sábado, 21 de octubre de 2017

Art for the People!


Acaba de abrir, en la Fundación March, la exposición William Morris y compañía: el movimiento Arts & Crafts en Gran Bretaña. Es, sin lugar a dudas, una de las exposiciones de esta temporada, aunque revise un fenómeno artístico que no pasó de ser una nota a pie de página en la historia del arte occidental. Mejor dicho, lo hubiera sido si sólo juzgásemos a Morris y al Art & Crafts por sus obras, que podría caer dentro de la etiqueta peyorativa de la decoración y el arte decorativo. Sin embargo, la influencia de este fenómeno artístico fue inmensa en el plano intelectual. Tanto, que no sólo constituyó el acicate de los futuros Art Nouveau y Art Deco, sino que se puede rastrear su influencia entre las vanguardias y el arte moderno. Incluso hasta hoy en día.

La gloria, también el fracaso, de Arts & Crafts es que se propuso hacer un arte para el pueblo. Liberar al arte de las elites y de las torres de marfil estéticas, de forma que pudiera ser disfrutado por cualquiera, sirviéndo además de herramienta dignificadora para aquellos que conviviesen con él. Se trataba, por tanto, de romper con el concepto de arte como posesión de los poderosos, tanto en sentido intelectual como económico, para convertirlo en algo cotidiano: hacer bellos, en definitiva, los objetos de uso común y habitual. Esta aspiración, por otra parte, pretendía desligarse también de la producción industrial en masa, de manera que el objeto artístico fuera un diálogo íntimo entre dos individuos: el artesano y el usuario, el creador y aquél que lo disfrutaba. Un arte para las masas que al mismo tiempo fuera personal, único, para cada uno de sus destinatarios.. 

No es de extrañar que ese propósito fuera un fracaso. A pesar de tantas buenas intenciones. A pesar también de que ese anhelo se inscribiese en las ideas democratizadoras, sociales y socialistas nacidas en el siglo XIX y que tanta importancia tuvieran en el XX. A pesar, por último, de que la lucha política por el triunfo del socialismo constituyese otro aspecto de la actividad de Morris. Y no precisamente el menos importante, porque como él decía, el arte sólo podría florecer una vez que se hubiera reformado la sociedad.

El fracaso de Morris en crear este arte para el pueblo no invalida sus propósitos, que siguen siendo tan válidos y tan necesarios ahora como en el siglo XIX. El problema es que, al final, el público receptor no fue el obrero de las fábricas, ése al que se pretendía liberar de su explotación económica, sino el burgués acomodado, precisamente quien basaba su fortuna y bienestar en el sudor de los explotados. Parádojicamente, la insistencia de Morris en la producción artesana llevaba al encarecimiento de sus productos, que sólo podían ser consumidos por la gente adinerada. Paradójicamente, sólo esa producción en masa, industrial, de la que aborrecía podía producir objetos asequibles para la gran masa de asalariados.

Al final el Art Nouveau y el Art Deco, los herederos estéticos de Morris, no se preocuparon por esas minucias ideológicas y produjeron exclusivamente arte para los ricos, los únicos que podían permitírselo. Al final, esa belleza en lo cotidiano, ese vivir rodeado por el arte, como si fuese algo tan natural como el respirar sólo podía ser experimentado por la gente acomodada. Los pobres se tuvieron que contentar con el pret-à-porter y los muebles de Ikea, mierda manufacturada en masa que se les vende como si fuera a hacerles mejores. A transformarles mágicamente en ricos, aunque continúen siendo tan pobres como ratas. Y sin embargo, el ideal sigue allí. Tan poderoso y atractivo como cuando Morris lo concibió. Sin dejar de seducir y conquistar a generación tras generación. Sublimado y rejuvenecido en cada década.

Y esto aún cuando el arte de Morris es un arte que mira al pasado. Basta comparar sus muebles, sus pinturas y sus diseños, con los que serían sus sucesores directos: Mackintosh, Fran Lloyd Wright, la Sezession Vienesa. En ellos la línea y el color son plenamente modernas, audaces y radicales, plenos de posibilidades, de futuro. En Morris, por el contrario, su producción sigue contaminada de romanticismo añejo, de medievalismo victoriano, de una rusticidad fingida que no deja de ser un remedo torpe de la dureza del campo. Todo ello, ilusión de un mundo pasado que nunca fue como lo imaginamos.

Porque, como les decía, tanto Morris como Arts & Crafts son una excepción en la historia del arte. Un movimiento de importancia capital, no por los objetos que nos dejó, sino por los ideales que defendió.

Los mismos que hay que salvaguardar en estos tiempos convulsos.

No hay comentarios: