miércoles, 6 de diciembre de 2006

Ex oriente, lux





Entre las exposiciones, apenas visitadas, apenas comentadas, que en este Otoño se pueden ver en Madrid se encuentra la del pintor francés simbolista, de finales del XIX, Gustave Moreau.Una exposición que no está recibiendo la atención que merece simplemente porque contra él pintor y su obra pesan dos graves prejuicios, uno antiguo y otro moderno.

El antiguo es un prejuicio que podíamos llamar formalista, la acusación de ser un pintor literario, es decir la de alguien que se ocupa de plasmar una visión del mundo en imágenes, y por tanto se olvida de los aspectos formales y plásticos del arte. El nuevo es prejuicio que podríamos llamar ideológico, en el sentido de que su obra plasma un mundo de ideas que no nos parece el correcto. Por ser más claro, que su representación de la belleza ideal encarnada en la mujer es indicativo de una concepción sexista y discrimitatorio , y que la representación de esa misma belleza en el ambiente de un Oriente soñado supone una justificación del imperialismo, entendido como primacia técnica y espiritual del occidente frente al Oriente, por utilizar la fraseología de moda.

¿Pero realmente es así? o dicho de otro modo ¿la aplicación automática de los axiomas ideológicos no puede suponer un error incluso mayor que aquellos que se quieren corregir?

Examinemos brevemente cada acusación.

Por una parte tenemos la de pintor literario. Es cierto que, en el común de los simbolistas, la ideología está ante que la plástica, y que esta se supedita a la primera, para evitar que el mensaje se pierda. Se podría hablar así de pintores conservadores, retrógados, opuestos a los vanguardistas y experimentales (no hace falta nombrar movimientos) que no dudan en seguir a su arte a donde les lleve, aunque esto suponga dejar de lado, incluso ocultar, su ideario.

Sin embargo, la realidad es que Moreau es un pintor eminemente formalista, a la altura de impresionistas y los diferentes postimpresionistas, lo único que le diferencia de ellos, es que los temas que elije son aparentemente antiguos y clásicos, mientras que los de los otros, son modernos y avanzados. Una vista a los cuadros de esta exposición nos muestra que, técnicamente, Moreau es tan avanzado y moderno como cualquiera de sus contemporáneos.

En efecto, Moreau empieza por trazar amplias manchas de color sobre el lienzo que definen la composición y el ámbito donde luego aparecerán sus figuras. Unas figuras que siluetea sobre esas manchas de color y que poco a poco iran surgiendo de él, como si fueran engendradas por ese espacio ambiguo e indefinido. Una aproximación completamente contraria a la de un pintor clásico que comenzaba por los personajes, los definía y trazaba con el dibujo, para luego añadir el color y el fondo.

A la manera por tanto de todos los modernos que enzalzaban el color y que juzgaban la bondad de un cuadro por la distribución de esas mismas manchas, no por su contenido temático...

Pasemos ahora a la otra acusación, la moderna, la de ser un pintor sexista e imperialista.

Es cierto que los simbolistas oficiales plasmaban en sus cuadros una imagen de la mujer y de Oriente muy de su tiempo, la de ambos como quintaesencia de la belleza, pero, por eso mismo, alejados del mundo del pensamiento y sometidos obligatoriamente a sus portadores, los hombres y Occidente, pero como en todo, esto no es más que una visión parcial y simplificadora, digan lo que digan sus proponentes, y no se puede aplicar a todo el ambiente cultural de ese tiempo ni a todos sus exponentes.

Si observamos la pintura de Moreau, vemos claramente en qué falla la tesis que se nos propone.

En primer lugar ese Oriente, esa Mujer que se nos propone, es un Oriente y una Mujer ideal, le producto de una elaboración personal del artista, donde pueden reconocerse elementos reales, pero que es imposible adscribir a una realidad concreta, de su tiempo o del nuestro. En otras palabras, no es un espejo del mundo en el que se nos señalé una jerarquía, sino que es símbolo de las fantasías del artistas, el sueño de un algo más, situado fuera del tiempo y del mundo, y que se nos propone como ideal, pero que se sabe inalcanzable.

Es así como se llega al punto crucial de la ideología de Moreau, puesto que esa representación constante de la mujer y de oriente, no supone otra cosa que una aceptación de debilidad, de incompletidud, de la existencia en otros seres de una belleza y una sensibilidad que no existe en lo que podríamos llamar el hombre occidental, pero de la cual y ante la cual se siente una inmensa nostalgia y deseo.

Sentimientos ambos que sirven de acicate a su búsqueda, aunque esta se sepa huera y vacía... alcanzable sólo en los sueños y fantasías, como ocurre con los propios cuadros de Moreau

Lo cual nos permite entender porqué Moreau fue un pintor incómodo, tanto para la vanguardia, que no entendía su afición increbantable por lo clásico, como para los académicos, que rechazaban frontalmente su técnica y la ambigüedad de su visión

Un rebelde entre los rebeldes, por tanto, como lo sería Odilon Redon, alguien que sería descubierto y reinvidicado, años más tarde, por otros rebeldes entre los rebeldes, los surrealistas.