domingo, 10 de diciembre de 2006

Blue Skies...

Desde hace varios años cada duermo menos, cuando antes necesitaba nueve, diez horas para poder funcionar.

Así que ocurre que los días de fiesta me suelo levantar sólo un poco más tarde que los días normales, como si entre ellos no existiera ninguna diferencia.

El viernes pasado no fue una excepción. Me desperté y aún no había amanecido. Llovía con fuerza, con esa rabia que se ha convertido en normal últimamente, tan distinta de la tranquilidad de otros otoños. Por ello, a punto estuve de renunciar a mi excursión matutina, a la hora que dedico, en los días de asueto, a conducir por carreteras apartadas, vacías de coches, donde puede uno dejarse llevar por la carretar, entrar casi en un estado de ensoñación, de trance.

Sin embargo, cuando terminé de desayunar, había cesado de llover, aunque el cielo continuaba encapotado. Dejando pasar el tiempo, antes de tomar una decisión, sí quedarme o marcharme, me asomé a la terraza. Allá, en el hueco entre dos torres, desde hacía unos meses, superando en altura a todos los edificios, se pueden ver los rascacielos que están construyendo en la antigua ciudad deportiva del real Madrid.

No me sorprendió la vista. Como en otros días de lluvia, como si fueran montañas lejanas, las nubes no dejaban ver sus azoteas, las luces de advertencia sobre ellas, las gruas que se elevan sobre ellas. Más aún, daba la impresión de que eran el doble de altas, que su altura no podía medirse, que aquel tramo entre cielo y tierra, no era más que la base de una columna que atravesaba las nubes.

Eran los auténticos pilares de la tierra, sujetando los cielos. Las míticas torres con las que escalar los cielos.

Cuando salí del garaje, el cielo se había quedado raso, pero, como alguna vez que otra he observado, el agua, las aguas aún corrían por las aceras., brillantes al sol que apenas había surgido tras las torres.

No tarde en llegar al monte del Pardo, de perderme por las vueltas y revueltas de esa carretera que se pierden entre los bosques, apenas a unos kilometros de los barrios recién construidos, de las autopistas que encierran y apresan la gran ciudad.

Y entonces volví a a verla. La luz que sólo desciende sobre Madrid justo cuando ha cesado de llover y el aire ha quedado completamente limpio. La luz que sólo ocurre unos cuantos días de invierno, cuando el frío aquieta la atmósfera y la hace aún más transparente.

La luz que recorta los perfiles, las siluetas, los contornos con precisión de cirujano, como si el mundo acabara de ser creado de nuevo, como si se pudiera volver a empezar de nuevo, como si al volver a casa, no se esperase uno a sí mismo.

....

...y podría asignar sentimientos personales a cada uno de los paisajes, de las iluminaciones, de las horas del día, pero sería demasiado fácil, o mejor dicho demasiado banal, puesto que cada uno de esos paisajes, de esas iluminaciones, de las horas del día, es esencialmente abstracto, no porta en sí ningún significado, más allá que el que cada uno le quiera dar, si quiere atribuirle alguno...