiones sobre el modo y manera de entregarse al amor.

El único lugar donde este cuadro podía encargarse, donde un noble, culto y refinado, podía enorgullecerse de tener en su colección la representación de la leyenda de Leda y el Cisne. El único tiempo donde podía encontrarse un artista como Correggio, que lo tratase con tanta dulzura y delicadeza.

Porque si un sentimiento transmite este cuadro, es precisamente ése, dulzura y delicadeza, emociones inusitadas en un tema aparentemente tan escabroso como éste, un tema que incluso hoy, en epoca de franqueza en la exposiciones, de no ocultar nada por miedo a parecer ñoño y pusilánime, habría recibido un tratamiento completamente distinto, mas brutal y cruel, mas descarnado y despiadado.

Un contraste que resulta extraño, estremecedor, puesto que somos nosotros, nuestro tiempo y nuestra época, los tolerantes y avanzados, los que no nos asustamos de nada, los que gozamos de esa libertad, mientras que los intolerantes, los represores, los retrógrados eran los que vivieron de épocas pasadas (y eran así, no hay equivocarse, Correggio y Monteverdi son sólo una excepción, tolerada debido a delicados equilibrios de poder), para encontrar, sin embargo, que nuestras representaciones del amor, el sexo, o como lo queramos llamar, son obscuras, retorcidas y vacías de sensibilidad, casi como si lo considerásemos pecado, perverso, evitable, mientras que estas representaciones de antaño, son luminosas, gozosas, una celebración del cuerpo y de sus placeres, de la vida y de la naturaleza.


Como bien muestra la sonrisa de Leda, tras el encuentro, una expresión y una mirada, donde no hay arrepentimiento, ni culpa, ni lamentaciónes, sino alegría, agradecimiento y esperanza.