viernes, 29 de diciembre de 2006

Um ein Steppenwolf zu werden (y 3)

Ich war ein Knabe, fünfzehn oder sechzen Jahre alt, mein Kopf war voll von Latein und Griechisch und schönen Dichtversen, meine Gedanken voll von Streben und Ehrgeiz, meine Phantasien voll von Künstlertraum, aber viel tiefer, stärker und furchtbarer als all diese lodernder Feuer bruckte und zuckte in mir das Feuer der Liebe, der Hunger des Geschlechts, die zehrende Vorahnung derl Wollust.

Hermann Hesse, der Steppenwolf


Yo era un muchacho, de quince o dieciséis años, mi cabeza estaba de llena de Latín, de Griego, de hermosos versos, mis pensamientos de ansias y ambiciones, mis fantasías, de sueños de artista; pero mucho más profundo, más fuerte, mas temible, que todos esos fuegos abrasadores, ardía y quemaba en mí el fuego del amor, el hambre del sexo, el devastador presentimiento de la lujuría.

Se suele decir, cuando alguien recuerda o rememora su pasado, que romantiza, en el sentido de tender a embellecer e idealizar lo que le ocurriera, como si con eso y de esa manera intentase alcanzar la perfección, la plenitud que antaño no le fuera dada. Un vervo, romantizar que se utiliza erróneamente en este contexto, puesto suele ocurrir que no hay nada de voluntario, de esfuerzo propio , de mentira conocida, sabida y buscada en esa romantización.

Lo que ocurre es muy distinto, como bien sabe el que alguna vez haya llevado un diario, y haya comparado sus recuerdos, con lo que allí está escrito, para llevarse la sorpresa de que no coinciden en nada. Poco a poco, los recuerdos se han ido desvaneciéndose, mezclandose confundiéndose, hasta el extremo de que lo que sucediera repartido en varios días, acaba resumido en uno sólo, o se nos hace imposible determinar si dos sucesos ocurrieron en el mismo año o años distintos, o simplemente en qué año ocurrieron, o si uno tuvo lugar antes que el otro.

Sólo quedan sentimientos, o mejor dicho, recuerdos de sentimientos. Las palabras, las acciones, las decisiones se borran, se pierden, se substituyen por otras, se mestizan entre sí, y al final lo que queda es simplemente, la consciencia de que entonces me sentí así, de aquello me gustó, de que fui feliz. Restos de una existencia con los que no se pueden reconstruir unas vivencias. Huellas difuminadas de la vida de un extraño, al que llamamos yo, pero del que nos separan abismos.

La idea, esa idea en la que pienso tan a menudo últimamente, de los tiempos a los que ya no podemos volver, acompañada por la amarga certeza de que ese no retorno, en parte se debe a que ese lugar al que pensamos retornar nunca ha existido, es sólo un fantasma creado por el olvido.

....

De nuevo he divagado. De nuevo me he permitido perderme.

Lo que yo buscaba señalar es algo que los pocos lectores de este blog ya habrán podido intuir. El como, en ciertas circunstancias, ciertos autores, ciertos pasajes, ciertas frases, nos retratan a la perfección, o mejor dicho, como la imagen que nos transmiten coincide con la imagen que nosotros nos formamos de nuestra existencia pasada.

Porque, al leer el pasaje de Hesse con el que abría esta entrada, no pude por menos de recordar el adolescente que fui, al joven inexperto e inocente, pero seguro de que la vida le reservaba grandes hazañas, multitud de experiencias, combates, batallas y victorias, y que vivía escindido entre lo que podríamos llamar el mundo de las ideas y este mundo de realidades.

Dos mundos que parecían separados por un abismo, irreconciables, sin posibilidad alguna de comunicación. El mundo de la cultura, el arte, el pensamiento, tal y como se concebía en España, a primeros de los 80, y el mundo de la vida, de los placeres, de las experiencias. Una dicotomía que se reflejaba también en los productos culturales, lo bajo y lo alto, lo noble y lo vulgar, lo bueno y lo malo, y que te obligaba a elegir entre un camino y otro.

Elegir entre un camino y otro. Qué tontería. No había ninguna necesidad. De hecho ambos caminos eran el mismo y único camino, aquel que podía hacer de ti una persona completa, aquella que viviese en este mundo y que supiese aprovecharlo.

Pero yo elegí. Sin pensar en las consecuencias, como suelen hacer los jóvenes, con esa inconsciencia que lleva a acometer las mayores empresas, los mayores disparates, creyendo que el triunfo es seguro, y que la derrota no se producirá.

Que la derrota no se producirá....

El tiempo pasa, irremediablemente, y, de repente, se despierta uno, y encuentra que tiene veinticinco años, que ha aprendido multitud de cosas, pero que se le ha olvidado aprender las más importantes, aquéllas que le llevan a sus semejantes, aquéllas que le permitirían conocer la amistad y el amor. Que al final todo lo que sabe, aquello de lo que se enorgullece, no son más que saberes y conocimientos inútiles, que el tiempo mostrará vacíos y hueros, que lo importa saber es lo que todos los demás, menos tú, han aprendido sin darse cuenta, lo que les permite moverse, ascender, recuperarse, mientras tú te vas quedando atrás, sólo, ajeno.

Pero hay cosas peores. Sí, hay cosas mucho peores.

Simplemente levantarse cuando uno tiene 40 y descubir que se ha abandonado uno de los caminos, pero que nunca se ha llegado al otro. Que se ha dejado de ser aquello que constituía el centro de uno, aquello de lo que se enorgullecía y que te hacía distinto, único, sin que, en ese proceso, hayas conseguido unirte, confundirte con los demás.

Que te has perdido en una tierra de nadie.