martes, 16 de octubre de 2012

Times are-a-changing

The subsequent success of the Christian Church makes it particularly difficult for the historian to assess the position of the Church around A.D. 300. We forget how new to the ancient world and how tentative, even in Christian circles, were some of the notions we now take for granted. The most novel of all, at this time, was the notion of "religion" as we are now accustomed to think of it. Polytheist knew exactly what religiones were: they were precise ways of worshipping the gods, which one neglected at one's peril. But other activities which we, nowadays, instinctively associate with religion were little touched by the gods.  Not all of these activities were considered suitable for everybody. Self grooming and the search for truth tended to be be what gentlemen did, under the guidance of well-educated philosophers. Philosophical speculation and moral self-improvement were regarded as upper-class pursuits, not open to the average person. Many philosophers and moralists were pious persons. But philosophy and morality owed little to religio - to the cult of god. They were thought of as human activities, developed over the ages by human beings. They were learned from and enforced by human beings: by one's father, by one's teachers, and by the frankly man-made laws and customs of one's city. They had not been laid down once and for all in a holy book as the Law of God, as was the case in Judaism and Christianity.

Peter Brown, The Rise of Western Christendom. 

Hablaba en entradas anteriores de los diferentes modo, más o menos validos, de escribir historia. Por un lado la narración novelizada de las fuentes, tan parecida a los modos caducos del siglo XIX, que realiza Tom Holland en su Millennium; mientras que por otro se tiene la especulación basada en datos, aunque con fundamentos en teorías ya desprestigiadas, que realiza Enrique Florescano en su Mito de Quetzalcoatl. Los que hayan seguidos estas someras divagaciones mías ya sabrán por que manera me decanto, pero quería indicar aquí, antes de entrar en materia, que hay muchas otras aproximaciones, tan justificadas o injustificadas como las anteriores.

Una de ellas es la que toma Peter Brown en su Rise of Western Christendom, revisión actualizada de una obra inicialmente publicada en los años 90, sobre el periodo de la antigüedad tardía y la edad media temprana. Brown no es un cualquiera en este campo de estudio, ya que en los años setenta publicó otra obra, Worlds of Late Antiquity, que revolucionó el modo en que se juzgaban esos periodos, al poner de manifiesto que los bárbaros quizás no habían sido tan bárbaros, los romanos no tan civilizados y la caída del Imperio Romano menos traúmatica que la versión que se nos había transmitido, o al menos la versión que había sido construida en siglos y siglos de un cristiandad que se veía como heredera de la cultura grecorromana.

Mi camino hasta Brown ha sido algo retorcido, ya que he llegado hasta él via los historiadores recientes que han intentado corregir los excesos de esa visión demasiado amable del final del Imperio Romano de Occidente y a los cuales he dedicado ya varias entradas en este blog. Brown, en el libro que comento a continuación, sigue siendo defensor de una caída ma non tropo del Imperio Romano, en la que los bárbaros de fuera de las fronteras estaban fuertemente romanizados (lo cual es cierto), la desaparición de los símbolos visibles cultura romana se deben mas a la retirada del poder político romano, que lleva a la paralización del motor económico que mantenía esa actividad cultural (proceso evidente para todo arqueólogo que se precie), que a una acción directa de los bárbaros, mientras que el asentamiento de estos últimos en los confines del Imperio, es el resultado de una invitación/intento de absorción que resultó rematadamente mal, más que a su poder militar ... una explicación de los hechos que es parcialmente cierta, pero que falla en explicar mucho de los detalles y consecuencias de ese mismo proceso histórico, abriendo la puerta a esa concepción amable de la desaparición de la romanidad, en la que las elites romanas cedieron gustosamente el poder a los recién llegados, inocentes e ingenuos ellos.

No obstante, el interés del libro de Brown, no está en la promoción de esta tesis, muy en segundo plano en el contexto del libro, sino en que intenta crear una historia cultural del periodo, explicando qué cambios se produjeron durante esos años en la ideología e imaginario de las sociedades implicadas, y cómo la antigüedad tardia, literaria y pacífica, se convirtió en la edad media temprana, oral y militar. Es por tanto una historia que se pretende dinámica, reflejo del transcurrir y de la inestabilidad propia de la historia, lejana y en cierta manera ajena a esos otras reconstrucciones que intentan transmitir como fue un tiempo, reduciéndolo a un conjunto de rasgos definitorios que probablemente nunca se dieron al mismo tiempo, aparte de en la mente de los propios historiadores.

El modo de escribir historia de Brown no es nuevo ni invento suyos, es una más de esas múltiples maneras que un historiador puede elegir para presentar su tema de estudio. Lo que sí es distintivo del historiador británico es su profundo interés por narrar las múltiples diferencias entre nuestro tiempo y esa otra época lejana, y como los sucesos históricos de ese periodo fueron provocando la transición entre un modo de concebir el mundo y otro. Las ventajas de este enfoque son múltiples, por una parte enriquecer nuestra perspectiva de esos tiempos, al mostrarnos detalles completamente insospechados que no se reducen a la mera anécdota, mientras que por otro lado, aún más importante, se nos descubre como nuestras creencias más profundas, esas que consideramos inamovibles, casi eternas, en realidad fueron creadas en un instante determinado, de forma que su novedad asombró y aterrorizó a la sociedad de ese entonces, al desgarrar otras creencias no menos arraigadas y sacrosantas.

Esta capacidad de Brown para mostrar como el devenir histórico moldea nuestras creencias más íntimas, se muestra bien a las claras en el pasaje que he elegido: ejemplo de como nuestra concepción de que la moralidad no puede existir sin religión, sólo muy recientemente puesta en duda por la difusión del laicismo en occidente, era un concepto completamente ajeno para el paganismo grecorromano, para el cual la religión se restringía al rito, mientras que las normas de conducta era patrimonio de la comunidad, de las leyes y de la filosofía, algo creado y mantenido por los propios hombres para su provecho y bienestar, no un imposición de potencias sobrenaturales frente las que no cabía réplica alguna.